Opinión: Macron, el rehén de los ‘chalecos amarillos’

Miguel Hernández

Emmanuel Macron, el actual presidente de la República Francesa, ha claudicado. Ha acabado cediendo ante las demandas de los ‘chalecos amarillos’. La revuelta popular acontecida, sobre todo en París, durante las últimas semanas por parte de este movimiento espontáneo y desorganizado ha terminado por desacreditarle. Sus carencias a la hora de manejar un conflicto social de esta índole se han corroborado.

El 7 de mayo de 2017 Macron vencía en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, a la líder del partido ‘Frente Nacional’, Marine Le Pen, un peligro para la democracia gala en toda regla. El joven presidente francés, al mando del movimiento político, La República en Marcha’ (‘En Marche!’, en francés), se las prometía muy felices tras esa victoria. Sin embargo, se presentó ante el electorado galo simplemente como un ‘mal menor’, debido a que la alternativa extremista de Le Pen no llegó a convencer. La posibilidad de que el movimiento político radical y xenófobo saliera elegido inundó de temor a los votantes. El 66,1% de los votos que obtuvo ‘En Marche!’ no fue, ni mucho menos aplastante, debido a que su rival política, la dirigente del partido euroescéptico, obtuvo el 33,9% restante. Otro aspecto que si se puede considerar es que su elección gozó de legitimidad, por supuesto.

Al principio de su mandato, el jefe del Estado emprendió reformas inevitables y valientes, incluso. Aun así, su reforma laboral, marcada por un acentuado carácter liberal, dio prioridad a las empresas en perjuicio de los trabajadores. Una de las ordenanzas se caracterizó por una reducción drástica del techo de las indemnizaciones por despido improcedente. Asimismo, otro ordenamiento facilitó que las multinacionales tuvieran menos impedimentos para recortar sus plantillas en caso de crisis. De todas maneras, todos los intentos de poner en marcha reformas en Francia han topado con una sociedad muy proteccionista como es tradicionalmente la francesa, acostumbrada a un Estado del bienestar que hoy es inviable, dadas las circunstancias.

Según pasaban los meses, el presidente de la República, ha ido perdiendo apoyos. Y se puede afirmar que ha sido por méritos propios. La imagen ofrecida a la ciudadanía en ciertas ocasiones se puede calificar como lamentable. Este hecho se comprobó cuando Macron, de forma poco cabal y maleducada, se dirigió a un ciudadano que simplemente expresaba sus quejas por su ineficiencia a la hora de ejercer como soberano.

Pero no ha sido hasta la llegada de los ‘chalecos amarillos’ cuando su credibilidad se ha desmoronado por completo. La situación ha llegado hasta tal punto que hace unos días se efectuó una moción de censura en la Asamblea Nacional, que no prosperó por falta de apoyos. La indignación ciudadana se ha canalizado en este movimiento de protesta popular.

Principalmente, lo constituyen grupos de clases medias y pensionistas de provincia; jóvenes de la periferia de París y de otras grandes ciudades francesas; y jóvenes encapuchados radicales de izquierda y derecha. Sus reivindicaciones fundamentales son que los carburantes no se encarezcan y recuperarel poder adquisitivo y los servicios públicos perdidos. También proclaman las ventajas de las que goza París y las grandes ciudades, en contraposición a la Francia periférica. Lo peculiar de este movimiento es que no posee un líder claro ni cohesión alguna.

Las proclamas se materializaron en unos graves altercados callejeros, los cuales desde el 17 de noviembre se han saldado con unos 4500 detenidos, según fuentes policiales francesas. El mandatario francés anunció hace unos días la “declaración del estado de urgencia económica y social”, aparejado de medidas económicas y sociales que tienen el objetivo de calmar la situación con medidas simbólicas a la par que concretas: una subida del salario mínimo, una paga extraordinaria anual y la revalorización del complemento mínimo de la vejez.

El gobernante francés ha respondido mal y tarde ante la situación incendiaria que se vivía, aplicando lo que se puede denominar como ‘populismo cívico’: medidas que en apariencia satisfacen las peticiones de los ‘chalecos amarillos’ pero que, en realidad, lo que buscan es apaciguar rápida e ineficazmente el conflicto social. El ‘populismo cívico’, sinónimo de populismo de centro político’, nos hace observar que ya no exclusivamente existe un populismo de izquierda y de derecha, sino que, con las acciones emprendidas, ha hecho acto de presencia el ya mencionado ‘populismo de centro’. En otras palabras, el populismo ya no tiene ni siglas ni ideología (si algún día las tuvo).Al hilo de este asunto, hay una frase de Groucho Marx que ilustra efectivamente la forma de actuar del presidente: “Estos son mis principios, pero no se preocupen, que los puedo cambiar y tengo otros”.

Que los políticos entonen el ‘mea culpa’ es sabio, coherente y honorable. Mas, lo que lo resulta a la postre insostenible es un cambio tan brutal en la línea política, como ha mostrado el presidente accediendo a las “proclamas amarillas”. Este fenómeno es simple y llanamente populismo barato, que lo único que provoca es un menoscabo en su fiabilidad política.

Todo ello sumado a la hipertrofia que sufre el sistema de subvenciones francés ha degenerado en una ruptura del contrato social, en definitiva. La celebérrima teoría política-filosófica del contrato social llevada a cabo por el filósofo francés Jean-Jacques Rousseau, establece que la totalidad de los miembros de la sociedad llega a un acuerdo o pacto social, aceptando someterse a las normas comunes y reconociendo la existencia de una autoridad que regula el orden. El individuo pasa del ‘estado de naturaleza’ a vivir en sociedad, amparado necesariamente por el Estado de Derecho. Pues bien, ese‘statu quo’ se ha roto parcialmente con la sucesión de acontecimientos que se han desarrollado las dos últimas semanas.

La teoría del contrato social sirvió de inspiración e incitó la Revolución Francesa. Es posible establecer una analogía, aunque algo imperfecta, entre las revueltas de los ‘chalecos amarillos’ y la Revolución Francesa. En común tienen que surgieron en el mismo país. El ideario de este acontecimiento histórico, ciertamente, se aproxima mucho más al de Macron que al de la protesta popular actual. Mientras que los revolucionarios franceses del siglo XVIII poseían una tendencia ideológica liberal-burguesa, los que desafían el orden establecido hoy en día se decantan por un extremismo ideológico ambivalente. Cabe señalar que el espectro político actual ha variado mucho respecto al de esa época. Si bien, resulta pertinente analizar que ambos comparten un espíritu revolucionario, dejando a un lado las tendencias políticas ‘per se’.

Estos ciudadanos, sin embargo, son, al fin y al cabo, unos vándalos que no han encontrado respuesta en las instituciones. Una manifestación no tiene por qué ser violenta. Resulta entristecedor, que solo con protestas violentas se consigan llevar a cabo reformas (aunque populistas) y llamar la atención de los medios de comunicación. Máxime cuando únicamente consiguen proyectar una mala imagen frente a la opinión pública. Pero, realmente, reciben atención, que es lo trascendente para ellos. A fin de cuentas, no es un asunto baladí.

Por cierto, Emmanuel, ya es hora de dimitir.

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