Vecino y desconocido

De unos 1214 km es la frontera que separa nuestro país de Portugal. Mantenemos costumbres coincidentes, una abundante riqueza patrimonial, situaciones económicas semejantes e incluso, hace 400 años, fuimos parte de la misma unión dinástica. A pesar de esto, para la mayoría de los españoles, Portugal es percibido como un absoluto desconocido y su sorprendente despunte económico es ignorado por muchos.

Portugal, como muchos autores lo han calificado, es el país de los improbables. Que se puede decir de una nación que, con apenas un millón de habitantes y sin ejército, consiguió conquistar el mundo entero y llevó el nombre de Europa hasta los confines. Que se puede decir de una nación que consiguió derrocar la dictadura e imponer una democracia a golpe de clavel. Un país que, a pesar de estar inmerso en un profundo sentimiento trágico y desesperado, ha dado luz a genios y artistas de la talla de Camões, Pessoa o Saramago.

En la actualidad, Portugal está viviendo un nuevo “improbable”, está vez con relación a su economía. El país luso fue uno de los principales perjudicados europeos por la crisis financiera de 2008 que produjo la recesión de la mayoría de las economías mundiales, especialmente en Europa y concretamente las de la parte sur. En esta ocasión el PIB portugués cayó un 2,1% (en nuestro país la caída fue del 1,1%) principalmente motivado por el descenso sustancial de las exportaciones de bienes y servicios. Estos desgraciados hechos exigirían reajustes estructurales en la economía de los países afectados y en especial en el gasto público: Europa se adentraba en la época de las políticas de austeridad.

Por si la situación no resultaba compleja, el panorama en Portugal era especialmente preocupante. Las políticas aplicadas en legislaturas anteriores habían promovido el sobregasto y las burbujas de inversión a través de alianzas público-privadas. Se crearon numerosas consultorías innecesarias, ineficientes y de forma poco transparente. El Estado portugués asumió precios excesivos por la realización de obras públicas e infló sueldos a ejecutivos y máximos responsables. Durante estos años fue víctima de sucesivas oleadas de especulación llevadas a cabo por operadores del mercado de renta fija, agencias de calificación u otros especuladores. Por estos motivos, la llegada de la crisis a Portugal fue muy dañina y los efectos de esta fueron especialmente agresivos.

Y finalmente llegó la austeridad. La Troika (Unión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional) exigieron importantes ajustes en los presupuestos de los estados europeos para lograr el equilibrio o el superávit en las cuentas públicas. Con mayor o menor oposición estos acabaron cediendo y claudicando ante las enormes presiones europeas. La aplicación de estas medidas se tradujo, en la mayoría de los casos, en forma de recortes a los servicios sociales que repercutirían de forma directa en la calidad de vida de clases medias, bajas y las minorías. La sanidad y la educación fueron los principales sectores perjudicados, pero también la investigación, la cultura o las pensiones sufrieron estos ajustes. Fueron pocos los casos en los que los Estados decidieron agravar las cargas impositivas a las grandes fortunas, entre ellos Francia. Por otro lado, España, Grecia, Italia o Portugal, todos ellos con gobiernos por aquel entonces de sesgo conservador, continuarían por imponer la austeridad a los sectores menos acaudalados de la población.

Manifestación en Portugal en 2012. Fuente: El País.

Las protestas no tardaron en llegar y las grandes concentraciones de personas indignadas con el sistema que estaba permitiendo tales hechos se convirtieron en algo común en algunas capitales europeas. Se convocaron importantes huelgas generales como la de Francia y se sucedieron distintas manifestaciones como las de España (15M), Grecia o Italia, donde en algunas incluso se gestaron futuros partidos políticos. El balance resultó, en términos generales, negativo para los partidos tradicionales y de gobierno provocando, en próximos comicios, variaciones en la correlación de fuerzas.

Este fue el caso de Portugal. Desde 2011, el país había sido presidido por Pedro Coelho del PSD (centroderecha). Fue en esta época cuando el país, en plena crisis económica, vivió en primera persona el efecto de la austeridad y los recortes. El PIB se resintió notablemente durante su mandato (-2,3%) y las tasas de paro ascendieron vertiginosamente (12,6% en 2011 a 16,5% en 2013) siendo especialmente llamativas en la población joven. Así mismo la deuda pública no disminuyó sino todo lo contrario (131,3% en relación con el PIB en 2013) y el déficit público aumentó de la misma forma (9,8% en 2011 al 10,6% en 2013). La economía portuguesa no parecía mejorar en sus principales datos a pesar del esfuerzo generalizado que había realizado la población. Durante esos años, los ciudadanos del país vieron empeorar la mayoría de los servicios públicos de los que disponían. Los fondos para la sanidad pública se recortaron, también lo hicieron las pensiones para los jubilados y los recursos para la educación. El IVA se incrementó del 21% al 23%, los impuestos sobre el rendimiento crecieron fuertemente y se liberalizó el mercado de la vivienda lo que generó importantes problemas especulatorios. Todo ello en el contexto posterior a un “rescate” que inyectó 78 mil millones de € en la economía lusa y secuestró sus cuentas a manos de la “troika” hasta mayo de 2014. El gobierno se subordinó a los intereses de las grandes fortunas que acumularon deudas a la banca y transfirieron beneficios: desde 1975, el 35% de los ministros de Portugal había sido miembro del consejo de administración de algún banco. Entre el 2009 y el 2014 en torno a un tercio de la población cayó en algún momento en la pobreza y un 24,5% era pobre por primera vez en su vida. Un 69% de los votantes portugueses se abstuvieron en las elecciones al parlamento europeo. El descontento y malestar ciudadano era un hecho palpable.

Los resultados dieron un vuelco en las elecciones generales de 2015 y, aunque Pedro Coelho obtuvo el mayor número de votos, tres partidos de izquierda supieron organizarse y articular la mayoría necesaria para gobernar. El partido socialista de Antonio Costa recibió el apoyo del Bloque Izquierda (aliado del partido español Podemos) y del Partido Comunista portugués materializándose un acuerdo legislativo para los siguientes años. La “jerigonza” (como se llamó a esta unión) fue el resultado del hartazgo generalizado por las políticas de austeridad y las presiones ciudadanas para que el pacto saliera adelante fueron enormes. El nuevo presidente, Antonio Costa, prometió revertir esta situación.

El presidente portugués Antonio Costa

Las medidas del nuevo gobierno no tardaron en dar resultados muy positivos y el crecimiento llegó al país. Se suprimieron los recortes a los servicios públicos, las pensiones aumentaron, el paro cayó del 16,5% al 6,7%, el salario mínimo creció un 20% y el déficit se redujo de un 11% a un 0,5%, lo exigido por la UE. El subsidio por desempleo creció, así como lo hizo el abono para las familias. Los libros de texto se empezaron a proporcionar de forma gratuita y las tasas, tanto universitarias como de transporte, se redujeron. Las rentas disponibles fueron mayores y el consumo se aceleró, el PIB creció y también lo hizo la inversión, que consiguió cifras similares a los años anteriores a la crisis. Los impuestos a los ricos y sobre el patrimonio de mayor valor se agravaron y la deuda pública disminuyó (del 133% al 124% respecto al PIB). La economía crecía a un ritmo de un 2% anual y la confianza de las empresas aumentó a la vez que lo hizo la financiación para las PYMES. Estos hechos permitieron la devolución anticipada del “rescate”.

Evolución del PIB desde 2008 a 2017.
Fuente: INE

Otra prioridad de la “jerigonza” durante su mandato fue la educación. El gobierno aprobó ciertas medidas para reducir el fracaso escolar y mejorar los informes PISA de años anteriores: lo consiguió. Durante los primeros años la inversión en profesorado aumentó y se creó el Plan de Lectura Nacional con el que se aumentó el número de bibliotecas y programas familiares. Se concedió mayor libertad a los colegios para decidir el curriculum (un 25% del temario de libre elección) para evitar la sobrecarga de contenido y se suprimieron las subvenciones a los colegios privados. Se creó un programa de actividades extraescolares gratuitas, lo que permitía a los estudiantes cursar arte o música fuera del periodo lectivo y así conseguir una relación diferente con el aprendizaje. Se destinó un 4,8% del PIB a la educación. De esta forma, el abandono escolar se redujo del 39% al 11,8%.

En estos años fueron varias las grandes empresas que decidieron trasladar sus sedes a Portugal. Google lo hizo con su centro tecnológico y otras como BMW, Mercedes Benz o Bosch también establecieron centros de ingeniería en el país.

Los datos parecían reflejar una realidad esperanzadora y los efectos parecían repercutir positivamente en la vida de los ciudadanos. ¿Estaba Portugal viviendo un milagro económico? ¿había encontrado la fórmula perfecta para la recuperación económica? Estos discursos suelen caer por su propio peso y los milagros rara vez suceden. Es preciso analizar la realidad de forma cautelosa y evitar el pretencioso deseo de imponer dicotomías y perspectivas “blancas o negras”. La recuperación de Portugal no fue un milagro, más bien un “improbable” donde intervinieron una gran cantidad de factores y hechos.

Es incuestionable que, las reformas llevadas a cabo durante los años más duros de la crisis contribuyeron de forma positiva a la recuperación futura del país. Durante esta etapa el turismo aumentó sustancialmente y las exportaciones, uno de los grandes quebraderos de cabeza para los economistas, proliferaron.

El crecimiento de la economía lusa habría resultado imposible de no ser por el panorama internacional de desarrollo generalizado. Los principales países europeos socios (España, Alemania o Francia) contribuyeron positivamente en la recuperación de Portugal.

La política monetaria ultra-expansiva que aplicó el Banco Central Europeo permitiendo tipos de interés bajos en los créditos concedidos resultó ser un nuevo factor positivo para el desarrollo.

De la misma forma que estos hechos favorecieron el desarrollo, aprovecharlos e implementar medidas no fue un camino exento de contratiempos. La aprobación de los presupuestos o la subida del salario mínimo recibió críticas y la oposición de los agentes económicos y la UE. La de esta última, sin embargo, no fue excesiva y el compromiso de los tres partidos de la “jerigonza” con el proyecto europeo y la progresividad de las reformas reforzó la confianza. Tras los dos primeros años de legislatura, el contenido de los acuerdos de los pactos se agotó y surgieron desencuentros y acusaciones de deslealtad. La gestión bancaria y financiera, las políticas europeas o el sistema sanitario fueron puntos de discrepancia entre los partidos que contribuyeron a resquebrajar aún más al tripartito. El Partido Socialista se orienta cada vez más hacia la peligrosa posición europea que ha condenado a la socialdemocracia a la irrelevancia en la mayoría de las naciones del Viejo Continente. El Bloque Izquierda resulta inconsistente ante la más que tangible crisis de los partidos de masas. El Partido Comunista, por su parte, continúa reproduciendo anacronismos que lo alejan aún más de los votantes.

Mientras tanto, el “improbable” económico de Portugal aún no ha llegado a su fin y siguen siendo muchos los asuntos que el gobierno debe abordar.

Por una parte, la restitución de los servicios fundamentales no se ha visto acompañada por una inversión en la calidad del Servicio Nacional de Salud y de los transportes. Ha habido importantes recortes en el gasto de infraestructuras y la inversión pública continúa manteniéndose en un nivel bajo.

Por otro, al problema especulatorio con las viviendas no se le ha dado una solución apropiada. Mientras que el salario ha aumentado un 10%, el precio de las viviendas lo ha hecho en un 50% y en las principales ciudades el problema se magnifica. En el centro de Lisboa se registró la venta de 150 viviendas en 2 años, sin embargo, solo 1 de estas se utilizó como residencia; el resto se mantienen vacías o destinadas al turismo. En Oporto los precios ascendían un 88% al mismo tiempo que más de 1000 familias eran desahuciadas. El país, según dicen los expertos, está siendo vaciado por capitales extranjeros.

Las últimas elecciones generales, celebradas en octubre de 2019, dieron a Antonio Costa como ganador, aunque sin lograr la mayoría. El resto de partidos de izquierda, tras empeorar sus resultados, facilitaron el gobierno de Costa sin condiciones sustanciales. Esto produjo el fin de la “jerigonza” lo que venía anunciándose como un secreto a voces. El presidente prometió continuar las reformas que habían comenzado la legislatura anterior.

Banderas de España y Portugal.
Fuente: Carlos Delgado.

A lo largo de estos años, nuestro modesto vecino nos ha dado valiosas lecciones sobre la gestión que se debe de hacer de un país. Las medidas que alientan la demanda interna impulsan el crecimiento y al aumentar los impuestos se puede rebajar el déficit fiscal.
Portugal ha demostrado que existen alternativas a la ortodoxia económica de la austeridad y según David Lipton, exvicepresidente del FMI: “nos da una lección a Europa, incluso al resto del mundo”. La “jerigonza” ha logrado avances que, incluso algunos confunden con milagros.

Ahora es responsabilidad nuestra poner atención sobre lo que sucede a nuestro lado y contradecir, de una vez por todas, las palabras de Buñuel: “Portugal es para los españoles un país más lejano que la India”. El vecino humilde e ignorado ha sentado un importante precedente que no podemos dejar de obviar.

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