Opinión: La política ya no ilusiona

Miguel Hernández

No me ha gustado escribir nunca en primera persona del singular, pero en esta ocasión al ser una experiencia personal lo requiere. Creo que escribir en impersonal o en primera persona del plural ofrece más rigor y credibilidad al relato que se expone. Sin embargo, el presente artículo es una columna, que obviamente posee un aspecto opinativo-interpretativo. Aún así, me gusta plasmar mis opiniones con un estilo algo aséptico aunque de forma personal e interpretativa a la par.

Hace menos de una semana, me hallaba en el 90 cumpleaños de mi abuelo. En toda celebración o reunión familiar siempre sale en el recurrente tema de la política. Ese momento llegó y con él capté un patente descontento con este tema. Algunos familiares me comentaban que la política ya no les ilusionaba, si alguna vez lo hizo. Para mí, fue sorpresivo que dijeran que la política no sirve para casi nada. Sin embargo, pienso que en estos tiempos que corren nuestros representantes optan más por las apariencias y el juego teatral que por nuestra representación efectiva.

Al hilo de esta conversación, surgió un coloquio sobre si la democracia es un buen sistema político y de gobierno. Es posible catalogar como correcta la afirmación de que “la democracia es el sistema menos malo”. Seguimos charlando y se trataron otros aspectos tales como que si toda persona tiene derecho al voto. Yo rotundamente afirmé que sí. Mas, hubo notas discordantes con esta opinión. Algunos pensaban que personas con enfermedades mentales, por ejemplo, no se encuentran en disposición de ejercer el voto por el simple hecho de no están en facultades razonar correctamente a la hora de ejercerlo.

Se trató después más a fondo quizá el aspecto temático más importante de la conversación: la desilusión generada por la política. La participación ciudadana fue considerada como bastante escasa. Votar en unos comicios cada 4 años provoca que el ciudadano se sitúe al margen de la política y opine que esta no sirve para nada. La consolidación de una élite política también nos hizo reflexionar acerca de cómo la clase política se encuentra a un lado del telón. La ciudadanía, en el otro lado, en el patio de butacas, escasamente interactúa con los políticos ni se relaciona de forma asidua con las instituciones de gobierno y de representación.

El sistema político que poseemos no podría considerarse una democracia sino una ‘Poliarquía’, según el politólogo Robert Dahl: “un procedimiento con un conjunto de requisitos (elecciones libres, periódicas y competitivas) y separaba el sistema político de los éxitos que éste pudiera alcanzar en la provisión de cotas de bienestar material a sus ciudadanos.” Para Dahl, la democracia es un concepto teórico; por lo mismo, no necesariamente ocurre en la realidad, ni ha ocurrido o es posible que lo haga. La Poliarquía es, en un plano bidimensional, un régimen con alto grado de apertura y de debate público.

Asimismo, el debate de sobremesa fue girando en torno a que este sistema, la poliarquía, en definitiva, la democracia liberal de masas surgida en el siglo XIX, no poseía la esencia democrática que la democracia debiera tener. La democracia directa, en la que el pueblo ejerce su soberanía directamente sin la intermediación de órganos representativos y la democracia plebiscitaria, que viene a ser similar aparejada de la celebración más asidua de referéndums, se situaron como dos modelos en los que el ‘genus’ democrático estaba más presente.Se planteó al término de la conversación si una dictadura con un programa social y económico efectivo podría resultar más beneficioso a la postre para el conjunto de la ciudanía en detrimento de la tónica general de inoperancia institucional que vivimos actualmente. Directamente, yo me negué en rotundo por ser un sistema excluyente y que suprime las libertades y los derechos. Pero quizá quien lo planteó tampoco estaba tan equivocado.

Ya en la Antigua Grecia, el pensador Platón desarrolló en su obra ‘Politeia’ ( ‘La República’) si un sistema estratificado compuesto por una masa productora que abasteciese a la sociedad y realizase la mayoría de labores artesanales junto a una clase de “guardianes”, que protegiese la ciudad de ataques y conquistas, dirigida por un ‘Filósofo Rey’ que tuviese un vasto conocimiento sobre la gobernación, el debate, la dialéctica y en general, de la política, sería un instrumento efectivo para la organización de los ciudadanos. Obviamente este es un sistema utópico y que en realidad se consumó como un fracaso. Además, posee un fuerte componente esclavista, machista y bélico. Dado que se ideó en una época muy distinta de la nuestra no me sorprende. Pero, por lo menos, supuso un intento de organizar una sociedad, aunque de forma autoritaria.

A modo de conclusión, hay que conseguir que las instituciones gocen de un mayor poder ciudadano. Cabe recordar que se presupone asimismo que el ciudadano se informa mediante pluralidad de medios de comunicación y ejerce sus derechos y deberes con coherencia y responsabilidad, que no siempre es el caso. Por ello, la labor educativa, como en todo, cobra importancia a la hora de realizar un ejercicio de responsabilidad ciudadana y, por consiguiente, de responsabilidad política. Aunque nuestro sistema sirva para delegar responsabilidades políticas a los ciudadanos que algunas, en mi opinión, tendrían que estar a disposición de la sociedad. Con este objeto, es necesario que se celebren referéndums de manera mucho más usual, pues el voto es el vehículo fundamental de participación ciudadana. Lo conveniente sería que la sociedad fuera partícipe y no espectadora.

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