Dos Nobeles más que merecidos

El doctor Denis Mukwege y la joven yazidí Nadia Murad han recibido el Premio Nobel de la Paz en reconocimiento a «su esfuerzo por erradicar la violencia sexual como arma de guerra», pero ¿qué historia se esconde detrás de los dos galardonados?

HAAKON MOSVOLD LARSEN / POOL EFE
Denis Mukwege, un hombre que ha dado su vida por los demás. El doctor Mukwege trabaja en el Hospital Panzi desde que él mismo lo fundó en 1998. Este cirujano de 63 años, lleva más de 20 años atendiendo de forma gratuita a las mujeres víctimas de la violencia sexual en el Congo. Su hospital atiende a más de 3.500 mujeres al año, más de 40.000 desde que se inició la guerra en el país. Mukwege no descansa, apenas duerme, su vida es el hospital. Pasa más de 18 horas al día realizando hasta 10 operaciones en una jornada.

Hijo de un pastor evangélico, es licenciado en bioquímica y medicina. Se especializó en ginecología en Francia gracias a una beca y en 1984 se convirtió en Doctor de Ciencias Médicas en la Universidad Libre de Bruselas. Toda una carrera profesional que no le ha hecho descuidar ni un solo momento su objetivo como médico: salvar vidas.

Conmovido por las violaciones y agresiones sexuales que sufrían las mujeres en la zona este de la RD del Congo, fundó el Hospital Denís. Este centro hospitalario comenzó siendo un conjunto de unas pocas carpas, con un solo quirófano en el que atendían como podían a todas las víctimas. Casi dos décadas después, cuenta con cuatro departamentos (obstetricia y ginecología, pediatría, cirugía y medicina interna) y sirve de hospital universitario. Además del servicio médico, la fundación proporciona asistencia psicológica y jurídica a las víctimas y programas para la reinserción el mercado de trabajo de todas aquellas que no pueden volver a su vida anterior.

En 2012, Mukwege tomó una dura decisión, salir del país e iniciar una vida nueva junto a su familia. Unas pocas semanas antes de su traslado a Suecia, Mukwege había sido atacado dentro de su casa por un grupo de 5 hombres armados que pretendían matarle. Los asaltantes tomaron a sus hijas como rehenes para que no mostrara resistencia y dispararon contra él. Si sigue vivo hoy día, es gracias a la acción heroica de uno de sus encargados de seguridad que dio su vida para salvar la de él. Viendo que la vida de su familia corría peligro, Mukwege huyó a Suecia y más tarde a Bélgica. Los asesinos aún siguen en libertad y los testigos no han sido llamados a declarar.

Ante la partida del único cirujano que podía ayudarlas, las mujeres del Congo recaudaron fondos para pagar su billete de vuelta y se ofrecieron a vigilar por turnos su casa. El doctor no pudo decirlas que no. Aquellas mujeres reunieron lo poco que tenían para rogarle que volviera, que no las dejara solas. Desde entonces, Mukwege vive dentro del hospital custodiado en todo momento por las Fuerzas de la Paz de la ONU.

El conflicto armado en la República Democrática del Congo cumple ya más de 20 años y no parece llegar a su fin. No se trata de una guerra de religiones, ni de partidos, sino de un conflicto territorial por hacerse con el control de las minas de coltán, material con el que se realizan las pantallas de móviles y ordenadores. Mukwege lleva a cabo una campaña de concienciación por todo el mundo para dar a conocer la crueldad que se vive en el país al que algunos dirigentes de la ONU ya han calificado como “la capital de la violación”. En la entrega del Nobel el cirujano confesaba que “los problemas de fondo no los puede resolver su trabajo, sino que son cuestión de voluntad política”.

Los relatos de las pacientes que pasan por su hospital son escalofriantes: jóvenes que han sido disparadas en el interior de sus genitales, violaciones en grupo y torturas sexuales de todo tipo. Muchas de estas mujeres quedan incapacitadas para tener hijos, con secuelas psicológicas de por vida, contraen el VIH, ayudando a su propagación por el continente y son señaladas por el resto de la sociedad por haber sido violadas. Mukwege alertó en 2013 de un repunte en la violencia del conflicto, llegando a atender incluso a niños menores de 3 años.

En una entrevista a la BBC, Mukwege denunciaba con impotencia que los hombres del país no se pronuncien en contra de la violación, y les instaba a no mirar para otro lado porque, como él dice, “violar a una mujer, es destruir la vida desde sus inicios”. Su esperanza reside en las mujeres que le apoyan, que salen adelante después de que él reconstruya sus vidas y luchan contra esta barbarie con más fuerza que nunca. Cada vez son más las mujeres que plantan cara a la violencia sexual en el Congo y a todas ellas les dedicaba el pasado lunes 10 de diciembre su Nobel de la Paz.
Nadia Murad, un ejemplo de superación.Nadia Murad Basee Tarad es una activista por los derechos humanos iraquí, perteneciente a la minoría kurda yazidí, que recibía ayer el nobel de la paz por “ su coraje fuera de lo común y negarse a aceptar los códigos sociales que obligan a las mujeres a permanecer mudas y avergonzadas ante los abusos sexuales”.

Con 25 años, Nadia se ha convertido en la principal portavoz de las mujeres que sufren violencia sexual y trata en manos del Estado Islámico (EI). En diciembre de 2015 informó al Consejo de Seguridad la ONU sobre la trata de humanos en el conflicto iraquí y fue nombrada embajadora de Naciones Unidas para la Dignidad de los Supervivientes de Trata de Personas. Desde entonces lucha porque nadie sufra el calvario que ella tuvo que soportar.
El 3 de agosto de 2014, el EI tomó la aldea yazidí en la que vivía junto a su familia. Los hombres del pueblo, unos 600, fueron ejecutados a las afueras de la ciudad. Entre ellos se encontraban 8 hermanos de Nadia, 3 pudieron huir a las montañas y de los otros 6 no han vuelto a saber nada. Las mujeres más jóvenes fueron trasladas a Mosul, para ser vendidas como esclavas sexuales a plena luz del día. Eran entonces unas 7.000 niñas y jóvenes, de las cuales al menos 3.000 seguirían hoy día en manos de algún terrorista.

Nadia pudo escapar de la casa donde la tenían recluida gracias a un descuido de sus captores cuando pretendían «revenderla». Una familia vecina la acogió en su casa, le permitió llamar a su hermano y are proporcionó un carné falso con el que pudo salir de la zona ocupada por el DAESH (siglas de EI en árabe). Pasó un año esperando asilo en un campo de refugiados de Iraq hasta que pudo instalarse en Alemania gracias al programa Badem-Württemberg, del que se beneficiaron otros mil niños y mujeres.

Todavía se acuerda del tormento que pasó durante su secuestro. En sus memorias explica que el hombre que la tenía retenida se casó con ella después de “convertirla al islam”, le daba órdenes de lo que tenía que hacer a lo largo del día y aprovechaba cualquier momento que libre para violarla. Una de las veces que intentó escaparse, la encerró en un cuarto oscuro con otros 6 hombres para castigarla con lo que ellos llaman “yihad sexual”(violación múltiple). Le hicieron creer que no tenía a dónde volver “ya no eres virgen y eres musulmana, tu familia te va a repudiar” le decía su secuestrador.

El año pasado pudo volver al pueblo del que salió a la fuerza en 2014, el único sitio que había conocido hasta entonces y en el que seguiría viviendo actualmente si el terrorismo islámico no se lo hubiera robado. En aquella visita, la joven no pudo contener las lágrimas. Todo está completamente destruido, las tierras están contaminadas de explosivos y las fosas comunes apenas han quedado sepultadas. En una de ellas, sus hermanos encontraron a su madre. La mataron porque era demasiado mayor para poder casarla de nuevo.

Aunque cuatro años después todavía no se ha recuperado completamente de las secuelas psicológicas, Nadia está empezando a rehacer su vida. Hace unos meses anunció su compromiso con el activista Abid Shamdeen y espera poder reunirse cuanto antes con su hermana Khiria, que también pudo huir de manos de su captor y aún está esperando que le concedan asilo en Australia.

Miembro de la Junta Editorial de Revistaincognita.com
Estudiante de Ciencia política y administración Pública + Periodismo

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