Opinión: Y para reyes… aire, por favor, solo un poco de aire

Noemí Castillo

Todos los diciembres vienen casi de la misma manera. Las calles se llenan de luces, hay más personas sentadas en la mesa, se recuerda a los que ya no están, se cantan canciones odiosas como si fuesen maravillas, los niños gritan que han sido buenos… gritan, gritan, gritan y vuelven a gritar su ansia por tenerlo todo. Nada más importa. Quieren la fila de juguetes.

Entera. Toda para ellos. Los malvados se vuelven ángeles, y los que sí han sido buenos lo repiten tres veces por segundo. Es su manera de avisar la cantidad de regalos que han escrito en su carta. Pero esta ansia no es solo de los niños, la comparten los adultos. La diferencia es que los niños no se rascan el bolsillo. Lo confían todo a la magia y no al dinero. Hemos crecido en esta sociedad —a la sombra del capitalismo— no es nada nuevo, pero en Navidad todo parece multiplicase. El consumo y el entretenimiento se convierten en nuestra droga. El resto de los problemas siguen ahí fuera.

Sin embargo, en ese edificio, la nave maquillada de mansión, el centro comercial, todo se ha parado. Se crea una vida paralela que, con aspecto festivo, nos encierra en la jaula. Amas un poco más tus cadenas porque aparentan ser beneficiosas. Y todo marcha a la perfección. No obstante, por un momento sales del trance. Mierda, mierda, mierda. El sueño se desvanece. Una moneda de cincuenta céntimos. El vagabundo de la puerta. Conciencia tranquila. Donativo a cambio del viaje de vuelta. Retorna la mentira, que es mucho más cómoda. Ya no hay cadáveres en el Mediterráneo, los pobres esta noche también tendrán cigalas, nadie duerme en la calle, nadie va a cenar solo, ningún niño va a mirar su árbol sin luces y no va a encontrar regalos bajo él, el buzón no tendrá más facturas asfixiantes… todo lo malo desaparece en ese instante. La venda de los ojos se concibe como realidad.

Es Navidad. No lo niego, es bonito sentarte con los tuyos en la mesa. Aunque haya que fingir alguna sonrisa, es una buena excusa para decir los «te quiero» que en otras ocasiones cuestan. Es momento para reencuentros y recuerdos. Si esquivas las felicitaciones por compromiso, aprecias a los que están ahí de verdad. Tomas conciencia de que solo no eres nada. Hay gente importante para ti. Los abrazas y celebras con ellos. La ilusión de los pequeños se contagia. Y no es malo regalar felicidad. Del revés, le haces cosquillas al más canijo de la familia y el ataque de risa lo sufres tú. Pero este artículo no habla de eso, sino sobre algo que pasa durante todo el año y que en estas fechas se enfatiza.

Es una distopía que se ha maquillado de utopía. Nos la venden así. Nos la creemos. No la soltamos. Es nuestra última esperanza. Sacamos la tarjeta de crédito y nos vamos a toda prisa a por ella.Los centros comerciales pasan a ser una especie de bolsa al vacío llena de humanos. Personas en escabeche. Cuesta andar. Respirar se vuelve un privilegio. No cabe nadie más. Entonces empieza la fiesta: todo el mundo circula deprisa de un lugar a otro. Sabes cómo y cuándo entras, pero no si saldrás o si podrás aguantar el peso de las bolsas. Y qué más da. Hay luces y esa estúpida música conquista tu cabeza. Oferta. Corres. Ofertón. Corres más rápido. La semana pasada costaba 20, ayer 55 y hoy 54,95. Lo compro. La selva se vuelve más salvaje. Miras a un lado y a otro. No te replanteas que quizás te estás volviendo loco. Que estás gastando lo que no tienes. Las cámaras de seguridad apuntan directas a tu cabeza. Te sientes parte de un reality show. Menuda paranoia.

La posibilidad de que el guardia se esté riendo de ti desde su cabina se hace más factible. Eres una marioneta. ¡Esa señora se ha llevado el último jersey! Y una voz dentro de ti no te deja en paz: «consume, consume, consume», «he sido muy bueno», «oferta». La música más fuerte. Ha llegado diciembre. Las colas son cada vez más largas. Un día es un día. El pasillo de juguetes no acaba. Es la magia de la Navidad. «Pi, pi, pi». La caja molesta. Las escaleras llenas. Todo corre. Estás en mitad del tumulto. La mirada perdida. Han pasado 4 horas. Y la maldita voz no se calla. Ayuda. Lees de lejos el letrero de la última tienda. Papá Noel te saluda desde el trono. Borroso. Y la música. Mañana viene la abuela. Feliz Año Nuevo. Más fuerte. Te va a estallar la cabeza. Pruébate esto. Estiras un brazo. Solo te encuentras a ti.

El espejo te hace sentir ridículo. Me lo quedo. La voz dice que lo necesitas. Mentira. Y otra vez la aglomeración. Gritos. Niños correteando. El pasillo eterno. «Pi, pi, pi» La carta arrugada. El árbol enorme. Parpadea. Ruido. Color. Publicidad. ¿Y tú que quieres para reyes? Aire, por favor, solo un poco de aire.

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