Opinión: vivir esperando

Vivimos en el “cuando todo pase”, con los ojos puestos en el futuro, como si el tiempo se hubiera detenido y esto fuera una pesadilla, como si Madrid estuviera en pausa y todo fuese a seguir igual que hace un par de meses. Pero Madrid no descansa y  el domingo no se ha alargado de más. Cuando volvamos a pisar la calle y nos despierte la alarma de la rutina, nada volverá a ser como antes, porque el tiempo corre a pesar nuestro y nosotros cambiamos a pesar de las circunstancias.

Vivimos esperando, sin comprender el aquí y ahora. Hemos superado ya los quince días encerrados, escondiéndonos de un virus que nos ha pillado desprevenidos. Estamos haciendo frente a una crisis sin precedentes, desde la casa donde nos ha tocado vivir, con las clases canceladas y la economía desplomándose un poquito más cada día. No somos analistas, pero la palabra ERTE nos suena a gato encerrado y las sombras de 2008 todavía se dejan ver en nuestras carencias y miedos. Sin embargo, hemos decidido poner por la delante la salud al dinero, la vida a la economía. Es triste que no todos puedan decir lo mismo.

Hay días mejores y peores. Mañanas en las que el techo se echa encima y las paredes de la cocina parecen estrecharse por momentos. El desgaste emocional es inevitable, el cansancio cada vez mayor. Estamos corriendo una carrera de fondo sin saber dónde se encuentra la meta, ni qué nos espera tras ella. Es imposible gestionar el oxígeno y, aunque a veces nos fallan las piernas, sabemos que no hay mayor enemigo que nuestra cabeza, que el «adentro», como decía Pizarnik. Ahora el reto es enfrentarnos a la incertidumbre, reconciliarnos con el tiempo y, sobre todo, con nosotros mismos.

Vivimos echando de menos, con los sentimientos en vilo, esperándonos los unos a los otros. Esta guerra tan peculiar que libramos desde los balcones nos ha robado miradas, caricias, risas, a personas irremplazables. Es duro vernos solos, mirarnos a un espejo vacío. Pertenecíamos a unos cuerpos que hace semanas que no vemos y tenemos miedo de no volver a ver. Estamos conociendo nuevas formas de querer, de cuidar de los nuestros desde este exilio particular que nos mantiene encerrados en la comodidad de casa, pero sin las personas que la convierten en hogar. Tenemos miedo, miedo por ellos. Vivimos con el sufrimiento que toda peste deja, con el dolor de la pérdida y la ausencia de una despedida digna y necesaria que permita cicatrizar. Nos han dejado con la palabra en la boca, necesitábamos decir Adiós. 

A las ocho, mientras estamos absortos en esta nueva rutina a la que hemos tenido que adaptarnos, planificando todo lo que se nos vendrá encima en algún momento que desconocemos, pero que llegará, escuchamos los aplausos de nuestros vecinos y la realidad vuelve a golpearnos con toda su crudeza. Salimos a la terraza, patio, balcón, la ventana del patio de luces… y las cifras dejan de ser números borrosos en nuestra cabeza, las imágenes nos duelen aunque sea ese minuto al día. Dejamos de esperar y comprendemos. Cogemos aire y sacamos fuerza, porque cuando todo pase, esto habrá pasado, no habrá sido un sueño y tendremos que vivir con ello a la espalda, pero siempre juntos y luchando.

Miembro de la Junta Editorial de Revistaincognita.com
Estudiante de Ciencia política y administración Pública + Periodismo

2 Comments

  1. Pareciera, que me hubieses visto por dentro. Todos mis pensamientos se han visto plasmados en este relato. Gracias por entender lo que sentimos en nuestro interior y se portavoz de nuestro sentir.

    • Hola Eugenia. Gracias a ti por leer y comentar el artículo. Me alegro de que te hayas sentido identificada. Seguiremos trabajando día a día para ofrecer contenido de calidad, con independencia y honestidad.

Deja una respuesta

Your email address will not be published.

Historia Anterior

Marzo, el mes que hace 16 años tiñó de negro España

Siguiente Historia

Cronología de una pandemia en España

Lo último de Opinión