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¿Conformidad o adicción?

Las nuevas tecnologías llegaron para ayudarnos. Para hacernos la vida más fácil, más cómoda, más rápida. Las redes sociales llegaron para mantenernos más conectados, para acortar la distancia. Al principio todos vimos ventajas y ningún inconveniente, y ahora, más adictos que nunca, ya da igual lo que veamos porque ya nos han ganado.

Autor: Julia Sáenz

Quizá si lo piensas en frío, te das cuenta de lo irrespetuoso que es estar con una persona hablando y mientras respondiendo a los “WhatsApps” que, por cierto, te da mucha pereza responder cuando estás solo. Pero una vez estás con la cerveza delante y rodeado de personas haciendo “scroll” en Instagram, te unes a ellos sin ningún problema.

Cuando hay conversaciones sobre lo falso que es todo en Instagram, o la falsa sensación de felicidad que emerge de todas las historias, defiendes que hay que acabar con ese falso reflejo de la realidad, pero luego eres el primero que participa en ello.

Hablas de como las generaciones más jóvenes se exponen de forma desmesurada en las redes o el peligro que tiene subir determinadas actividades a Instagram, pero también lo haces. Nadie está libre de culpa en esta sociedad que valora más los “me gustas”, que las opiniones cara a cara.

Al final todo esto ha creado una manera de vivir en la que ya no nos fijamos en lo que hay a nuestro alrededor mientras andamos de un sitio a otro, en el que queremos una respuesta en el momento, en el que lo que importa es que opinen los desconocidos sobre la foto que subiste. Un ambiente en el que si pides por favor que se dejen los móviles sin tocar encima de la mesa, eres tildado de raro o pesado. En el que está bien visto poner por delante de una conversación un aparato sin vida.

Hemos pasado de conversaciones con silencios cómodos en medio y miradas a los ojos, a tener que competir constantemente por ser más interesante que lo que el móvil ofrece. Y esto, seamos claros, es muy difícil. Tienes que mantener una conversación que no decaiga o no haga a la otra persona perder un mínimo de interés, porque en el momento en el que deje de estar fascinado por lo que dices, bajará la mirada al móvil y costará volver a captar su atención. Y esto, es algo que agota mentalmente. Otra opción, que es la que escogemos normalmente, es bajar nuestra mirada a nuestro móvil, y esto provoca imágenes tan tristes y desgraciadamente tan normales como dos personas, una enfrente de la otra, bebiendo regularmente de su bebida pero con la mirada baja, sin mirarse a la cara.

Hemos pasado a estar solos cuando estamos acompañados la mayoría del tiempo y a la vez, no saber estar solos, ya que siempre puedes estar escribiendo a alguien.

Perdemos muchas veces la sensación de la realidad y la sustituimos por una ilusión, y aunque en el fondo somos conscientes de ello, o estamos demasiado acostumbrados y enganchados a esta nueva realidad, o no nos importa y estamos felices con ella.

Cada vez es más común leer artículos u opiniones como estas y estar totalmente de acuerdo con ellas. Incluso intentar predicar con el ejemplo. Pero luego, la realidad es que a los dos minutos se nos ha olvidado y somos los primeros que seguimos comportándonos igual. Cuando me di cuenta de, aún siendo conscientes de todo esto, lo seguimos haciendo porque es muy difícil o casi imposible no hacerlo, es cuando me di cuenta de lo adictivo que es y lo normalizado que está. Y cuando una adicción se acepta y normaliza por toda la sociedad es cuando de verdad es peligrosa y puede acabar por ganarnos. A lo mejor la mayoría de las personas están contentas con estas nuevas situaciones. A lo mejor piensan que esta vida es mejor que la que existía hace veinte años o que no hace falta cambiar nada, y no tiene nada de malo este continuo estar pendiente de las redes y del móvil. Que responder cada dos minutos al WhatsApp si puedes mantener a la vez una conversación no está mal. Pero sé que hay personas como yo, que piensan que necesitamos regular esto, que necesitamos un cambio y dejar de normalizar ciertas cosas. Que la tecnología ha venido para quedarse y para ayudar, y negar todo lo que nos puede aportar sería estúpido. Pero también sería estúpido pensar que todo lo que viene de ella es bueno, que no está controlada por empresarios a los que mientras ganen dinero les da igual si provoca adicción. Sería tonto pensar que el enganche a las redes sociales no es malo, ya que cualquier adicción lo es. Tenemos una gran responsabilidad como sociedad que ha visto llegar algo nuevo y potencialmente peligroso a la vez que beneficioso y es aprender a conciliar la vida real y el contacto físico con esta nueva realidad virtual. Y ahora, con los tiempos que corren en los que hay que disminuir las relaciones cara a cara, esta responsabilidad es aún mayor.

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