Por qué hay que ver «Baron Noir»

Mae Lozano – Periodista. Docente. Miembro del Consejo de Administración de RTVM. 

Llegué a Baron Noir hace tres semanas cuando leí que Javier Olivares la recomendaba en Twitter, y tras los elogios viralizados -y de paso, también criticados-, de Pablo Iglesias y Pedro Sánchez. Me confieso seguidora del cine francés en general y cuando tengo oportunidad, también de su ficción televisiva. Oficina de Infiltrados (Le bureau des légendes, 2015) me sigue pareciendo una de las mejores series de los últimos años y existe un momento en que esa serie y Baron Noir se acercan casi hasta tocarse. Ambas, por cierto, producidas por Canal +

Baron Noir es una serie imprescindible si la disfrutas como un mero aficionado a las series de televisión; como producto audiovisual es intensa, brillante, muy alejada, afortunadamente, de los clichés anglosajones, sobre todo los de la ficción estadounidense pese a quien la compara con House of Cards o Los Soprano. No, aquí no veremos los códigos narrativos del thriller político americano con cadáveres en los armarios, violaciones o secretos oscuros de la infancia. Tampoco veremos personajes engullidos por interminables giros de guión de manera que se vuelven irreconocibles hasta para sus adversarios.  En Baron Noir, el universo es tan cercano que podría ser el de la política nacional española.  

Cartel promocional de Baron Noir HBO

El protagonista, Philippe Rickwaert es el alcalde de Dunkerque, ciudad no elegida al azar, tercer puerto de Francia, y que acabará siendo un personaje más en la serie desde sus interminables dunas hasta su relevante zona industrial. El perfil neogótico de su ayuntamiento, los astilleros y el interminable horizonte plomizo del Mar del Norte se convierten en testigos y escenario de algunas de las secuencias más relevantes. Es inevitable pensar por qué los guionistas eligieron precisamente esta ciudad, de alma flamenca, cuyo territorio ha sido campo de mil batallas desde la Edad Media hasta la Segunda Guerra Mundial. Esa ciudad tiene que alumbrar inevitablemente a un político local que se muestra desde el primer capítulo de la primera temporada como un indeseable sin escrúpulos, capaz de lo peor, de traicionar a sus amigos en pos de un bien político común, mantener su ciudad en manos del Partido Socialista francés y colaborar con su viejo líder para llevarlo a la presidencia de la República, que a la postre, acabará asimismo traicionándolo. Y sin embargo, es imposible odiarlo.

En Baron Noir nos encontramos ante la precisa disección de los personajes, ejecutada con bisturí. Un metal frío y minucioso que dibuja lo peor y lo mejor de cada uno de ellos: el idealismo desilusionado, el pragmatismo desorientado o la bajeza sin paliativos, simple y llanamente. 

Pero si Baron Noir se ha convertido en tendencia en nuestro país es, como decía, por la analogía casi clarividente con los fenómenos políticos que se han producido en España en los dos últimos años. El desmoronamiento del socialismo, la aparición de nuevos actores políticos por la izquierda que en el caso de la ficción, vienen desgajados de la alma máter socialista, la lucha del gaullismo por seguir siendo relevante, la ultraderecha arañando poder en los departamentos alejados de París, y finalmente, la aparición, en la tercera temporada, de un populismo feroz alimentado por las redes sociales que primero subyuga a los extremos pero que luego los aterra por su cada vez más certera cercanía con movimientos fascistas que recuerdan al período de entreguerras. 

Y entonces ¿donde está la diferencia? La diferencia está en las ideas. Acabas admirando el debate político donde las ideas siguen siendo importantes. Donde todos los personajes son candidatos a algo, a presidir su partido, a liderar la izquierda, a ser significativos en el reparto de ajedrez de la política francesa, y todos ellos, debaten desde las ideas. Claro que quieren obtener el poder, y claro que recurren a la ruindad para lograrlo. Pero en esta serie, incluso la ultra derecha tiene límites. Los límites de la República. Los límites del sentido de Estado. Todos ellos saben de qué hablan cuando aparecen términos como laicismo, multiculturalismo, centralismo, etc. Posiblemente cada líder está retratado de manera más allá de lo genuino; se convierten en hipérbole de una realidad, la francesa, donde el mundo de las ideas todavía tiene algo que decir. En la nuestra, se van por el tubo del desagüe y sobrevive la zafiedad. Unos diálogos con tal concisión y tal nivel intelectual no se veían en una ficción política desde «El ala oeste de la Casa Blanca»

Este artículo fue publicado antes en https://maelozano.wordpress.com/

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