El Partido Socialista que busca al Obrero Español

El PSOE ante el Obrerismo del siglo XXI.

Desde hace ya muchos años las personas de clases medias y bajas no tienen la percepción de ser “obreros”. Estos tienden a catalogar las desigualdades sociales que sufren como “ley de vida”, en parte, debido a la sacralización del neopropietarismo y la pirámide social de las desigualdades en la que teóricamente, si todos nos esforzamos lo suficiente, podemos llegar a la cima. Sin embargo, el término «obrero» se sigue empleando en los discursos en búsqueda de despertar un sentimiento en el receptor del mensaje de concienciación con un grupo social. Un grupo que, por carencia de acepciones que se adecúan a lo que la audiencia entiende, queda cada vez más difuminado.

El término obrero viene fundamentalmente ligado a los trabajos más duros, los que tenían lugar en las fábricas, astilleros, minas, aserraderos, siderúrgicas… el movimiento industrial que tanto peso tuvo en el crecimiento económico del país entre los años 50 y 90.

Los obreros eran aquellos destinados a la producción industrial, los cuales, generalmente se encontraban muy unidos entre sí a través de movimientos sindicales fuertes que se fraguaban en las fábricas gracias a la compartición de puestos de trabajo con las mismas condiciones y salarios, coincidencias en los estilos de vida, preocupaciones y aspiraciones personales, lo que ayudaba a crear conciencia de pertenencia a un mismo grupo. Las preocupaciones del conjunto de los obreros eran los objetivos del sindicato, y viceversa.

Con la llegada de la globalización, la pérdida de rentabilidad comparativa de las fábricas occidentales con oriente y la consiguiente deslocalización, esos “obreros” han desaparecido… O no.

El Neo-obrerismo

La reconversión industrial que llegó a nuestro país tras el desmantelamiento de gran parte de la industria trajo consigo la creación de nuevos puestos de trabajo, nuevas actividades industriales y medios de producción. Con ello se fraguó un sector servicios en el que actualmente se encuentra el 73.73% de los empleados de nuestro país, un sector caracterizado por desarrollarse (mayoritariamente) dentro de oficinas, en despachos y con unas condiciones “más cómodas” que en las fábricas de antaño, por lo menos en lo relativo a la carga física, pero eso no quiere decir necesariamente que la calidad de vida haya mejorado.

La modificación productiva de la economía española y la reconversión de los puestos de trabajo han llegado a traer una visión sobre ese movimiento sindical en la que este se percibe como algo pasado, despertando un sentimiento en las personas en el que se entiende que esas (las diferencias de clase) no son las preocupaciones de nuestra sociedad, que deberíamos focalizarnos en avanzar hacia una sociedad futura más “ecofriendly”, moderna y diversa social y culturalmente.

Los obreros del Siglo XXI se caracterizan por desconocer que lo son.

La desaparición de las grandes plantas de producción ha provocado que las tasas de afiliación sindical hayan disminuido hasta mínimos históricos, colocando a los representantes de los trabajadores en una posición negociadora más débil ante la patronal. El principal resultado de esto ha sido la paulatina precarización de las condiciones laborales, cuya máxima expresión es la caricatura de una persona que encadena trabajo temporal tras trabajo temporal, con unas condiciones paupérrimas que apenas permiten a las personas tener planes de futuro o la esperanza de progresar socialmente.

Esto no hace sino que provocar un aumento de las desigualdades sociales, generalmente porque esas personas no pueden acceder a los beneficios que la antigüedad dentro de una empresa le reportan a su beneficiario, entre los que encontramos “pluses” salariales, días de libranza, horarios fijos… en definitiva, son incapaces de alcanzar el grado de bienestar laboral por el que tanto han luchado los sindicatos a lo largo de los años, mientras que las personas de clases sociales más altas no sufren la temporalidad laboral de la manera que las “clases medias” lo hacen.

Los obreros del Siglo XXI son los y las trabajadores del hogar, los y las teleoperadores, riders, vigilantes de seguridad, los eternos becarios… Personas que se caracterizan por tener jornadas eternas con salarios que no llegan a compensarlas o contratos que apenas llegan a las 12 horas semanales con sueldos de miseria y que son, por regla general, muy inestables. Trabajos para los que no existe la diferencia entre martes o domingo y para los que tienes que estar disponible en todo momento; se ha llegado a anteponer el trabajo a la vida personal. Estas situaciones impiden a las personas independizarse o formar una familia, invertir en una segunda vivienda o tener la capacidad suficiente de emplear sus salarios en otra cosa que no sean impuestos y comida, lo que a su vez devienen en otra serie de problemas nacionales de los cuales nos ocuparemos en otra ocasión.

Aun así, las personas siguen sin dar atisbos de recuperar ese sentimiento de pertenencia a un colectivo. Por el contrario, todos los esfuerzos se concentran en exaltar lo individual, la autoexpresión y el consumo personalizado. Se ha tendido a crear una sociedad más egoísta tanto en lo personal como en lo relativo lo laboral, menos empática y en la que cada uno ha de preocuparse por uno mismo.

La precariedad no es irrevocable, y esto es algo de lo que sociedad no está completamente concienciada, se puede revertir si la gente se organiza y se recurre a instrumentos como la negociación colectiva, los tribunales en el ejercicio de los derechos de las personas, la inspección de trabajo o la redacción de legislación que proteja a los trabajadores y termine con la temporalidad laboral. Lo que necesitan las personas es precisamente la unión y el reencuentro con el movimiento sindical, recuperar la empatía por los compañeros de trabajo y los trabajadores que nos atienden cuando nos toca a nosotros ser los clientes.

El Partido Socialista ante su obligación moral.

Pedro Sánchez celebra la victoria en las elecciones del 28 de abril de 2019

Durante los últimos años, con el presente sentimiento aislacionista que sufre la sociedad, el PSOE, paulatinamente, ha tendido a buscar otras áreas de preocupación que demanda la ciudadanía como son el movimiento LGTB o el cambio climático. Pero es aquí donde el partido debe hacer un mayor esfuerzo y volver a poner el obrerismo en el centro del discurso, no porque se presente entre las preocupaciones principales del electorado, porque probablemente reporte menores beneficios electorales que las otras causas citadas e igualmente importantes, sino que han de hacerlo por las personas, por los más vulnerables, por la responsabilidad histórica con la que carga en sus siglas.

El PSOE tiene la obligación moral de llevar un discurso en el que se haga comprender a las personas qué es ser un obrero en el siglo XXI. Porque, qué las desigualdades de antes se vieran en blanco y negro, no quiere decir que las que vemos en color sean diferentes ni estas fueran cosa únicamente del pasado. Una sociedad tercierizada no tiene porqué ser más moderna socialmente que una sociedad industrial si las desigualdades son las mismas (o peores).

La desigualdad que sufres es la consecuencia de ser un obrero y no querer creerlo.

Estudiante de Relaciones Internacionales de la URJC

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