Lo bonito de tu alrededor

Podrán vaciarse las ciudades, pero no nuestros corazones

Sentada en una de esas hamacas de la vieja escuela, de las que sólo recuerdas verlas en casa de tu abuela en Navidad, observo caer la lluvia suavemente por el cristal de la ventana. Remuevo sin prisa el café que tengo entre mis manos y no puedo evitar dejar paso a los recuerdos que ansían ocupar su lugar en mi mente. Es curioso el poder que pueden llegar a tener en ti las cosas que ya han sucedido y que se han quedado grabadas en tu memoria.

Paseo lentamente la mirada por la habitación y me detengo en una de las muchas fotografías que adornan la pared. Cuatro chicas me dedican una preciosa sonrisa mientras alzan sus copas de vino en mi dirección, y no puedo evitar sentirme reflejada en una de ellas. Cualquier persona que me conozca diría que soy yo, con el pelo un poco más corto pero la misma que conoce al fin y al cabo. Sin embargo, el único pensamiento que me viene a la cabeza al mirar la bonita escena es, “¿qué fue de esa chica?”.

Hace exactamente dos meses de esa instantánea. Era un Viernes cualquiera; me acuerdo que aquella noche salí sin muchas ganas porque me dolía la cabeza y al día siguiente tenía que obligarme a estar en la biblioteca a las 9 en punto si no quería que la uni me pateara el culo. Mi amiga cogió el camarero por banda y dándole el móvil gritó “¡cómo no nos saques bien te hacemos un sinpa!”. Y aun recordando esta escenita muchos días después, no puedo evitar soltar una risa floja preguntándome cuándo podré volver a verla.

La chica que parece ser yo en la fotografía me sigue mirando y un relámpago de tristeza cruza mi pecho al recordar aquel día. Y como nos suele pasar a toda la especie humana, no nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que lo perdemos. Ese día no habíamos ganado el gordo, seguíamos viviendo con nuestros padres y los profesores nos seguían puteando como querían, pero después de una larga semana, nos sentábamos en cualquier sitio a reírnos de todo lo que odiábamos, a planificar el mítico viaje del verano que ningún año podía faltar y a dejarnos la paga en aquel antro. No era consciente, pero justo en ese momento, lo tenía todo.

Le doy un nuevo sorbo al café que ya se está enfriando y sigo dejando que los momentos pasados vuelvan a mecerme en su regazo. Siento la calidez del verano acariciarme la piel, los muchos besos de mi abuela en mi mejilla al verme, la cerveza fría de aquel día en Hamburgo, las noches de llegar a casa más tarde que temprano, el frío que me calaba los huesos aquel invierno en Turín, sus besos rozándome la espalda en cualquier país, el paseo por el Sena mientras la Torre Eiffel se iluminaba a nuestro paso mientras me perdía en sus ojos, los chapuzones en el mar con luna llena, las horas de espera para entrar al Coliseo mientras aguantábamos los 35º como campeones en mitad de Junio y los Spritz por todos los rincones de Italia.

Siento cada uno de esos recuerdos guardados con cariño en mi cabeza y en mi corazón. Durante estos dos últimos meses, ellos han sido los que me han iluminado en días grises, los que me han hecho volver a revivir y exprimir cada uno de los segundos que ahora aborrezco, los que me han dado la fuerza para seguir día a día, sola y enjaulada como todas y cada una de las personas de este país. “De los recuerdos se vive”, dicen por ahí. Es posible que sea así, porque incluso cuando piensas que todo es de color de negro, que la bruma te persigue y te ahoga sin dejarte respirar, cuando los días pasan sin cesar sin que tu ni siquiera puedas vivirlos, cuando piensas que ya nada puede ser peor, echas la vista atrás y sólo puedes sentirte inmensamente afortunado por las pequeñas cosas que siempre han estado a tu alrededor y que sólo has sido capaz de ver cuando te han privado de ellas, de tu libertad.

“De todo se aprende en esta vida”, suele decir mi madre. Cierto. De esto saldré mucho más sabia, dándome cuenta que un beso por detrás cuando no te lo esperas, que una broma con tus amigos de toda la vida o que un simple paseo por la ciudad a cualquier hora del día, son cosas preciadas y con un valor más grande del que solemos darle.

Pero sobre todo, saldré de ésta teniendo muy presente que la vida está en las pequeñas cosas que siempre han estado a nuestro alrededor, y que no importa cuántos baches haya en el camino, porque siempre van a existir momentos mágicos, ciudades únicas y personas increíbles que te van a estar acompañando en cada uno de los pasos que des, sosteniéndote la mano para levantarte o tumbarse contigo por si te caes.

Podrán vaciarse las ciudades, pero no nuestros corazones.

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