Desafección y desinformación, cogidos de la mano

Autor: Marcos H. de la Morena

“Los políticos son todos iguales” es, sin lugar a dudas, la frase más repetida por el español medio durante los últimos 20 años. Unas palabras que, si bien en base expresan decepción con la clase gobernante y hastío de la poca representación, han acabado por deformar su significado, llevándolo al extremo despectivo de relacionar a todo aquel que ocupa un escaño local, regional o nacional con corrupción o mentira. Es sencillo desmontar esta afirmación, pues aunque solo sea estadísticamente, es imposible que todos operen igual.

No solo en cuanto a acciones parlamentarias o discursos ante las masas, también en los planteamientos. La política no es otra cosa que llevar a las instituciones una serie de ideas para mejorar la vida de los ciudadanos; o al menos, esa es la teoría. Pero lo cierto es que, respondiendo a la mencionada frase, no es lo mismo que un grupo elimine medidas sociales y que otro las defienda. Igual que tampoco es lo mismo que un alto cargo desfalque dinero público mientras que otro decide renunciar a parte de su sueldo en el Congreso para no generar más gasto en tiempos de pandemia. El problema principal es que, mientras se generaliza con los primeros y se extiende la opinión de clima negativo, con los segundos se cae en la exclusión opinativa. Al público siempre le ha interesado más mostrarse contrario que partícipe, por la sencillez de la acción. Indignarse es más fácil que contrastar.

De igual forma ocurre con lo que se emite a través de los medios de comunicación más generalistas. Hasta no hace mucho, quienes cuestionaban la profesionalidad de los periodistas formaban un grupo reducido, pues todo el conjunto ciudadano entendía que la democracia sana se sustenta sobre una buena información contrastada y profesional. No se ponía en duda. Sin embargo, los meses de confinamiento han dado la vuelta a la situación, llegando a hacerla en gran parte insostenible.

“Los periódicos y televisiones manipulan” será, por tanto, la segunda frase que más haya pasado de boca en boca durante los últimos meses, y tiene exactamente el mismo trasfondo. Quien suele mantener esta opinión es probable que conozca una redacción solo de vista, o ni se la haya imaginado. Porque, siendo conscientes de cómo funciona el trabajo dentro de un medio de amplio espectro, es imposible dudar de la profesionalidad de quien allí opera. Ni Soros ni Bill Gates están en las oficinas de Atresmedia adoctrinando a los reporteros de La Sexta, ni Pedro Sánchez o Iván Redondo se pasan el día encima de los productores de RTVE.

Ambos casos, el político y el periodístico, surgen de una misma disonancia cognitiva: “si lo que me dicen no me cuadra, me están mintiendo”. La resolución más fácil de este problema, que conllevaría a una actividad más sencilla para ambos sectores, sería la de que el individuo, en su buen hacer como ciudadano informado, decidiese contrastar aquello que lee en redes sociales (principal foco de desinformación) y primar, en todo caso, los datos oficiales ofrecidos por instituciones y medios de mayor nivel. Se trata de algo sencillo de hacer sobre el papel, pero tremendamente complicado de llevar a cabo, pues la sencillez de abrir Facebook e indignarse con la primera noticia alarmista que un familiar comparte, sin atribuir fuente ni dar argumentos, prima para muchos.

¿Habría que reeducar a la población en un buen uso de las RRSS y la comprensión de lo emitido por radios, televisiones y periódicos? Por supuesto. Pero… ¿Hay que fomentar una utilización más responsable de las nuevas tecnologías para que la difusión de bulos se reduzca al mínimo? Eso sin duda. Porque si la confianza en los informadores falla, la que se deposita en los representantes cae en picado.

El clavo al que agarrarse siempre ha estado ardiendo. Y las construcciones rocambolescas para fomentar la indignación popular cada día van a más. Ya no solo comparte noticias falsas el empresario de turno contrario al partido que gobierna. Ahora también es una vecina, un padre, un abuelo o una hermana, dándole además una mayor credibilidad que a lo trabajado y contrastado a conciencia en las redacciones. Desafección política y desinformación van de la mano, y curarlas es trabajo de sus actores, sí, pero también de la ciudadanía. Porque estos ámbitos, el de las instituciones y el periodístico, son los dos grandísimos baluartes de la idea de una democracia sana. Y esa hemos de construirla entre todas y todos.

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