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Hipocresía holandesa y ninguneo al sur

El cuento de la cigarra y la hormiga ha creado una imagen de superioridad moral del norte sobre el sur.

Finalmente se ha logrado llegar a un acuerdo sobre el fondo de reconstrucción europeo tras el debate cara a cara de los primeros ministros de cada país durante la pasada semana en el Edificio Europa de Bruselas. El acuerdo resulta ser un punto intermedio entre las exigencias de las diferentes partes, pero responde a parte a los intereses de un grupo de 5 países sobre los de los 22 restantes (especialmente en lo relativo al tamaño de las ayudas y los préstamos), lo que ha situado a Mark Rutte, primer ministro holandés del partido Liberal (VVD), al frente de los mismos repartiendo condicionantes a diestro y siniestro según la voluntad de estos.

Pero antes de nada, y para ayudar a comprender de lo repugnante de la oposición de determinados países a la aprobación de mayores ayudas, conviene echar la vista un poco al pasado e indagar un poco en el presente para descubrir porque los países «ricos» del norte tienen una mayor capacidad de acción que los «pobres» del Sur, porque es realmente una crisis asimétrica y como se configura, a Grosso modo, el panorama económico europeo.

La entrada de España en la, por aquel entonces, Comunidad Económica Europea (CEE) el 1 de enero de 1981 trajo consigo importantes consecuencias económicas, que van desde el crecimiento económico hasta las que pasan por la reorganización del tejido productivo. Fundamentalmente sirvió para acelerar el impulso económico que el país ya había iniciado durante los últimos años del franquismo (por aquel entonces España era la séptima potencia económica mundial). La entrada de España requirió que abriera su economía al resto de socios comunitarios, lo que trajo consigo un fuerte incremento de la inversión extranjera (que ya veremos cómo afecta a la economía nacional más adelante) y un impulso modernizador de la empresa española ante la competencia exterior, entre las que destacan los astilleros, la banca o las plantas automovilísticas (y de las que España puede presumir por tener las más eficientes de todo el continente). También se produjo un incremento de las inversiones públicas en infraestructuras para favorecer el desarrollo económico y por último se produjo un aumento del consumo privado motivado también por un efecto de enriquecimiento derivado de la subida de la Bolsa y del valor de los inmuebles. Con esto, España aceleró el crecimiento de su PIB que por mucho tiempo superó el crecimiento medio del resto de socios europeos, redujo la deuda pública, redujo la tasa de desempleo del 24,4 % al 15 % en 3 años y redujo la inflación por debajo del 3 %.

Pero la reestructuración de la industria tuvo otras consecuencias sobre España. La entrada de nuestro país en el mercado común obligó a llevar al cierre a un gran número de fabricas, debido a que resultaba más barato importar determinados productos desde otros países comunitarios que producirlo aquí. Esa pérdida de la iniciativa privada nacional y la llegada de la inversión extranjera, sobre todo desde los países del norte, y que a corto plazo resultó muy enriquecedora, ha terminado por ser uno de los principales hándicaps de la economía de nuestro país, pues termina por resultar ser una fuga de las rentas nacionales hacia los inversores externos, sin que los componentes del mercado laboral nacional puedan intervenir en el establecimiento de los objetivos de la empresa en el medio y largo plazo ni en el reparto de los beneficios. Así pues, España pasó a ser un lugar en el que invertir, con un atractivo mercado, tanto laboral (por la capacitación de los habitantes) como comercial (por el poder adquisitivo de los mismos) pero que ha terminado por carecer de la capacidad de desarrollar proyectos propios ante la escasez del desarrollo privado nacional.

Este desfase a lo largo de casi 40 años ha llevado a la construcción de diferentes estereotipos entre vecinos que lleva a que en el norte de Europa se tienda a pintar esa típica concepción sobre los vagos trabajadores del sur que tanto nos irrita, y se jactan además de ser los verdaderos trabajadores encargados de hacer que la Unión Europea funcione. Esta caricaturización ha llevado a varios episodios de confrontaciones entre los que destaca una de las últimas publicaciones en la prensa holandesa en la que planteaban de nuevo esa imagen «sacrificada» de los ciudadanos holandeses ante la necesidad de las ayudas desde los países del mediterráneo, apoyando así la dureza de Rutte frente a sus vecinos sureños.

Esta es la legitimidad moral que tanto emplean para interferir en nuestro mercado laboral o decidir sobre nuestras pensiones, convirtiendo nuestro país en un lugar «más moderno» económicamente, liberal y, por supuesto,de acuerdo a sus intereses. Es el viejo cuento de la cigarra y la hormiga, en la que obviamente ellos son la hormiga y el sur es la cigarra, que les lleva a un victimísmo exagerado para defenderse ante los reproches enviados desde el sur empleando frases como la utilizada durante los últimos días por el primer ministro holandés: «nosotros queremos ayudarles, pero nos lo están poniendo muy difícil».

Sin embargo, como el refrán dice, es más fácil ver la paja en ojo ajeno que la viga en el propio, y es muy sencillo pintar esa imagen simplista de la sociedad europea sin tratar de llegar al trasfondo.

La caricatura que tenemos todos en mente no es resultado sino de que son los países del Sur y del Este del continente los principales beneficiados de Los Fondos Estructurales de Inversión por parte del Banco Europeo de Inversiones (BEI), que a menudo, y fundamentalmente en el caso del Este llegan a suponer rentas equivalentes en torno al 2 y al 4% del PIB nacional (Polonia, Hungría…) , mientras que por el otro lado Francia, Alemania, Holanda etcétera reciben el equivalente al 0.1, 0.2% pese a ser los principales contribuyentes. Pero esto oculta la otra cara de la moneda, y es que, precisamente la llegada de la inversión extranjera y la apropiación de parte del capital de las empresas trae consigo la desviación de parte de esos beneficios en dirección al hogar de los inversores, generalmente asentados en ese nucleo duro moralmente superior, y que a menudo llegan a rentas que equivalen al 5/9% del PIB nacional, es decir, ligeramente por encima de lo recibido desde las instituciones europeas (Fuente: Thomas Picketty, https://www.wider.unu.edu/project/wiid-world-income-inequality-database). Desde los receptores de las ayudas se ve como un problema de difícil solución por el impacto que las medidas adoptadas en contra de tal situación pudieran tener sobre el mercado laboral, mientras que desde los principales contribuyentes a las cuentas comunitarias esto se ve como un acto de buena fe y caridad, ya que estos equilibrios económicos son simplemente el resultado del libre mercado.

Por otro lado entra el factor geográfico, y es que en la mayoría de las situaciones resulta favorecida una empresa implantada en el corazón del continente, véase Alemania, Holanda o Bélgica que una que se implante en Andalucía, el Algarve o la Campania italiana, debido al ahorro de los costes en transporte y la llegada a una mayor proporción de consumidores potenciales. No se está exponiendo aquí que realmente los únicos beneficiados del mercado común sean los centroeuropeos, puesto que es una evidencia que el mercado común ha mejorado las condiciones de vida de prácticamente la totalidad de los países que lo componen, pero si es un hecho que los situados en dicha zona del continente han salido favorecidos en mayor medida que determinadas zonas más aisladas.

Por último, y también de consecuencias importantes, se encuentra la diferenciación del “mercado” fiscal europeo, que lleva a una cierta “deslocalización” empresarial, de empresas fundamentalmente tecnológicas como Apple o Netflix, que se establecen en Luxemburgo, Irlanda y… si, Holanda, y que principalmente se benefician de bajas tasas impositivas sobre el tributo de sociedades y el acceso a un mercado de 500 millones de personas de 27 países diferentes mediante la tributación en uno de ellos. El dumping fiscal es un hecho en Europa y supone la pérdida de miles de millones de euros al resto de socios, cuyos principales culpables son los países mencionados anteriormente, los cuales, además, son los responsables de evitar cualquier avance en dirección a una armonización fiscal (mediante la mutualización de la deuda) o la creación de tributos comunitarios que eviten dichas prácticas.

No se debe tolerar el cinismo de determinados líderes europeos que aprovechan la regla de la unanimidad para imponer sus condiciones y así tratar de dirigir las políticas económicas del resto de socios excusándose con la «obsolescencia» de ciertas economías y presumiendo del buen hacer de las propias ya que la Unión Europea no es solamente un proyecto económico, este trasciende a lo social y esto es algo que no se puede olvidar.

No se puede permitir que traten un proyecto potencialmente tan beneficioso para el conjunto de los europeos en el beneficio propio.

No se puede permitir que torpedeen un proyecto social y lo contemplen como un mero mercado.  

No se puede tolerar tal falta de respeto al resto de los socios escudándose en legitimidades morales inventadas.

Pero bueno, como ya he dicho, es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio, y mientras eso siga así y nadie se lo haga ver, seguiremos sufriendo el cinismo y la hipocresía holandesa.

Estudiante de Relaciones Internacionales de la URJC

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