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El resurgir de la política de banderas

Jesús del Peso

La definición de nación que considero más apropiada, entre todas las que nos podemos encontrar, sería la siguiente: “Colectividad que ha alcanzado la integración cultural entre sus miembros en el transcurso de un proceso histórico común, en el que sus componentes comparten tradiciones, religión, lengua y que generalmente comparten un territorio”. Sin embargo, si nos vamos a la RAE encontramos acepciones como “Pueblo soberano” o “Conjunto de habitantes regidos por un mismo Gobierno”, lo que en resumidas cuentas podría traducirse como España para los españoles, Italia para los italianos y Francia para los franceses. 

Esta definición no es otra cosa que un producto de la historia europea heredera del surgimiento de los “Estados-nación”. Una historia manchada con la sangre de los enfrentamientos entre personas pertenecientes a diferentes naciones y que tiene su mejor representación en las guerras del SXIX, la Primera y la Segunda Guerra Mundial, en la que el nacionalismo llevó al exterminio a más de 6 millones de judíos. Todas ellas tienen algo en común: en todas se planteaba al enemigo extranjero como el culpable de los males nacionales y sobre todo, de la situación de precariedad que vivían las personas pertenecientes a las clases más bajas de la sociedad. Durante estas guerras murieron millones de personas sin preguntarse el por qué, cegados por las banderas en un fervor nacionalista tal y como vemos representado en el libro de Rosa Luxemburgo “La crisis de la socialdemocracia” como ejemplo de la guerra del 19 y cuyas características prácticamente podríamos seguir palpando en la actualidad. Son los intereses económicos los que ondean las banderas, no los obreros ni el grueso de la sociedad. 

Pero ¿qué ocurre entonces con los Estados carentes de nación como Bélgica o Suiza o las naciones disgregadas como Alemania y Austria? Estos son los claros ejemplos que demuestran como la fórmula 1 nación = 1 Estado no es siempre necesaria para la constitución de los países. Con las primeras se demuestra como dentro de una misma unión política pueden convivir perfectamente sociedades con idiomas, tradiciones y religiones diferentes sin que ello lleve a la conflictividad social y con las segundas se demuestra como una nación puede vivir en uniones políticas paralelas. 

Por otro lado, durante los últimos años estamos viendo como las naciones carentes de Estado propio están presionando y fomentando estos nacionalismos intolerantes para alcanzar la independencia política de unos estados mayores a los que generalmente se les tilda de opresores de las libertades y a los que se les acusa de todos los males ocurridos sobre ese grupo en concreto como son Cataluña, Escocia o los bretones por citar unos ejemplos secesionistas. A la vez que estamos viendo cómo por otro lado se están empleando los nacionalismos españoles, holandeses o alemanes como manera de protestar y diferenciarse de una creciente inmigración, dejando fuera de ese “patriotismo” a las personas que no comparten esas ideas racistas e impositivas.

No debemos confundir un sentimiento de pertenencia, con un sentimiento de odio hacia lo distinto. Con ello, vemos como en Estados plurinacionales como España han convivido durante siglos naciones culturales distintas sin que la una fagocite a la otra, y logrando mantener lo mejor de ambas y sin emplear ese elemento tan común que utilizamos a la hora de etiquetar a la gente: estás conmigo o contra mí, o participas de mis tradiciones o no tienes cabida en mí sociedad. El objetivo es preservar la diversidad cultural de la que todos nos enriquecemos, no tratar de borrar la ajena para que la mía sobreviva.

Pero realmente ¿Qué supone ser nacional de un Estado? O mejor dicho ¿Qué supone poseer la nacionalidad de un Estado?

La ciudadanía es la que le permite a su titular ser partícipe de los beneficios producidos en una zona geográfica delimitada (el Estado). Es una categoría ideal, pues solo existe en nuestras mentes: es una construcción legal ejercida por un grupo de personas que comparten características económicas y políticas llevándolas a crear la renta de la ciudadanía (los beneficios que tienen las personas por vivir en un determinado Estado). 

Con esto último estaríamos viendo como entre las banderas se encuentran envueltos los intereses económicos, racistas en algunos casos, egoístas en otros, qué, fomentados por los líderes políticos que solo buscan llegar al poder, llevan a personas al odio y a la confrontación con la exaltación de lo propio y la acusación a lo ajeno. Unas banderas ondeadas por el miedo a lo distinto y la pérdida de la identidad. Los nacionalismos son el cáncer de Europa, que simplemente logran generar una fragmentación que se traduce en los unos contra los otros, en la búsqueda de unos culpables para los males sociales que no existen y que amenazan la paz que vivimos en Europa desde el final de la Segunda Guerra mundial con la salvedad de la guerra (nacionalista) de los Balcanes en la desintegración de Yugoslavia.

No hemos de confundir la idea nacionalista con la idea patriota, no hemos de confundir las banderas con la libertad, que muy a menudo son prostituidas y empleadas por partidos populistas enalteciendo una idea de nación y una historia maleada según sus intereses. Los nacionalismos fomentan el odio al extranjero y a los que no la ondean como ellos 

Estás conmigo o contra mí, estás conmigo o contra mí, estás conmigo o contra mí

Ser patriota es estar orgulloso de tu país, de tu tierra, porque en ella caben todos, los que piensan como tú y los que no, porque se escucha la voz de todos y donde todas las opiniones tienen cabida para la construcción de una sociedad mejor, ser patriota es estar orgulloso de tu país porque existen libertades para que la gente pueda vivir feliz, porque todos tengan oportunidades más allá de como de grande sea su cartera y la familia de la que vengas, ser patriota es estar orgulloso de tu país porque en tu país existen derechos para todos, porque los doctores te atienden sin que te mueras en una sala de espera, tienes la capacidad de asistir a unas aulas que te permitan escalar socialmente o porque tienes la seguridad de que las leyes te protegen cuando se comete una injusticia. Ser patriota es contribuir para que todo lo anterior se cumpla. Eso es ser patriota.  

No se debe confundir la unidad nacional con la política, no se debe confundir el patriotismo con la imposición y no se debe considerar lo propio como lo superior.

Debemos, sin embargo, aprender a vivir en la diversidad cultural, debemos entender que hay muchas formas de ser español, italiano, portugués o vasco y debemos, sobre todo, aprender a convivir los unos con los otros. 

Estudiante de Relaciones Internacionales de la URJC

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