Europa, entre la frugalidad y el austericidio

Guillermo Bustos

En mitad de una extraordinaria campaña electoral gallega y vasca, en la que las formaciones que hoy conforman el Gobierno no han salido muy bien paradas, los pesos pesados del ejecutivo parecían estar pendientes de la verdadera batalla que marcaría las directrices políticas de la reconstrucción nacional, la candidatura de Nadia Calviño para la presidencia del Eurogrupo. 

La candidatura de Nadia Calviño a la presidencia del Eurogrupo no solo habría supuesto un aumento de la influencia de España en el ente supranacional, sino que aumentaba la influencia de todos los países del sur para sacar un pacto beneficioso del Plan de Recuperación Europeo, que, aunque carece competencias normativas, va a ser de rigurosa importancia de cara a las líneas políticas a seguir en los próximos años en la zona Euro en temas como la armonización fiscal.

España e Italia, para acceder a estos fondos de recuperación que sonvitales para intentar paliar los efectos de una crisis que parece estar al llegar con previsiones de caída del PIB en torno al 13%, superando incluso los datos de la crisis de 2008.

La derrota de Calviño frente al candidato irlandés, Paschal Donohe, político del partido conservador Fine Gael, por un solo voto supone un duro golpe para el papel que podían adoptar los países del sur de Europa en las negociaciones, al tiempo que genera una pérdida del peso que podía haber adquirido la Vicepresidencia Económica dentro del ejecutivo europeo, que si bien su elección se observaba anteriormente con satisfacción entre los sectores liberales y conservadores españoles junto con el empresariado como la ministra que podría actuar como “contrapeso” en Europa a las aspiraciones de gasto público del ala más progresista del Gobierno de Pedro Sánchez, ahora el panorama que queda es otro y su derrota en la elección, pese a ser su candidatura la favorita, deja manchada la figura de Calviño y las expectativas que se habían generado en el Gobierno en torno a ella.

La victoria del candidato irlandés dibuja un retrato único que rompe con las cuotas de reparto de poder decisional y altera las relaciones internacionales que se habían ido desarrollando en la Unión Europea desde el Tratado de Maastricht;

En primer lugar, el eje francoalemán sobre el que parecían recaer en última instancia todas las decisiones importantes de la UE desaparece, recordemos que Calviño contaba en su candidatura con el apoyo público de Francia y Alemania, y ese eje París-Berlín que hasta ahora vertebraba todas las relaciones y decisiones con Bruselas se transforma en partidarios y detractores, los denominados “frugales” del norte con Holanda al frente, de la mutualización de los costes de un proceso de recuperación económica que va a tener impactos asimétricos debido a la magnitud que ha alcanzado el virus entre países. 

En segundo lugar, que el Eurogrupo lo presida el representante de un país donde se practica el “dumping fiscal” y que se creen alianzas de países liberal-conservadores alrededor de políticas que rozan la competencia desleal en materia tributaria.

Según Tax Justice Network se estima que Holanda, por su baja fiscalidad, ingresa 2.500 millones de euros que deberían tributarse en España ya que las corporaciones y las grandes empresas desvían dicho dinero mediante la elusión fiscal, es algo que debería preocupar y mucho a la familia socialdemócrata europea, ya que en su trasfondo esta pugna por liderar el Eurogrupo es la lucha de dos vertientes políticas totalmente opuestas por marcar la agenda económica de la UE en el periodo post-covid y por tanto, una derrota del Gobierno de Pedro Sánchez.

Esta derrota, representa el debilitamiento de la socialdemocracia europea, que ve como pierde el control sobre otro órgano de la UE y su capacidad para delimitar las líneas políticas en materia económica y que pongan fin a la austeridad y por consiguiente, a las medidas asfixiantes que ya sufrieron los países del sur en la crisis financiera del 2008, en las que las exigencias de los países del norte obligaron a masivos recortes en los servicios básicos estatales, entre ellos la sanidad pública que hoy tanto necesitamos. 

Y en última instancia, otra fractura más entre las políticas de contención del déficit y exigencias de austeridad del norte y la necesidad de financiación y revitalización de las economias precarizadas del sur puede poner en peligro el proyecto de integración europeo y dar paso a corrientes euroescépticas en ambos lados de la UE: unos bajo el argumento de “en el Sur de Europa son unos vagos y despilfarran nuestro dinero” y otros con el discurso de “la Unión Europea ha arruinado nuestra economía y atenta contra nuestra soberanía nacional”.

Por ello, un pacto de reconstrucción del que no salgan reforzadas aquellas economías que por su modelo productivo y tejido empresarial se vean más afectadas por la pandemia abriría las puertas a que nuevos Salvinis irrumpieran en el Sur de Europa focalizando su discurso en el euroescepticismo, habiéndose dado con el “Brexit” el pistoletazo de salida.

Y mientras se produce todo este conflicto en la Unión Europea entre medidas, deudas exigencias y cifras, Pablo Casado se frota las manos viendo la posibilidad de moldear Moncloa desde el purismo neoliberal de Bruselas.

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