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¿Dónde están los Marianistas?

El Partido Popular ante su contínua crisis existencial

Tras la derrota de Mariano Rajoy en la segunda moción de censura que se presentaba contra él, a sus seguidores les quedaban pocos argumentos que emplear con los que mantener el liderato del partido, lo que el sector más derechista aprovechó para hacerse con la dirección del PP en una maniobra que denotaba cierta rabieta infantil al no asumir que a partir de entonces al Partido Popular le tocaría ocupar un puesto en la oposición.

La vagancia sin rumbo del partido, en la que no sabía si presionar hacia la derecha para tapar el auge de Vox o cuidar el centro político, le llevó a perder 5 elecciones consecutivas en menos de un año, pese a lo cual, continuaba teniendo la suficiente influencia como para seguir bloqueando el acceso al poder del Partido Socialista (que tuvo que encontrar su camino hacia el mismo mediante pactos y coaliciones), de tal forma que, aun así, más o menos fue salvando las elecciones por las rentas políticas que le daba el nombre del partido y un discurso que aún le compraba la gente.

Tras un periodo de dubitación, la dirección de Pablo Casado se propuso contrarrestar la pujanza de Vox, al que consideraban más amenazante, mediante la elevación del tono y la dureza del discurso contra el presidente, de tal manera que la crispación política y social aumentó a niveles guerracivilistas con la normalización de los escraches a representantes políticos, el trato vejatorio a inmigrantes y minorías o el aumento de la agresividad en las personas hacia los que no opinaban como ellos. No se dieron cuenta de que, de tal forma, lo que hacían era darle alas a un partido verde que poco a poco iba calando en la sociedad.

Decidieron así ignorar el ejemplo alemán, donde el partido de Merkel ha logrado contener (no sin dificultades) a Alternativa para Alemania (AfD) en un ejemplar discurso pedagógico hacia sus bases electorales en el que se habla de porque estos partidos nacional-populistas son todo lo que está mal. Para ello, Casado llevó a cabo una profunda reforma de las listas electorales y situó entre los puestos más visibles del partido a personas que comulgaban con esa táctica, como la portavoz del Partido, Cayetana Álvarez de Toledo. Pero cuando en la alineación de tu equipo pones a todos los delanteros, descuidas el centro del campo, y a punto estuvo de arrebatarle el liderazgo de la centralidad Ciudadanos durante la primera de las dos elecciones de 2019, hasta que Albert Rivera jugó a ser el nuevo PP y se terminó estrellando contra un muro, pero eso es otra historia.

Ya con el partido liberal reducido a 10 escaños y disipada esa amenaza, el Partido Popular se proponía atacar firmemente a Vox, que nuevamente había crecido en votos hasta situarse como la tercera fuerza política en el Congreso de los Diputados con 52 escaños tras los 88 del PP.

Y la pandemia llegó.

Es aquí donde comienza el bochorno político del líder Popular, porque fue en ese momento cuando comenzó una avergonzante, repulsiva y rastrera oposición durante una de las peores crisis sanitarias y económicas que ha tenido que afrontar nuestro país, mediante la que trataba de sacar rentas políticas a base de tirarle los muertos encima a un gobierno que apenas había tenido margen de acción intentando culpabilizar al movimiento feminista de las dimensiones a las que había llegado la pandemia en el territorio nacional. Casado lo jugó todo a una carta, y esa fue la firme creencia de que el gobierno caería por su propio peso y que la población se le echaría encima a lo largo del confinamiento.

No fue así.

El resultado terminó por ser una estrategia política calcada a/por sus competidores populistas en la derecha que dejaba el nivel de la clase política española por los suelos, porque cuando la ciudadanía lo que pedía y necesitaba era unión, Pablo Casado propuso división y confrontación.

Pero eso no es todo, porque una vez pasado lo peor de la pandemia y a la hora de comenzar a tomar medidas para reactivar la economía, Casado rechazaba la mano que le tendía el presidente del Gobierno para cooperar y salir unidos de la crisis. Se negó a crear una mesa de reconstrucción en la que participasen los Agentes Sociales y trató por todos los medios que esto quedase en una mera Comisión Parlamentaria (probablemente para no manchar su imagen de «Partido de Estado» y hacer más visible lo evidente). Finalmente el presidente Pedro Sánchez cedió, y se creó una Comisión Parlamentaria en la cual, el grupo Popular ha tratado de minar cualquier avance y pacto con el Gobierno, culpabilizándole de todos los males patrios y en la que nuevamente Ciudadanos, pese a su reducido peso político, parece estar comiéndole (otra vez) la tostada.

Lo confiaron todo a la confrontación y el rechazo a la cooperación mientras que esperaban a que llegase el fracaso de las negociaciones europeas, con las cuales el Gobierno socialista contaba para sacar adelante las diferentes acciones que proponían para paliar lo peor de la crisis económica. Para ello trató de dinamitar la unión que Sánchez venía tejiendo antes de la cumbre europea (con patronal, sindicatos, demás partidos políticos y resto de líderes europeos), aliándose con los países que proponían unas condiciones más duras para el acceso a las ayudas. De nuevo miserable, poniendo los intereses partidistas y las ansias de poder por delante del interés general. La derrota de Calviño, de la cual se jactaban, reforzó la tesis de que las negociaciones iban a fracasar y que la posición negociadora de España resultaría más débil durante la cumbre europea. Parecía que todo se reduciría a presionar, atacar nuevamente a los socios de gobierno de Sánchez y esperar que el ejecutivo terminase por fracturarse del todo por tensiones internas.

Tampoco fue así.

Casado había de recibir un nuevo revés que aún estaba por llegar, y es que finalmente el fondo de reconstrucción salió adelante salvando los intereses que defendía España, cuya consecuencia principal fue la mala posición en la que quedaba el Partido Popular, en la que ni habían colaborado para lograrlo ni habían conseguido derrocar los planes del Gobierno. Esto le obligó a dar órdenes a los miembros de su equipo para pactar “in extremis” un acuerdo con el Gobierno cuando la Comisión Parlamentaria sobre la reconstrucción, que tanto había defendido y en la que tan poco había participado, se estaba cerrando.

De nuevo tarde, mal y con prisas para salvar la imagen propia.

El otro croché que tuvo que encajar Casado sobre las mismas fechas vino desde el interior de sus propias filas, con las elecciones gallegas y vascas. En estas se confrontaban las dos corrientes que conviven en el partido, la moderada y la… llamémosle la de Casado, porque podríamos etiquetarla como la más derechista, pero la confusión de su líder termina por provocar que no se sepa muy bien hacia donde va. De cualquier modo, en Galicia se presentaba su principal crítico dentro del partido, Alberto Núñez Feijóo, firme defensor del discurso moderado y de que con la extrema derecha ni medio Perreo, al cual, por cierto, Casado trató de hacer perder peso con la intentona para la coaligación del PP gallego con los representantes de Ciudadanos y ante lo cual Feijóo no se achantó. Mientras que en las elecciones vascas se siguió al pie de la letra lo que se dictaba desde Madrid, con la alianza C´s/PP y la eliminación de un discurso moderado y realista con la situación por la suplantación con uno en el que aún se hablaba de ETA, atentados y la simpatía de Sánchez por los mismos en pleno 2020.

¿El resultado? Mayoría absoluta en Galicia y pérdida de representación en Euskadi hasta mínimos históricos, con el premio, por cierto, de la entrada de Vox en el parlamento de Álava.

Hasta ahora el único triunfo del que puede presumir Casado es de haber blanqueado al partido populista de extrema derecha y haber conseguido que Santiago Abascal filtre su discurso entre las clases populares, porque lo que las tendencias indican es que Vox ha pasado a convertirse en la derecha de los pobres gracias a su discurso populista, contrario a la inmigración, el feminismo y todo lo demás sobre lo que aún le queda vergüenza por criticar al partido liderado por Pablo Casado, mientras que el PP sigue descolocado y con miedo por terminar de perder un electorado al que no terminan de llegar frente al partido verde, y es que no se si aún no se ha dado cuenta o la interminable arrogancia y sonrisilla irónica de su líder no le permiten reconocerlo.

El PP ha estado lejos, muy lejos de ser el Partido de la oposición que los españoles necesitaban durante la gestión de la crisis. Pero no hay porque alarmarse, tiene fácil (y contrastada) solución: saquen a Casado de Génova 13 y recuperen un discurso centrista, constructivo y leal a España, tal y como se espera de un partido que se hace llamar «de Estado» y ha asumido estar en la oposición, de lo contrario tendremos que ir despidiéndonos de la gaviota azul e ir acostumbrándonos más a los aguiluchos rojigualdos.

¿Dónde están los Marianistas?

Estudiante de Relaciones Internacionales de la URJC

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