Trincheras infinitas

¿Algún día dejaremos de cavar trincheras entre nosotros?

Diferenciarse está de moda. En lo que denominaba Sabina como el cuento del Business, que rige nuestras vidas, existe una máxima: La diferenciación. Para comercializar un nuevo producto o servicio, además de satisfacer una necesidad, tienes que conseguir que sea percibido por el consumidor de forma diferente a lo que ya existe en el mercado si quieres conseguir el éxito del mismo.

Esta filosofía corporativa, también está presente en nuestra vida cotidiana, desde lo más elemental a lo más trascendental (que en muchas ocasiones es lo mismo). Las propias notas del colegio te diferencian de tus compañeros, siendo mejor, por meritocracia, el que más puntuación consigue al rellenar una hoja de papel en el tiempo de una o dos horas. Siguiendo lo que denominó Robert Kiyosaki como la carrera de la rata, en su libro Padre Rico, Padre Pobre, cuando terminas tus estudios obligatorios e ingresas en una universidad y con mucho esfuerzo consigues unas excelentes notas, es el momento de buscar un trabajo.

De nuevo tienes que competir para ser el mejor, ahora no contra tus compañeros de clase, sino contra los que se denominan como los otros aspirantes. Para conseguir vencerles, en el cuadrilátero laboral y alzarte con el apreciado puesto de trabajo en disputa, debes dar el perfil que busca la empresa y diferenciarte de los demás contrincantes, añadiendo mucho más valor a la empresa del que buscaba. Con el doble de títulos, experiencia, idiomas, cursos y motivación que los otros aspirantes. Consiguiendo la diferenciación necesaria con tus competidores y satisfaciendo aún más las expectativas de la empresa contratante.

El cuento del Business también ha llegado a la política. En España, además, tras cuatro comicios generales en los últimos cinco años, la situación es aún más palpable. Seguimos incrustados en la venta de ideas y luchas entre partidos por el relato. Utilizan, al igual que las empresas, una estrategia comercial diferenciada para segmentar el mercado y así ofrecer un producto que satisfaga mejor las necesidades de sus consumidores. Es decir, para competir mejor con sus adversarios políticos, estudian los problemas que puedan tener sus potenciales electores, dividiendo a la población según sea o no afín a las soluciones ideológicas que ofrece el partido y generando con estos datos, un discurso o programa electoral que satisface mejor las necesidades de sus consumidores.

Lo que produce un voto aún más fiel, dado que los partidos luchan por captar el voto del elector aunando en las diferencias con otros partidos políticos y convenciendo que sólo ellos pueden solucionar sus problemas. Generando una sociedad más dividida y con mayores niveles de crispación. 

Esto no es nuevo en política, aunque se ha visto incrementado en el tiempo por la continua campaña electoral que vivimos en nuestro país desde hace cinco años. No obstante, al menos antes, solo en el año de las elecciones era para potenciar la estrategia comercial diferenciada de los partidos políticos y los tres anteriores al año electoral, se utilizaban para hacer verdadera política de servicio público y búsqueda en conjunto de resolver problemas de interés general. 

De igual forma, en la actualidad, nos encontramos en un mundo más diferenciado artificialmente. Con casi 200 países que sólo tienen en cuenta sus propios intereses. En vez de preocuparnos por problemas que nos afectan a todos e incentivar la cooperación internacional; solo hay tiempo para intereses nacionales, medidos a veces, con una óptica miope que no ve más allá de su propio ombligo y bandera.

Podría hablar de la desigualdad en el mundo o del cambio climático, pero los anuncios de niños africanos desnutridos u osos polares en mitad del deshielo de su hábitat, por desgracia, nos aburren. La actual crisis sanitaria mundial que nos afecta, puede ser mejor ejemplo para llamar su atención, porque percibimos que nos está afectando más al llegar de una forma más visible a nuestras fronteras. Sin embargo, todos los problemas mundiales nos afectan, porque si un ser humano sufre un problema, toda la humanidad tiene un problema que solucionar.

Siguiendo con el Covid-19 (o coronavirus), término que seguro será la palabra del año a pesar de estar aún en mayo, muchos analistas afirman que puede haber un cambio de paradigma, ante las repercusiones políticas, económicas y sociales que tendrá en todo nuestro mundo, comparable incluso a la época de las dos Guerras Mundiales.

No obstante, hay dos vías para abordar los cambios. Bien de forma conjunta y coordinada o cada país por su cuenta. Después de la Primera Guerra Mundial, las naciones optaron por seguir atrincheradas en sus intereses particulares, llegando en muchos casos a nacionalismos intransigentes que dieron alas al fascismo y a regímenes autoritarios, que fue el mejor caldo de cultivo para la Segunda Guerra Mundial. 

Sin embargo, después de ésta, los países pusieron a un lado sus diferencias para dar respuesta de forma conjunta a los riesgos del orden internacional que asomaba. También es cierto, que con la Guerra Fría duró poco ese sentimiento de fraternidad entre las naciones. Aunque sirvió al menos para que nacieran entidades como la Organización de las Naciones Unida y, más adelante, la actual Unión Europea, para vivir en un relativo estado de paz en Europa y se optara como primera opción para la resolución de un conflicto internacional, la vía diplomática y no la bélica.

Por supuesto que organismos como la ONU o la UE no han sido infalibles y tienen muchos problemas que resolver. Pero su utilidad debe potenciarse porque son herramientas que pueden dar respuestas globales a problemas que nos afectan a todos los seres humanos. Para mí, ese debe ser el camino que sin embargo, no estamos recorriendo. El panorama geopolítico actual se juega en un tablero cada vez más fragmentado y con mayor rivalidad entre las naciones. Los intereses nacionales de cada país son los únicos existentes. De nuevo, nos asomamos al abismo nacionalista intransigente, con todas sus repercusiones, abocados a repetir los mismos errores del pasado. 

Ante ello me pregunto, ¿por qué los seres humanos nos empeñamos en crear diferencias artificiales entre nosotros?. No quiero que seamos robots, ni que nos emocionemos con la misma canción, ni que adoremos al mismo Dios, símbolo o bandera. Sin duda, la mayor de las riquezas se halla en la diversidad. Pero sí me gustaría recalcar que en lo más elemental, somos iguales y tenemos las mismas necesidades.

Cavar trincheras para aferrarse en una posición fija, no hace más que distanciarse de los demás. Cavar trincheras para señalar que el que está al otro lado es tu enemigo, solo crea mayor crispación social. Cavar trincheras para vivir en cavernas de luces artificiales y creer que sus sombras son la única verdad, es vivir con los ojos tapados. Nos perdemos la idea de una humanidad solidaria y fraternal que resuelva problemas globales.

Si seguimos cavando trincheras infinitas, seguiremos perdiendo la oportunidad de seguir creciendo como humanidad.

Imagina este mundo sin trincheras infinitas…

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