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Ni olvido ni perdón.

La sociedad española, tras la muerte de Franco y La Transición democrática quiso olvidar, pero no perdonar. Somos una sociedad con una deuda pendiente con nuestra propia memoria

Vivo en la España de las dos Españas, en la España que se confronta, en la que se discute constantemente, en la que se prejuzga al diferente, a la que, inconscientemente, amenazamos con hacer implosionar en cualquier momento. Casi parece parte del ADN español.

La guerra civil es la máxima expresión de lo que trato de expresar, y lo es por muchos sentidos: tanto por ser el perfecto ejemplo de la mayor atrocidad que puede presenciar un país, como porque, a pesar de lo mismo, sigamos utilizándola para seguir enfrentados casi 90 años después; todo ello a pesar de que la gran parte de la población ni siquiera ha sido testigo de la guerra ni de sus consecuencias. El gran motivo de lo que trato de expresar es que, la sociedad española, tras la muerte de Franco y la llegada La Transición democrática quiso olvidar, pero no perdonar. Somos una sociedad con una deuda pendiente con nuestra propia memoria y estas heridas del pasado salen y saldrán continuamente a la luz hasta que las deudas sean, de una vez por todas, saldadas con nosotros mismos.

Guerras de honor en el Congreso

La prueba de ello es que, pese al paso del tiempo, el recuerdo de la guerra solo ha ido increcciendo a lo largo de los últimos años hasta tal punto que, en el propio Congreso de los Diputados se ha normalizado el empleo de palabras tan graves como fascista o régimen, se cuestionen temas tan básicos para la democracia como la legitimidad de un gobierno o se siga hablando de las atrocidades de cada bando en una guerra que no nos pertenece. Todo ello en medio de una pandemia que amenaza con arrasar a nuestro país económica y socialmente.

Basta ya.

El panorama político no es demasiado alentador y es que, desde hace unos años, la acumulación de la crispación en las personas y la gestación de la España de las dos Españas ha venido a explotar con el auge político de Podemos y la entrada en tromba de VOX en el hemiciclo. El escenario que presenciamos desde 2018 con continuas elecciones, gobiernos débiles y repeticiones electorales no es más que la perfecta expresión de lo que ocurre en la sociedad de nuestro país desde que hay democracia: los resultados electorales no son más que el resultado de la imposición de un bloque sobre otro, de una España sobre la otra.

El bajo nivel político del que disfrutamos en España durante los últimos tiempos (y sobre todo a partir del final del bipartidismo) no es sino gracias a la llegada de los partidos extremistas que mejor representan ese ADN frentista tan característico del español. No se trata de decir que es mejor poder elegir únicamente entre rojo o azul, o que con dos partidos basta, sino tener una pluralidad constructiva de la que todos nos enriquezcamos y beneficiemos, no un multipartidismo que ayude a crear bloques aún más diferenciados y enfrentados. Resulta avergonzante que haya partidos en el Congreso de los Diputados fomentando la división de los españoles, la España de las dos Españas, partidos bloqueando el país asumiendo que si las iniciativas vienen desde la otra bancada son negativas y estas han de ser vetadas, espetándose a la cara las atrocidades de la guerra, la represión franquista y los desastres de la República, que se sigan enfrentando en las guerras de las banderas con o sin aguiluchos y traten de imponer su propia idea de España a los demás, más que por convencimiento propio, por la satisfacción de imponerse al opuesto.

Esto, en pleno 2020 no hace más que confirmar lo que trato de exponer en estas líneas: España quiso olvidar sin perdonar y termino por ser incapaz de perdonar sin olvidar. No quiero vivir en la España de las dos Españas.

Son precisamente los partidos populistas los que hacen que, los partidos que deberían tejer consensos y pactar en beneficio de los españoles no lo hagan, que se llegue a un inmovilismo político gracias a las continuas trabas y guerras del pasado que pretenden tapar los problemas del presente, eleven el tono al adversario y le echen gasolina al enfado ciudadano avivando el hartazgo de la población con las instituciones; lo que a su vez no hace más que dar más fuerza a los propios partidos populistas. En definitiva, España vive en un círculo vicioso continuo de consecuencias desconocidas.

La guerra civil, la p*** guerra civil.

Una pieza fundamental en este juego son los medios de comunicación en los cuales se sensacionaliza cualquier movimiento político, cualquier caso que pueda afectar a sus adversarios: Tarjetas SIM desaparecidas, firmas de obras cuando aún el responsable no tenía el título de arquitecto, Grados universitarios regalados… el continuo consumo de basura informativa sensacionalista termina calando en la población, traduciéndose en el crecimiento de la ira entre personas, en la incitación al odio, en la normalización de escraches a las viviendas de los políticos día sí y día también, a que personas se agredan por los aplausos de las 8 y las caceroladas de las 9. El hecho de que quienes antes los defendieran e incentivasen sean quienes ahora los sufren ni mucho menos los justifica.

Los medios de comunicación han mediatizado y, sobre todo, judicializado la política. En la actualidad los tribunales tienen una gran presión mediática, provocando que los jueces terminen por tomar partido en la situción. No es normal que cualquier ley aprobada se lleve al supremo por el partido que no votase a favor de la misma, que cualquier acto sea denunciado, que los jueces se interpongan en decisiones que se escapan de sus funciones y traten de hacer política (Caso Valle de los Caídos o Madrid Central) o que cualquier juicio por la memoria histórica, como la retirada de las condecoraciones a Billy El Niño, sea titular en los principales diarios.

El primer paso para conciliarnos es romper de una vez por todas con nuestro pasado más oscuro, sacar a nuestros muertos de las cunetas, retirar las medallas a los asesinos, sacar a los dictadores de construcciones que los honorifiquen y terminar por aceptar que es un hecho que ocurrió, que terminó, que es parte de nuestra historia y hemos tenido más de 40 años para conciliarnos con el otro bando, porque España es un país lo suficientemente maduro como para asumir (casi 4 generaciones después) que ya es historia, que hay que sellar las heridas del pasado, hemos de saldar las cuentas pendientes con los dagnificados y por fin, de una vez por todas, perdonarnos. No podemos hacer que un país avance mirando continuamente al pasado, ni construir un país mejor con la impresión de que aún caen las bombas sobre Guernica y Madrid sigue asediado. Como dijo Santiago Carrillo, la memoria histórica apenas tiene sentido si no se la vincula al presente y al futuro.

Es hora de que los grandes partidos zanjen de una vez por todas las diferencias entre bloques, cambien sus formas de actuar entre ellos y sus extremos, terminen con los circos televisivos y comiencen a actuar en favor de la ciudadanía. Los españoles somos mucho mejor que todo esto; no podemos permitirnos seguir en nuestra particular guerra fría perenne.

Quiero vivir orgulloso de mi país, de las personas que lo formamos, de la fraternidad en la que deberíamos convivir en los momentos más duros y terminar con los complejos del patriotismo español, pero mientras este circo continúe y nadie lo corte de raíz de una vez por todas no habrá ni olvido, ni perdón

No quiero vivir en la España de las dos Españas.

Estudiante de Relaciones Internacionales de la URJC

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