Opinión: La propaganda del odio

Noemí Castillo

Nuestros actos nos describen y alteran de alguna manera la sociedad en la que vivimos. El brillo de los ojos, el chicle que pisas en la calle, la chica que se levanta y cede su asiento a un anciano…todo, absolutamente todo, forma parte de lo que somos y de lo que pretendemos que este mundo sea.

Pasear y fijarse en todo. Recorrer todos los barrios sin prejuicios. Esa es la clave. Las diferencias siempre son notables, pero todas las situaciones forman parte de una misma sociedad. El rico está arriba y el obrero lo sujeta desde abajo. Dos —o más bien mil— mundos distintos que, en realidad, solo forman uno. Son realidades, nuestra realidad.

Y con esta idea, experimentar buscando detalles puede aportarnos gran conocimiento del mundo que nos rodea… Podría ser la limpieza de la calzada, la ropa de los transeúntes, los grafitis o el número de salones de juego que encontramos. Sin embargo, existe algo que, pasando desapercibido, llama mucho más la atención: las pegatinas. Hay una infinidad. Están por todas partes. Atienden a todo tipo de persona y gustos: equipos de fútbol, grupos de música, logos personales, luchas sociales… Una forma de expresión sencilla y al alcance de cualquiera. Si repasas esas señales en las que no hay hueco para más, puedes llegar a conocer gran parte de los ideales de las personas que han pasado por allí. Y, cuánto más creces, más significados reconoces en ellas.

En mi pueblo nunca ha habido demasiadas. Los estudiantes de artes empapelaban el instituto y las calles con sus diseños, poco más. Resultaba divertido investigar acerca de quién estaba detrás de cada pegatina. Los profesores se enfadaban o los felicitaban. Al fin y al cabo, solo era un juego de niños. Ahora todo ha cambiado. En ese pueblo que me ha visto crecer —los olvidados de Murcia— las pegatinas han dejado de ser un pasatiempo entretenido. Nosotras ya lo sabíamos: las feministas, «perroflautas», inmigrantes, “, zarrapastrosas y yo qué sé qué adjetivos más utilizan para referirse a nosotras…lo teníamos clarísimo. Y es que las pegatinas solo son una descripción del verdadero problema: el odio al diferente está apoderándose de nuestro municipio.

«Cerremos las fronteras, no las calles». Fue la primera que vi. La acompañaba el logo de Lo Nuestro, una organización de extrema derecha, fascistas disfrazados de caridad y patriotismo para discriminar a todo aquel que no entra en sus esquemas. Yo paseaba con mi mejor amiga (de Ecuador) y me dolió en el alma tener que leer su propaganda, pero más daño me hizo que alguien tan increíble como ella estuviese allí para verlo conmigo. Más adelante, una pegatina feminista rayada­ (se me había olvidado mencionar que las pegatinas arrancadas representan tanto o más lo que nos rodea que aquellas que permanecen intactas). Luego llegaron las esvásticas, símbolo que uno de ellos lleva tatuado, pero recordemos: no son nazis, solo patriotas solidarios. Y la gran pintada: «tu coño, mis normas». Asco.

Como ya he mencionado antes, éramos totalmente conscientes. Había fascistas paseando por nuestros espacios. Su llegada había convertido nuestro juego de niños en una lucha seria que no nos podíamos permitir ignorar. Aquellas pegatinas nos estaban mostrando lo que ya sabíamos y no queríamos ver. Y es que, con la propaganda del odio, llegaron las palizas: cinco encapuchados contra uno. En la penumbra de la noche. Sin dejarlo tan siquiera defenderse. Cobardes. También llegaron las intimidaciones: ellos en la calle mirándote fijamente, ellos tratando de echarte del bar, ellos pasando por tus rincones para intentar incomodarte, ellos riéndose de tus manifestaciones, ellos organizando recogidas de alimentos para españoles y entregando panfletos a inmigrantes, ellos sembrando lo que son: intolerancia.

¿Cómo olvidar el día de su llegada? «Cerremos las fronteras, no las calles». Las calles no las hemos cerrado nosotras, sino vuestras ideas reaccionarias. A muchas personas las fronteras abiertas no nos han traído escoria, que es lo que sois vosotros, sino hermanos.

Rabia, muchísima rabia, pero nunca miedo. Ellos son los que deberían temer. Es hora de despertar. Hay fascistas ahí fuera. No van a parar. No, no son patriotas. No quieren ayudarte, quieren hundir al que tienes al lado. Aquí se llaman Lo Nuestro, en otros lugares Hogar Social…da igual, son lo mismo. No les dejes usarte como herramienta de intolerancia. Vecino, ni un paso atrás. Contra su organización criminal, resistencia. Contra sus patrañas, argumentos. Las pegatinas son solo un trozo de papel, ellos un peligro para la mayoría de los ciudadanos. Hoy, más que nunca, ¡no pasarán!

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