Tu vida, su negocio

Al minuto se envían 38 millones de mensajes de Whastapp, se publican 500 mil tweets y se realizan unas 3,5 millones de búsquedas en Google. Los teléfonos móviles representan en torno a un 70% de la población mundial y ya existen más redes de telefonía contratadas que personas.

Ante estas cifras podemos afirmar de forma inequívoca que vivimos en la época de mayor interconexión global en la historia. Todos disponemos de un teléfono móvil y le damos un uso continuado. Enviamos mensajes, documentos, fotos, publicamos distinto contenido en redes sociales... De esta forma, dándole un uso activo o pasivo, generamos millones de datos que, tratados de forma individual, son insignificantes pero analizados de forma conjunta y cruzada (gracias a los conocidos algoritmos) son una fuente de riqueza para las plataformas que nos proveen de estos servicios.

Los datos o “grandes datos” (BIG DATA) son el negocio
del futuro y han cambiado para siempre la publicidad. Los anunciantes prefieren
las campañas adaptadas y personalizadas antes que masivas por la efectividad
que estas tienen. Así, invierten cantidades inmensurables de dinero para
hacerse con los datos de sus futuros compradores.

Tal es el punto que, a comienzos del 2020, el valor del
mercado de datos tecnológicos al que hacemos referencia fue de 739 mil millones
de €, lo que representa un 4% del PIB europeo. Facebook, una red social de
ingreso gratuito, facturó en 2019 en torno a unos 55 mil millones de €.

Estos ineludibles datos nos obligan a preguntarnos… ¿qué es lo que saben las grandes empresas sobre nosotros? La respuesta, por dramática que parezca, es: absolutamente todo. Un estudio llevado a cabo por las universidades de Standford y Cambridge concluyó que con 10 “likespodíamos revelar más información acerca de nuestra personalidad de la que nuestros amigos conocen y con 150 “likes” incluso de la que conocen nuestros padres o pareja. Y esto es así porque, gracias a la sensación de anonimato que nos brinda internet, buscamos y contamos cosas que no se nos ocurriría hacer en ningún otro ámbito de la vida.

Desgraciadamente los “likes” no son lo único que almacenan
los gigantes tecnológicos sobre nuestra vida. El caso de Facebook es
paradigmático. Estando presente en la mayoría de los dispositivos en el mundo,
obtiene estos datos sobre nosotros:

Nombre, cara, correo electrónico, número de teléfono, huellas dactilares, horas de conexión, amigos, conocidos, amigos de amigos, gustos, desagrados, localizaciones, dispositivos utilizados, direcciones físicas, creencias religiosas, creencias políticas, estado civil, ocupación, historial de ocupaciones, formación, aplicaciones descargadas, personas con las que te reúnes, tipo de trasporte utilizado, búsquedas, conversaciones orales con el teléfono apagado (…)

Esta información, a pesar de ser abundante y valiosa, se
encuentra en un estado primitivo. Para maximizar su utilidad se ponen en
funcionamiento distintos algoritmos (como los de reconocimiento facial, sonoro,
fotográfico, análisis de “likes”, “clicks” o comentarios, forma de
interacciones con otros usuarios…) que los transforman en datos depurados y muy
deseables para los anunciantes.

Google, por su parte, no se queda atrás. La empresa californiana almacena en torno a unos 10 GB mensuales de información personal de cada usuario. Lo que físicamente equivaldrían a 2778 tomos del Quijote impresos.

La cantidad de datos era tal que, en 2013, la compañía Cambridge Analytica descubrió el nuevo gran uso que se podía hacer del BIG DATA: influir en elecciones democráticas. Con el objetivo inicial de intervenir en las elecciones estadounidenses, recibió una aportación inicial de 15 millones de $ por parte de Steve Bannon, quien acabó siendo asesor del presidente Trump.

Logo de Cambridge Analytica

El procedimiento era sencillo y muy efectivo. En primer lugar, los datos ayudarían a localizar los perfiles más susceptibles o dudosos sobre su voto. A partir de ese momento se les bombardearía con campañas publicitarias, blogs, videos, webs o noticias falsas (“fake news”) orientadas hacia un cierto partido político.

El avance de estos métodos fue imparable y, desde ese año, se pusieron en funcionamiento en más de 200 comicios por todo el mundo. Favorecieron notablemente a importantes figuras como Ted Cruz (senador estadounidense), Donald Trump, Uhuru Kenyatta (presidente keniata), Mauricio Macri (expresidente argentino) o campañas como la del Brexit, todas ellas de sesgo conservador.

Los más que cuestionables procedimientos utilizados por Cambridge Analytica fueron destapados por un exempleado que reveló información desconocida hasta ese momento. Este declaró que se sustraían datos personales gracias a aplicaciones o cuestionarios en línea aparentemente inofensivos (trataban sobre arte o música) que requerían del inicio de sesión con Facebook. De esta forma la empresa estaba vulnerando las normas internas de la red social. A pesar de esto y siendo Facebook consciente de la situación durante 2 años, no hizo nada por proteger la información de sus más de 87 millones de usuarios afectados.

Cambridge Analytica violó repetidamente las leyes
electorales de distintos países y en la actualidad se encuentra investigada por
acciones criminales. La empresa cerró en 2018 y se refundó con el nombre de
Emerdata Ltd.

Mark Zuckerberg, fundador y presidente de Facebook, compadece en el senado estadounidense. Fuente: EFE

La realidad es que, debido a la escasa regulación legal en materia tecnológica y al incesante afán de enriquecimiento de las grandes compañías, los usuarios hemos perdido el control absoluto del tratamiento que se hace de nuestros datos y la cantidad que se recoge de estos.

Nos vemos obligados a aceptar términos y condiciones abusivos
e incomprensibles porque rechazarlos supone dejar de lado importantes fórmulas
de comunicación, cada vez más útiles y necesarias en las sociedades
interconectadas en las que vivimos. Se estima que tardaríamos en leer 76 días
todos los términos que aceptamos a lo largo de un año.

Tristemente el futuro no se divisa esperanzador en este aspecto. Los usuarios debemos exigir políticas justas que protejan y limiten la captación de datos porque: nuestra vida es solo nuestra y así debe seguir siéndolo.

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