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La mascarilla no es la vacuna

Julia Sáenz

Con la llegada del coronavirus, un debate que se ha dado entre políticos, científicos, autoridades sanitarias y la población en general son las diferentes medidas para evitar o disminuir el contagio. Todos coincidimos (o casi todos) en que lo que reducía en un 100% el contagio era el aislamiento total y la falta de contacto con otras personas. Así se establecieron en la mayoría de países medidas de confinamiento más o menos estrictas. Pero estaba claro que el confinamiento no podía ser eterno ya que nuestra economía necesita de la vida en sociedad y nosotros como humanos necesitábamos tener cierto contacto. Y aquí es cuando vino el verdadero problema: ¿cuál era la mejor solución para disminuir el riesgo de contagio y poder seguir con una vida lo más normal posible?

La primera solución era bastante clara, y había consenso mayoritario: la distancia interpersonal (aunque nadie sabía si era necesario mantener 2 metros, 1,5 o incluso si valía con 1 metro tan solo) La cuestión era que no siempre era posible mantener esa distancia y por eso a esto se debía unir la mascarilla. Esta sería necesaria para los espacios cerrados y las situaciones donde no fuera posible mantener la citada distancia. Todo, desde mi punto de vista, bastante lógico. Eso sí, dejando a un lado que en la práctica la utilidad de la mascarilla pronto dejó mucho que desear. Las 4 horas que tenían de vida no eran respetadas por la población que se las ponían durante días (o en determinados casos durante semanas) la gente la metía al bolso arrugada o la tocaba por todas partes. Tampoco se puede culpar a la población de esto, ya que muchas personas no tienen suficiente capacidad económica para hacer frente al gasto que supondría seguir las instrucciones y renovar las mascarillas (o los filtros para las de tela) lo necesario.

A pesar de todo esto y como era lógico, había espacios en los que ni se respetaba la distancia ni se utilizaba la mascarilla: casas particulares, bares con mesas pegadas… en ese momento comenzaron las medidas contradictorias:  mascarillas en el coche con los mismos amigos con los que vas al bar y te tomas algo a menos distancia, o desinfección en los bares pero no en los asientos de metro.

Con esto no estoy diciendo que no se deba desinfectar nada ni que nunca haya que llevar mascarilla pero hay ciertas situaciones que cuanto menos son absurdas. Y con estas últimas medidas que han tomado algunas autoridades, no se ha disminuido el riesgo de contagio, sino que ha aumentado la incongruencia.

Imaginaos en mi ciudad natal, Soria, subiendo una gran cuesta a las 4 de la mañana, con una mascarilla que te ahoga cuando solo te puedes encontrar una persona en la otra punta de la calle o un par de gatos callejeros. Así tiene que ser según una nueva medida que están tomando casi todas las autonomías últimamente: mascarilla obligatoria incluso cuando es posible mantener la distancia interpersonal de seguridad. Como dijo el diputado de Teruel existe en el Congreso solo se legisla para las grandes ciudades, donde poder mantener la distancia de seguridad es meramente anecdótico.

El llevar a todas horas las mascarillas, incluso cuando no es necesario porque se mantienen las distancias puede ser contraproducente, por su poca utilidad, y por lo poco salubre que es para la persona que la porta. Se ha demostrado que aumentar su vida útil o utilizarla mal puede provocar desde problemas de estómago hasta acné pasando por enfermedades como sinusitis o herpes. Enfermedades ahora más que posibles, cuando numerosas personas para las que el bolsillo no da para más de una mascarilla al mes, tienen que llevarla a todas horas, incluso cuando no haya nadie más.

Pero lo más preocupante no es eso, sino que se están dando situaciones sin sentido mientras los políticos nos tienen contentos con la falsa seguridad que aporta el llevar mascarillas (aunque sea reutilizadas hasta la saciedad) a todas horas. Pero, ¿que pasa con la distancia interpersonal de seguridad? ¿es que ya no importa? ¿por qué antes era suficiente y ahora ya no?

A lo mejor las razones que impulsan esta decisión son otras, como puede ser evitar que ciertas personas se amparen en la flexibilidad de la distancia para no ponérselas nunca o para aumentar la conciencia de la sociedad. Si es porque la distancia de seguridad ya no sirve los políticos deberían explicar porque antes sí y ahora no. Y si la razón es otra decirla.

Creo que es algo de conocimiento general que los pequeños brotes salen de comidas familiares, reuniones o discotecas en las que no se respetan las distancias ni el uso de mascarillas y no de la persona que te cruzas en la acera de enfrente sin mascarilla. 

El peligro que tiene todo esto es que le restemos importancia a la medida que dicen los expertos que es la más eficaz e importante: la distancia de seguridad. Tal y como dijo entre otros el virólogo Michael Kann, presidente de la Sociedad Europea de Virología, el uso obligatorio de mascarillas cuando existiera esa distancia es una medida excesiva.

Ya vimos el fin de semana previo a la declaración del estado de alarma que las grandes causantes de la pandemia fueron las aglomeraciones (dejando a un lado las posibles responsabilidades) y aún así durante las últimas fases del estado de alarma vimos algunas manifestaciones y aglomeraciones que en general fueron condenadas.

Ahora, con la nueva normalidad, el evitarlas sigue siendo primordial, pero mientras intentamos tapar los brotes con mascarillas obligatorias, vemos aglomeraciones en manifestaciones o celebraciones deportivas. Algunas de ellas, eso si, condenadas por la población. Lo que no se entiende son otras, no solo permitidas, sino respaldadas y organizadas por las autoridades. Estoy hablando de las creadas durante la gira de los reyes de España por el país para fomentar el turismo.

Dejando a un lado toda la controversia que hay con relación a la Familia Real, después de todo lo que hemos vivido, y de lo que presumimos de estar concienciados, no podemos defender este tipo de aglomeraciones, sea para aplaudir y vitorear al Rey de España o por cualquier otra razón. Porque, que no se nos olvide, si te juntas con 100 o 200 personas, todos apelotonados y luchando por estar en primera fila, una mascarilla no va a evitar con toda seguridad el contagio.

Estés a favor o no de las mascarillas obligatorias en cualquier circunstancia, creo que todos podremos coincidir en que eso no puede significar que con la mascarilla puesta todo vale. 

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