¡Ay, Carmela!

En honor a los que dieron su vida en el pasado por los derechos y las libertades del presente

Autor: Guillermo Bustos

Pronunciaba recientemente Abascal en el Congreso de los Diputados que el Gobierno de coalición que preside Pedro Sánchez “es el peor gobierno en los últimos 80 años”, unas palabras que incendiaron el hemiciclo por diversas razones, más allá de que resulta inaceptable que en plena democracia alguien tenga la enorme desvergüenza de equiparar el gobierno de la dictadura franquista con cualquier gobierno democrático -aunque tenga la mayor de las discrepancias posibles con éste último- en la casa de la soberanía nacional, aquella por la que tantos españoles dieron su vida para que hoy, alguien como Santiago Abascal, pueda decir esa afirmación y acudir al día siguiente al Congreso de los Diputados como si nada hubiese sucedido.

Sobre estas declaraciones es necesario realizar una reflexión más profunda, más allá de lo simbólico y de la retórica que rezuma a nacionalcatolicismo que tan bien ha funcionado en la formación de ultraderecha para copar la agenda mediática y dar el salto a la política parlamentaria.

Tras la investidura del Gobierno de coalición entre PSOE y Unidas Podemos la estrategia que se comenzó a trazar desde VOX para generar ideas recurrentes en el imaginario de sus simpatizantes a la hora de relacionarse y posicionarse frente al Gobierno giraba en torno a dos palabras, “Gobierno ilegítimo”, el Gobierno de Pedro Sánchez carece de la legitimidad institucional suficiente para ser aceptado por la formación política de Abascal y sus simpatizantes al haberse conjurado con “los enemigos de España” en casi la caricaturización de una secta judeomasónica destinada a la destrucción de la nación. Puede que a un determinado público la palabra “ilegitimidad” les resulte intrascendente, una crítica más dentro de este cruce de improperios cada vez más común en el Congreso de los Diputados, pero esta conceptualización dentro de la Ciencia Política figura como un concepto vital en la formación de las democracias modernas debido a que aquel Gobierno que no es legítimo no nace del pueblo ni de la voluntad popular, pues el pueblo es el único soberano capaz de otorgar el ejercicio del poder político, en las democracias liberales, a través del voto. Lanzar continuos ataques de Gobierno ilegítimo y de dictadura constitucional socialcomunista se extrapolan a la sociedad de diversas maneras: primero, si el actual Gobierno es un gobierno ilegítimo y autoritario, atendiendo a la doctrina democrática, sería legítimo rebelarse de cualquier forma, incluso si ello conlleva el uso de la fuerza, en segundo lugar, esto tensa el clima social y político hasta unos grados desconocidos en las últimas décadas con la posibilidad de que ocurra una desgracia si este tipo de argumentos calan en algún descerebrado y, por último, se saca a sus simpatizantes, una parte de la sociedad española nos guste o no, del respeto a los mecanismos parlamentarios, puesto que la elección de este Gobierno ha salido adelante cumpliendo con todos los mecanismos constitucionales necesarios para poseer legitimidad, primero en las urnas y luego en las instituciones parlamentarias y aún así, deslegitimado políticamente.

La discrepancia política de Abascal con este Gobierno y su politización del odio le han llevado a realizar críticas tan graves como esta y a poner por delante de este gobierno al de la dictadura franquista cualitativamente. Lo cual me pregunto, ¿cómo se construyó la legitimidad del gobierno franquista? Cuando pienso en la construcción de la legitimidad de los gobiernos franquistas me viene a la memoria Queipo de Llano pidiendo “darle café, mucho café” a Federico García Lorca, a Machado muerto en el exilio, a Blas Infante fusilado en su querida Andalucía, a las mujeres de milicianos violadas, a los alcaldes y gobernadores civiles tiroteados en sus despachos, a la Plaza de Toros de Badajoz encharcada en sangre, a los aviones alemanes bombardeando Guernica, a los saqueos y a las matanzas de los mercenarios de las tropas moras, a los que tuvieron que irse de sus hogares con sus hijos aterrorizados y a todos aquellos a los que le dieron paseíllo y terminaron tirados como bestias en cunetas de alguna carretera de España sin juicio ni sepultura.

Abascal de manera indirecta vuelve a reavivar la figura de un régimen político en el que, de haber sido partícipe y crítico con una mala gestión de un conflicto político, hubiera terminado en un pelotón de fusilamiento sin sentencia legal o en un correccional con la mayor de las suertes.

A veces los contextos de legitimidad y obediencia civil los escriben el terror y los fusiles, pero la historia y la memoria democrática de una nación la escriben personas como Julián Grimau, militante comunista fusilado por un delito de “rebelión militar continuada”treinta años después de terminar la Guerra Civil, Salvador Puig Antich, anarquista de 26 años ejecutado por garrote vil en 1974, Javier Verdejo Lucas, estudiante comunista granadino asesinado en 1976 por la policía mientras pintaba “Pan, Trabajo y Libertad” en una pared en Almería, Alberto Soliño Mazas, asesinado por un policía vestido de paisano fracturándole el cráneo y rematándole con un tiro en la sien en ese mismo año, los abogados de Atocha, asesinados a la salida de su despacho por pistoleros fascistas, Francisco Javier Nuñez Fernández, obligado a beber coñac y aceite de ricino hasta su muerte a la salida de un juzgado por un grupo de individuos cercanos a los cuerpos policiales aún desconocidos , Manuel José García Caparros, trabajador malagueño asesinado por un disparo policial durante una manifestación por la autonomía de Andalucía en 1977, Yolanda González, estudiante secuestrada y asesinada por pistoleros de Fuerza Nueva en 1980, María José Bravo del Barrio, estudiante de 16 años violada y asesinada a golpes por el grupo parapolicial de extrema derecha Batallón Vasco Español sin juicio ni investigación posterior sobre el caso.

Estas personas y otros miles más pagaron con su vida el precio de la dictadura y los residuos de ultraviolencia del tardofranquismo en su lucha por los derechos y las libertades democráticas que existen hoy y que han permitido que personas como Santiago Abascal puedan expresar cualquiera de sus ideas libremente sin temor a represalias de ningún tipo. Por desgracia, algunas de estas ideas resuenan en la memoria colectiva del pueblo español a periodos represivos y de falta de cultura democrática ya están contaminando el debate público  y aumentando la polarización política en nuestro país, por tanto, como decía el cancionero republicano, deberemos resistir, ¡Ay, Carmela, ay, Carmela!.

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