Los muros que nunca cayeron

«Cada hombre debe elegir entre nuestro lado, o el otro lado». Esta frase extraída de uno de los discursos de Lenin ilustra perfectamente lo que quiero expresar en estas líneas. Es una reflexión que refleja ese pensamiento ampliamente extendido en nuestra sociedad de que sólo hay dos caminos a seguir: uno, el propio, que es el bueno y el correcto; y otro, el de “ellos”, que es la quintaesencia de todos los males.

Autor: Fernando Riera

Seguimos teniendo en nuestro ADN ese gen guerracivilista que tanto se practica en nuestro país: PP o PSOE, izquierda o derecha, Barça o Madrid, rojo o azul, Colacao o Nesquick… y así, con todo. El mito de las dos Españas, siempre excluyentes y permanentemente enfrentadas. La eterna historia de los muros entre españoles que nunca cayeron.

No es algo que tenga que ver con la edad, pues la gente de mi generación, me atrevería a decir, es quizás la que más muros y que más frentes construye en nuestra sociedad. Son demasiadas las veces que he escuchado “yo no podría ser amigo de alguien de Vox” o “yo no podría ser amigo de alguien de Podemos”. Y aunque sólo hubiera sido una, ya serían demasiadas.

Y tampoco afecta a las ideologías. En España, quizás por la poca o casi nula cultura del pacto entre distintos, esto es algo demasiado habitual. Aquí se ha dicho que un partido es la marca blanca de otro por el simple hecho de sentarse a pactar, negociar y llegar a un acuerdo de investidura. También se ha calificado como “veleta” al único partido que se ha mostrado dispuesto a romper la lógica absurda de bloques, buscando el pacto a izquierda y derecha. Y, en busca del voto de los españoles, los grandes partidos no vacilan en dirigir su mirada y su estrategia hacia sus respectivos extremos, arrastrados por el radicalismo de las formaciones políticas con las que comparten espacio político

Son, precisamente, estas formaciones políticas, de la ultraderecha y la extrema izquierda, quienes han provocado el establecimiento de unos bloques ideológicos concretos y ese frentismo exacerbado; que no contribuyen, en ningún caso, a establecer la tolerancia y el entendimiento como una constante en nuestra sociedad y en el día a día de nuestra política institucional.

Ambas encarnan el frentismo, el radicalismo, la aversión al distinto y al diferente. Ambas construyen su ideario y estrategia políticos en actuar en negativo hacia los otros, y no en construir en favor de todos. Ambas pretenden imponer su idea de España: unos, una España sólo para españoles; otros, una nación de naciones. Ambas se han convertido en representantes de líderes políticos que amenazan el sistema democrático tal y como lo conocemos: unos, son la voz de los partidos de la ultraderecha europea en España; otros, los representantes del radicalismo bolivariano en nuestro país. Son, en definitiva, las dos caras de la misma moneda.

Por esto urge que la sociedad se aleje del radicalismo que representan y comience, de una vez por todas, a abrazar la concordia, el respeto y la empatía. Debemos empezar por el reconocimiento del distinto, del diferente, del otro español; que no piensa como yo, que no tiene mis mismas creencias religiosas, que no ha nacido en mi Comunidad, que no se mueve por los ideales políticos que a mí me impulsan; y que, sin embargo, no es mi enemigo sino mi complementario.

Ya lo dijo el presidente Suárez: «España, o es obra común de todos los españoles, de todos los pueblos que la forman y de todos los ciudadanos que la integran o, simplemente, no es España». Es, precisamente, a esa España, plural, rica y diversa a la que aspiramos como sociedad. Sólo depende de nosotros.

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