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Sin sentidos

Julia Sáenz

Cuando comenzó la polémica ante el cierre inminente de las discotecas en Cataluña, se unió a esta la provocada por la clausura de cines, teatros o piscinas. Hasta entonces se había intentado controlar el virus en la comunidad autónoma imponiendo el uso de mascarillas obligatorio, lo cual no fue suficiente. 

Los brotes de contagios se habían localizado en discotecas y reuniones familiares y el Govern se vio obligado a tomar medidas más duras, que afectaban a negocios de empresas privadas. La polémica estaba asegurada y las quejas de los dueños de los establecimientos de ocio nocturno también. Aún así, la mayoría de los expertos coincidían en que, visto que no se mantenían las medidas de seguridad en las discotecas -seamos serios, si se mantuvieran nadie iría-, era necesario cerrarlas. El problema vino cuando al cierre de estas, a las cuales se les había dado oportunidades para buscar alternativas seguras durante aproximadamente dos meses, se unió el cierre de otros locales donde no se habían producido contagios. 

Estoy hablando del cierre de teatros y cines en Cataluña y los rumores de que ocurriría en otras CCAA, lo que provocó las quejas del sector. Además de no haberse registrado ningún contagio en estos espacios, la distancia y el aforo exigidos (además del uso de mascarilla) se respetaba con creces si lo comparamos con espacios como los aviones o autobuses.

Los requisitos para los eventos culturales son extremos, mientras que para poder viajar en el autobús con distancia de seguridad, compañías como ALSA exigen un suplemento de 5 euros. Si te puedes permitir 5 euros más, el asiento de tu lado se bloqueará y podrás disfrutar de un viaje «más seguro». Si no, tendrás que fiarte del compañero con el que te toque viajar y de la eficacia de las mascarillas.

Ante decisiones como estas permitidas por los diferentes gobiernos, cabía preguntarse si el aforo deberia fijarse en el 100%. Si esta ocupación es segura y necesaria por el volumen de pasajeros y la importancia de desplazarse, ¿cómo pueden permitir los poderes públicos estas prácticas como la de ALSA?, ¿de verdad la ventilación usada en trenes y autobuses es superior a la utilizada en teatros que en los primeros no hace falta mantener la distancia tan necesaria en los segundos?

Aquí estamos comparando quizá dos circunstancias diferentes como son tener que desplazarse y la cultura. Algunos dirían que lo primero es indispensable y lo otro un mero lujo. Dejando al lado esa controversia, comparemos algo, sin meternos a clasificarlo, que es considerado por muchos como cultura, y que en cuanto a medidas exigidas estaría entonces en la misma categoría que los cines, los teatros o los conciertos: los espectáculos taurinos.

El día 6 de agosto se celebró una corrida de toros en la Plaza Real de El Puerto de Santa María, en Cádiz. En ella, se vio a los espectadores apiñados unos con otros, algunos con mascarilla, otros sin ella. El empresario responsable, José María Garzón, aseguró que solo se había vendido el 50% de las entradas, por lo que se respetaba la restricción del 50% de aforo. Sin embargo, en Andalucía no se imponía ni siquiera el metro y medio de distancia entre espectadores, distancia que si se exigía (e incluso era mayor) en otros eventos culturales. Ante la indignación que causaron las escasas medidas de seguridad, la Junta aseguró que de ahora en adelante esta distancia sería obligatoria. Sin embargo, dejando al margen las polémicas que rodean a este tema, da la sensación de que hay determinadas actividades que se valoran más que otras o donde se exigen menores medidas de seguridad.

Estos comportamientos contrastan con los temas que monopolizan los debates televisados, los anuncios de los gobiernos autonómicos o los articulos de opinión de los grandes diarios: la supuesta «insolidaridad» de los jóvenes. Durante semanas hemos visto como se les culpaba y se criminalizaba su forma de ocio -no vamos a negar que ha existido, pero no de forma generalizada- mientras, se registraban situaciones como la vivida el día 6 donde el público principal no eran precisamente los jóvenes. Y la razón es clara, este tipo de actos se permiten por dinero; porque los botellones no dan dinero, pero los toros y los viajes en ALSA si. 

Se intenta concienciar a la población de la importancia de la distancia, la mascarilla, y el evitar aglomeraciones, mientras son los propios gobiernos los que permiten que se generen aglomeraciones como estas, o imposibilitan viajar en el transporte público con una seguridad completa. Esperan que los ciudadanos entiendan que en el cine, el teatro o incluso los conciertos al aire libre hay que dejar 2 o 3 sillas libres porque hay peligro pero en el autobús o los toros puedes estar pegado al desconocido de al lado. 

Todas estas actuaciones, esta manera de comportarse, más permisiva con determinadas actividades provoca indignación entre la población; entre los que respetamos las normas y los que queremos que se respeten en todos los espacios de la misma categoría por igual. Si se establecen unas normas para los espectaculos culturales y los toros se encuentran en esa categoría, que los toros y los teatros cumplan por igual la normativa vigente.  Cuesta entender por qué un ciudadano de a pie tiene que pagar 100 euros si va sin mascarilla pero la corrida del día 6 se permitió en esas condiciones. Cuesta entender la falta de congruencia política mientras se sigue culpando de todo a los jóvenes y criminalizando su forma de ocio.

1 Comment

  1. cuánta razón tienes. Y què decir de las visitas inconscientes e innecesarias del rey a las diferentes provincias españolas? De cuántos contagios será responsable Su Graciosa Majestad? A 100 € cada uno de multa son….

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