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No todas las repúblicas son buenas

El cambio de paradigma

Estados Unidos se fundó el 4 de julio de 1776 en la ciudad de Filadelfia, cuando las trece colonias promulgaron la declaración de independencia, mediante la cual, se emancipaban de la monarquía británica bajo un grito de libertad que buscaba romper con las imposiciones económicas de la metrópoli. Esa idea quedó gravaba a fuego en la sociedad fundadora y sirvió para fomentar la idea del “Destino Manifiesto”, mediante la cual, esta sociedad perfecta y recientemente liberada había de expandirse por todo el continente y llevar a todos los rincones del mismo esa libertad, lo que posteriormente tratarían de exportar al resto del mundo.

Fue en 1823 (en pleno apogeo de liberación americana frente al Reino de España) cuando se promulgó la Doctrina Monroe: “América para los (norte)americanos” y mediante la cual, este país se tomó la licencia de contemplar como suya la mitad sur del continente según las conveniencias económicas nacionales (creación del canal de panamá, intervencionismo en la guerra de Cuba por la industria azucarera…). El objetivo no era la ocupación política y militar tal y como se llevaba a cabo desde Europa (Colonialismo), sino que trataba de influir en las políticas de unas naciones “libres” para conseguir llegar a un liberalismo económico que permitiera que los bienes estadounidenses no contasen con ninguna traba en el acceso a los mercados internacionales, a la par que mantenían alejadas del continente a las potencias europeas erigiéndose como garante de la paz en América. Esto les llevó a exportar así su cultura, costumbres y reglas morales al resto de la región (Imperialismo), y fue precisamente ese imperialismo el que permitió el despegue de una economía norteamericana que pudiera llegar por fin a los niveles de renta europeos de la época (aunque tardarían aún algunos años en superarlo).

Este papel de Estados Unidos como “Garante de las libertades”, que comenzó con la Doctrina Monroe, fue asentado posteriormente con los 14 puntos de Wilson redactados tras la primera guerra mundial, los cuales vienen a normalizar las relaciones que el país mantenía con el viejo continente (que hasta entonces tendía a catalogarlo como potencia de segundo orden), provocando la llegada de pleno del país americano a las relaciones internacionales como nuevo agente a tener en cuenta.

Pero lo que realmente ayudó a asentar su papel como potencia internacional fue el final de la Segunda Guerra mundial, el triunfo sobre los fascismos europeos y la definitiva implantación de la democracia liberal en la Europa occidental, lo que posteriormente provocó el aumento de las presiones en favor de la finalización de los imperios coloniales (despojando así a las naciones europeas de una de sus principales fuentes de recursos naturales y económicos), lo que supuso que el país americano tomara vuelo sobre el viejo mundo tras la posterior implantación de unas relaciones de poder liberalizadas con sus antiguas colonias (obligadas hasta entonces a comerciar en exclusiva con su metrópoli) en base a unas imposiciones y dominaciones económicas al estilo imperialista estadounidense.

Tras la segunda guerra mundial y el imponente auge económico, tecnológico y militar americano, Europa se doblegó ante sus intereses. Este periodo de dominación se fraguó en diferentes ámbitos:

  • El económico: para asegurarse su primacía sobre un fuerte mercado, Estados Unidos aprobó el plan Marshall para la reconstrucción económica del continente. Se permitió mantener cierto nivel de vida dentro del mismo con el objetivo de establecer unas rentas elevadas y así permitir a los ciudadanos europeos acceder a los bienes de consumo americanos (Levi´s, New Balance, Ford…).
  • El tecnológico: Con la adopción de las tecnologías estadounidenses para apoyar el desarrollo tecnológico europeo, tanto del Software como del Hardware (Cisco, Dell, Microsoft, Alphabet…), lo que permite una adaptación del desarrollo europeo a las pautas marcadas por las capacidades estadounidenses, y el consiguiente trato de la información europea por parte de empresas como Facebook, Apple u otras grandes corporaciones gestoras especializadas a nivel industrial, a las cuales tiene acceso el capitolio en caso de “emergencia nacional”.
  • Y el militar: Mediante la conversión de Europa en un protectorado militar estadounidense a través de la OTAN y la implantación de una multiplicidad de bases americanas en suelo europeo.

Es cierto que el desarrollo europeo se ha fraguado bajo el paraguas americano durante los últimos 80 años, pero no se ha mantenido una relación de tú a tú que le permitiera cierta autonomía al continente en el desarrollo de sus intereses. Sin embargo, los escenarios han cambiado, la dependencia económica de Europa sobre los Estados Unidos ha decrecido en favor de los mercados asiáticos y árabes, y se ha tratado de buscar una nueva relación con Rusia, lo que le ha permitido el lujo a la Unión Europea de sentirse lo suficientemente fuerte como para tratar de llevar a cabo políticas autónomas a las dictaminadas por las preferencias de Washington.

Esto ha supuesto negociar la adquisición de energía con países enemigos de Estados Unidos como Irán a unos costes más bajos que la procedente del petróleo saudí, catarí o kuwaití, sorteando así las sanciones internacionales impuestas por EE.UU. al régimen persa (causa en parte del abandono de Trump del acuerdo nuclear). Europa tiene una gran dependencia del petróleo de las monarquías árabes aliadas de Washington y del Gas ruso, y diversificar la demanda energética permite aumentar la seguridad europea en dicho ámbito sin que en ello juegue un papel decisorio la Casa Blanca.

Además, el desarrollo tecnológico chino ha llevado a que Europa comience a considerarse licitar contratos para el desarrollo de la industria y las comunicaciones europeas a otras empresas que no tengan sede en territorio americano, así como la reciente aprobación de legislación contraria al libre flujo de datos e información desde las empresas norteamericanas que operen en Europa hacia sus matrices, con el objetivo de finalizar el control al que las instituciones europeas estaban expuestas por parte de la administración estadounidense. En la misma línea de emancipación, se ha llegado a la aprobación de tributos millonarios a las grandes tecnológicas que operen en suelo europeo (aun por tramitar), que hasta ahora sorteaban las barreras tributarias mediante la arquitectura fiscal y la laxa regulación existente, lo que no ha sentado nada bien al otro lado del Atlántico.

Por otro lado, Europa, en aras de una mayor integración ha llegado incluso a plantearse la creación de un único ejército europeo que responda a los intereses estratégicos comunitarios y permita alejar la influencia y las pretensiones americanas sobre la seguridad europea en temas como las guerras en Siria y Libia o tener la capacidad de marcar una posición diferenciada contra Turquía (también miembro de la OTAN) por las discordancias en el Mediterráneo oriental. Esto ha terminado por provocar el anuncio de retirada de miles de soldados estadounidenses de las bases europeas (12.000 solo en Alemania), desmantelando con ello parte de la protección que EE.UU. garantizaba hasta ahora al continente exponiéndolo ante posibles injerencias extranjeras.

Todos estos factores han enfurecido a Washington, quienes ven peligrar su posición hegemónica en el mundo. Esto ha llevado a que, bajo la administración Trump, se haya decidido declarar una guerra de Estados Unidos contra el mundo. Así pues, hemos visto como la tan relatada guerra comercial con Pekín (que ha pasado a ser tecnológica y diplomática) también se ha dirigido contra Bruselas mediante la imposición de aranceles al aceite español, vino portugués o queso francés, donde de poco ha servido el papel regulatorio de la OMC.

El cambio de paradigma

El pasado 24 de Julio de 2020, Mike Pompeo, secretario de Estado Norteamericano, promulgaba un discurso que sin duda pasará a la historia. En dicho discurso, Pompeo anunciaba el paso a una postura mucho más hostil contra China, asegurando (no sin razón) que el país a pasado a suponer una amenaza inminente para las libertades individuales y la democracia liberal, a la vez que hacía un llamamiento internacional para que el resto de países occidentales se pusieran de su lado en la batalla, tal y como sucedió durante la guerra fría contra la Unión Soviética: la confrontación ideológica entre las libertades políticas y los regímenes totalitarios.

La diferencia con aquella es que el mundo no estaba tan interconectado tecnológica ni económicamente, además de que Europa tampoco tiene tanta dependencia americana como antaño debido a que, durante los últimos años, ha venido tejiendo fuertes lazos comerciales con China y gran parte del crecimiento económico europeo se debe al acceso de sus productos al mercado asiático y la llegada de sus avances tecnológicos.

A pesar de todo, Europa debe recordar la existencia de algo no poco relevante: Los Derechos Humanos y las libertades políticas. No se puede hacer oídos sordos a violaciones de tales derechos por la persecución de intereses económicos. La UE debe ligar las relaciones comerciales que mantiene con el país asiático a la garantía de los mismos y la lucha contra el cambio climático. No se puede tolerar que Europa calle ante las pretensiones imperialistas chinas de las que hemos sido testigos recientemente con el trato genocida dado a la minoría musulmana Uigur, la apropiación del Mar del Sur de China o el fin a las libertades del pueblo hongkonés, pues de no haber un contrapoder en el plano internacional, el silencio europeo no hará más que darle alas al régimen comunista.

Estados Unidos ha cometido un error de cálculo: no cuenta con que, a estas alturas, para librar la batalla que le permita seguir manteniendo su preponderancia mundial ha de abandonar el imperialismo que viene practicando con sus socios europeos desde el final de la segunda guerra mundial y por fin llegar a un escenario en el que ambas partes se traten de igual a igual (de verdad). De cualquier otro modo las posiciones a ambos lados del atlántico seguirán muy alejadas.

Desde Washington se ha de asumir que los intereses europeos difieren de los americanos según que campos y que después de tantos siglos de superioridades de uno sobre otro se debe, por fin, llegar a la verdadera cooperación persiguiendo lo que realmente está en juego: las libertades del mundo (occidental).

Estudiante de Relaciones Internacionales de la URJC

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