La República como significante vacío

Guillermo Bustos

Hoy día son numerosos los cantos de sirena que incitan a la instauración de una Tercera República dentro de los movimientos izquierdistas, acrecentándose hoy con la huida de Juan Carlos I de España en mitad de una investigación judicial por supuesto enriquecimiento ilícito a través de comisiones y la tenencia de dinero en cuentas en paraísos fiscales. 

En 1873, se estableció la Primera República Española en el periodo históricamente llamado como el “Sexenio Revolucionario”, durando 22 meses llenos de inestabilidad política y territorial, por las confrontaciones entre los partidarios de un modelo unitario y los federalistas en consecuencia con los posteriores movimientos cantonalistas ligados a anarquistas y que terminaría con el alzamiento militar de Martínez Campos para el restablecimiento de la monarquía con Alfonso XII. El primer experimento del republicanismo español fracasaba sin casi haberse instaurado como régimen político -la Constitución para la que se iba a vertebrar no llego a aprobarse-, mostrando serias dificultades para aportar soluciones a los problemas políticos estructurales que planteaba España en aquella época y sin establecerse como modelo práctico que pudiera dar garantías de orden y estabilidad frente al monárquico, sobre todo en el control de Iglesia y Ejército. 

La Segunda República Española llegaría en 1931 tras los problemas sociales que acarreó la dictadura del General Primo de Rivera, legitimada por la monarquía de Alfonso XIII y que aglutinó a todos los movimientos obreristas de principio de siglo en conjunto con sectores liberales de la derecha frente a los conservadores monárquicos de la CEDA, que nunca aceptaron la legalidad republicana y otros grupos minoritarios como los carlitas o los falangistas, de tradición republicana pero cuyo ultranacionalismo chocaba con los planes federalistas del Frente Popular. 

La ingobernabilidad política y territorial junto con los ambiciosos planes reformistas de una izquierda marcadamente socialista en términos de reforma agraria, redistribución de la riqueza y reducción del poder clerical en las instituciones, se vieron como un intento de destrucción del “ethos” y el orden social de la Nación Española desde aquellos sectores más conservadores cuya idea de país se resumía a “Dios, Patria y Rey”, y que acabarían con la República con el Golpe de Estado militar del 1936 y su victoria en la Guerra Civil en el 1939 con la ayuda de la Iglesia Católica, la Alemania Nazi y la Italia Nacionalfascista. En aquellos 3 años de resistencia republicana, socialistas, liberales, comunistas, anarquistas y sindicatos obreros lucharon en un frente común antifascista con la bandera tricolor como estandarte que conllevó a  un trágico final; la mayoría de sus dirigentes fusilados o en el exilio y la instauración de una dictadura militar que duró 40 años en nuestro país y que persiguió cualquier voz disidente.

Aquella derrota supuso el fin de la Segunda República y la bandera tricolor y el comienzo de su sacralización en el imaginario colectivo de la militancia de izquierda, que sigue imperando en la mente de muchos y que se ha repetido en mítines políticos hasta la perturbación de su propio significado como forma de gobierno convirtiéndola en un “significante vacío”, concepto propio del pensador argentino Ernesto Laclau para definir a aquellos términos que carecen de significado propio a la hora de actuar como un sujeto popular y cuyo contenido político puede ir variando en función de quién lo acuñe, es decir, se pueden escuchar llamamientos a la República en una manifestación por pensiones dignas, en asambleas feministas o en marchas ecologistas contra el cambio climático, haciendo que la República en sí trascienda en su significado como democratizador de la Jefatura del Estado para pasar a convertirse en un contenedor de demandas totalmente distintas entre sí para proyectarse entre la ciudadanía bajo el mismo término.

Si bien es cierto que el republicanismo y el nacimiento de su tradición democrática poseen un fuerte apego a los ideales de libertad, igualdad, respeto a lo público y a la soberanía popular como fuente de emanación de la legitimidad del poder político en un contexto de pugna con los absolutismos monárquicos. No debemos olvidar que sobre el colapso de la República de Weimar se instauró la Alemania Nazi, que hubo regímenes que adoptaron el modelo republicano en la teoría pero que actuaban de manera dictatorial en la práctica como pudo ser la URSS o que actualmente existen países que viven recortes en materia de derechos civiles y políticos -sobre todo las minorías- y cuyos gobiernos están adoptando posiciones  profundamente reaccionarias como Turquía, Hungría o Polonia y en otros donde el poder económico ha doblegado al político convirtiéndose en paraísos fiscales con políticas insertadas dentro de capitalismos extremos sin servicios públicos de calidad  donde a lo más desfavorecidos casi se les niega el acceso a la propia dignidad humana, por tanto, la adopción de una República en España puede suponer una mayor democratización del Estado pero no implica per se la adopción de más políticas sociales, mejor redistribución de la riqueza y mayor justicia social, que es en última instancia como se construye patria.

Por ello, es necesario comenzar a desmitificar la República para renovarla e incorporar contenido político que fuerce a los dirigentes políticos a hacer un ejercicio pragmático de ella en lugar de retórico como hoja de ruta para instaurarla, no vale solamente con el empuje anti-borbónico en tiempos de debilidad monárquica, es necesario que se vaya más allá de lanzar loas al mito antifascista y enarbolar la tricolor como trinchera frente al reaccionarismo para comenzar a hablar dentro del republicanismo del encaje territorial de la plurinacionalidad, de cómo se puede gestionar lo público siguiendo patrones de igualdad y liberad, si se opta por un modelo presidencialista, semipresidencialista o parlamentario, de qué manera se aumentarían los mecanismos de participación política en la ciudadanía, si se disminuirían los privilegios políticos como los aforamientos y se llevarían a cabo nuevas vías para la transparencia y la rendición de cuentas, si se pueden reformular los poderes estatales para hacerlos más democráticos y de cómo organizar un proyecto político transversal e inclusivo capaz de atraer a un bloque liberal-conservador más reacio a su instauración que permita realizar un proceso constituyente que supere las históricas tensiones políticas entre republicanos y monárquicos.

El republicanismo actual debe crear una herencia política en torno a un tipo de modelo que puedan utilizar de herramienta las generaciones venideras cuando la brecha generacional, incapaz de encontrarle utilidad a la institución monárquica, genere una coyuntura política, parlamentaria y social que vuelva a abrir en canal este debate y permita que la Tercera República Española tenga éxito en la construcción de nación, no por su solidez racional frente a la monarquía, sino por ser un proyecto democratizador, expansivo en derechos y libertades, con consensos en torno a lo público, que respete e integre a las minorías y que garantice oportunidades y una vida digna a su pueblo.

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