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Juan Carlos I, el vividor

Juan Carlos I huye. La Casa Real ha enviado un comunicado dándolo a conocer. Disculpadme si este artículo no es el mejor de mi vida (tampoco llevo tantos), pero es que estoy tremendamente impactado. Cuando esta tarde me he sentado en el sofá y he puesto Sálvame, he visto a Yola Berrocal y he pensado:

            “Bah, una tarde de relleno. Cómo se nota que es agosto”

Así, entre el calor y el aburrimiento, he abrazado un par de cojines del sofá y me he quedado medio dormido. No sé ni que hora era cuando mi cerebro se ha dado cuenta de que lo que estaba oyendo era real: El rey Juan Carlos abandona nuestro país. Tan fuerte me he incorporado que casi me engancho a la lámpara. 

Mi primera impresión ha sido buena. «Esto es cosa de Felipe». Era el golpe sobre la mesa que, por lo menos yo, llevaba tiempo reclamando de un digno jefe del Estado. Un golpe, eso sí, suavizado. Es su padre, tengámoslo en cuenta. Sin embargo, conforme he releído el comunicado, la satisfacción se ha transformado en decepción. Me he dado cuenta de que es una solución incompleta, inacabada y, en algunos puntos, profundamente desacertada.

En primer lugar, Juan Carlos habla de que él va a abandonar España, pero no hace mención alguna a su mujer (que sepamos). ¿Qué va a hacer Sofía? Lo esperable es que se quede en España. Ahora mismo está en Palma, donde se prevé que acudan Felipe, Letizia y las niñas. ¿Apoyará la reina emérita a su hijo o a su marido? Nadie entendería que se pusiera de parte de Juan Carlos y, aunque yo entiendo que su lugar está junto a su hijo, tampoco comparto esa visión exculpatoria que la sociedad tiene con respecto a Sofía. Igual que se cuestionaba que era imposible que Isabel Pantoja o la infanta Cristina estuvieran al margen de las operaciones ilegales de sus maridos, yo también cuestiono la inocencia casi virginal que se le atribuye a la reina emérita.

Por otra parte, me produce mucho rechazo la forma en la que el rey campechano habla desde una especie de pedestal. En la carta a su hijo, Juan Carlos dice que se aparta por «unos acontecimientos pasados relacionadas con mi vida privada». Dicho así, parece que se vaya por tener amantes y no por las acusaciones de quedarse con dinerito que no era suyo. Hay que tener morro. Además, en lugar de deslizar alguna forma de arrepentimiento, da la impresión que culpa a los medios. Dice que se aparta por la publicación de «acontecimientos», pero no reconoce que esas informaciones surgen de sus, como mínimo, cuestionables actuaciones al frente de la jefatura del Estado.

Además, argumenta que el motivo principal de huir es facilitarle las cosas a su hijo. Los tiene cuadrados. Si Juan Carlos se va es por quitarse de encima toda la carga mediática que le supone estar en España. Este señor es un cínico y un caradura. 

No me extrañaría nada que los medios conservadores y los periodistas “juancarlistas” tratarán de desviar ahora el foco y se centraran en alabar como borregos la “intachable” actuación del rey durante la Transición. Me rio. ¡Ay el día que se abra de verdad ese melón! ¡A ver qué le queda entonces a Juan Carlos I, el vividor! 

Periodista y filólogo en potencia. Mamarracho por encima de todo.

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