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¿Estás deprimido? Pues sonríe

Julia Saénz

Seguro que a nadie se le ocurriría decirle a alguien con la pierna rota que andando se le cura. En cambio, no es raro oír frases como: “¿Estás deprimida? Pues prueba a sonreír” “No estés triste hombre, que seguro que no es para tanto” “Pero ¿como puedes no saber por qué estás así?. A,lgo te habrá pasado”

La depresión es un trastorno mental frecuente, que afecta a más de 300 millones de personas en todo el mundo según la Organización Mundial de la Salud. Esta enfermedad, que aparece con más frecuencia en mujeres que en hombres, es una de las causas más comunes de discapacidad. Y, sin embargo, muchas veces no la valoramos como se merece. Hoy en día la sociedad, los individuos, se jactan de haber avanzado en este aspecto. Cada vez son más las personas que admiten públicamente que van al psicólogo o animan a otras a hacerlo. Y sin embargo, me sigo sorprendiendo al descubrir que no pocas veces, cuando se habla de una afección del tipo de la depresión, no se le da la misma importancia que a una enfermedad física.

Estos trastornos son en muchas ocasiones más incapacitantes que las dolencias físicas, pero al no ser algo que podemos entender y ver a simple vista, no se valoran igual. Al problema que origina este padecimiento, se une muchas veces el miedo al que dirán o a que no te tomen en serio. Muchas veces la persona que tiene el trastorno lucha por aceptarlo, y cuando por fin lo consigue y decide abrirse con su círculo cercano, se encuentra con que estas personas no le dan la más mínima importancia, le acusan de exagerada, o le desaniman en su idea de buscar ayuda profesional.

Parece que la sociedad solo acepta como indiscutibles ciertas alteraciones como pueden ser el trastorno afectivo bipolar o la esquizofrenia. Y quizá esto sea porque estas enfermedades tienen su impacto en el comportamiento del individuo. Es decir, es algo cuyos síntomas “se pueden ver”. Sin embargo, ¿cómo diferenciar a alguien triste, o que está pasando por una mala época, de alguien deprimido? Normalmente, nos cuesta reconocer que nuestro amigo o familiar no pasa por una tristeza transitoria, y nos creemos psicólogos que pueden curarle con dos consejos que se nos ocurran. Pero no es así, y tenemos que empezar a valorar a los psicólogos y psiquiatras como lo que son: profesionales necesarios (y cada vez más) que curan enfermedades reales.

Así, fuera de ciertos trastornos, más “permanentes” y de cuya existencia no tenemos duda (menos aún si van acompañados de una prescripción médica de pastillas) las personas tienen que luchar desde el primer momento para que se les tome en serio. Aquí podemos hacer referencia a las fobias. El no entender una fobia, incluso tomársela a broma, puede ser consecuencia de falta de empatía. “¿Cómo puede ser que a alguien le entre un ataque de ansiedad, taquicardia o le paralice la visión de una araña, si es un bicho al que puedo matar fácilmente con mi zapato?” “Menuda exageración, es imposible” O hay otras que, simplemente, no son tomadas en serio. Fobias cuya aceptación se resume en esta frase: “Es que ahora parece que cualquier cosa que te pasa es una enfermedad mental. Estos jóvenes son unos flojos. Antes te callabas y lo superabas solito” No, es que ahora se diagnostican más que antes. 

Es el caso por ejemplo, de la filofobia. La filofobia es el miedo irracional de amar o enamorarse de alguien. Es un trastorno provocado normalmente por un trauma relacionado con el amor. Quizá alguien con filofobia encuentre en esta enfermedad un impedimento más grande para poder tener una relación que cualquier obstáculo más común. Y quizá para su circulo de amigos, o la sociedad en general, no sea más que alguien exagerado que intenta encontrar una justificación para no haber sido capaz de tener pareja.

En cualquier caso, no soy quien para meterme a analizar los distintos trastornos mentales. Para eso ya están los profesionales. Lo que si me gustaría,, como ciudadana y parte de la sociedad, es que se respetara y sobre todo tomara en serio a las personas con enfermedades mentales, ya sean más o menos visibles, más o menos comunes o más o menos largas. No todo se puede quedar en admitir mientras te tomas unas cañas que las enfermedades mentales son igual de importantes que las físicas. También tienes que demostrarlo con tu actitud y tus actos. 

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