La pandemia (in)esperada

Autor: Alejandro Pérez

El año 2020 nos ha dejado una crisis económica y social sin precedentes en nuestra historia reciente. Los expertos científicos ya avisaban: nuestro nivel de vida hacía más que probable una pandemia mundial que empezara en el lugar más recóndito del planeta y terminara afectando a una cantidad de países considerable. Sin embargo, muchos de los políticos hicieron caso omiso a las recomendaciones sanitarias y han sufrido las consecuencias con esta crisis. Los gobiernos mundiales han tenido que hacer frente a una emergencia inesperada, lo que ha pillado in fraganti a muchos líderes. Pero no es la primera pandemia a la que hacemos frente, ¿cómo actuaron los gobiernos anteriormente para parar la transmisión?

El antecedente más inmediato a la COVID-19 es el SARS, causado también por el coronavirus. De hecho, fue a finales de 2002 cuando se conoció la existencia de esta nueva enfermedad que causaba altos niveles de contagios. Aunque el mundo temía una pandemia, este virus dejó unos 8000 contagiados y alrededor de 700 fallecimientos a nivel global. A pesar de estos datos, el gobierno chino, donde se inició la enfermedad, ocultó sus contagios hasta febrero de 2003. La OMS no supo de este virus hasta el 10 de febrero, cuando se conoció la noticia de 305 infectados por una enfermedad desconocida hasta la fecha. Uno de los brotes más preocupantes fue en un hotel de Hong Kong, donde un ciudadano chino infectó a otros huéspedes procedentes de Canadá, EEUU o Irlanda, a través de los conductos de ventilación. En abril se anunció que había cincuenta fallecidos por una “neumonía atípica”. La comunidad internacional criticó duramente la falta de transparencia por parte de China y la OMS envió a un grupo de expertos que trabajarían juntos a los científicos chinos en la búsqueda de esta desconocida neumonía para poder investigar sobre ella.

A partir de abril, la situación cambió. China informó de una enfermedad nueva nunca antes vista. Se destinaron 2.000 millones para combatir el virus y ese fondo de dinero se utilizaría para las personas afectadas, trabajadores de los centros sanitarios y para las ciudades que estaban sufriendo la enfermedad. Además, se aseguró la compra de los equipos médicos necesarios para frenar el avance de la epidemia. Se comenzaron a tomar en serio la enfermedad y actuaron con medidas de control (aislamiento de los diagnosticados por esta neumonía, pero también de los sospechosos). Se escuchaba constantemente a la ciencia y a los expertos para evitar la propagación de la enfermedad. Paralelamente, se administraban distintos fármacos para probar su eficacia en pacientes contagiados. Y la noticia más esperada se confirmó, se trataba de una nueva enfermedad llamada SARS, las siglas para síndrome agudo respiratorio severo.

No fueron las únicas medidas tomadas. Ese mismo mes de abril se decidió el cierre de colegios y centros de ocio y el aplazamiento de funerales y bodas para evitar la propagación. La OMS presionó en China para informar de los datos diarios de contagios y fallecidos. Uno de los países más opacos en términos burocráticos como había sido el país asiático hasta la fecha, cambió radicalmente durante ese mes en parte afectado por las feroces críticas de la comunidad internacional. Mientras, la epidemia continuaba su curso y afectó a Taiwán, Canadá, Vietnam o Singapur, entre otros países. También España fue uno de los países afectados por esta neumonía. Los casos, sin embargo, eran menores y estaban controlados por las autoridades sanitarias pertinentes.

Muchos eventos se vieron aplazados, o bien cancelados. Uno de los que más preocupaba era el del Mundial femenino de 2003, que se iba a celebrar en China en septiembre. La organización decidió trasladar la celebración a los Estados Unidos. Otro de los eventos deportivos que preocupaba era el de los Juegos Olímpicos de 2008, que tenían previsto celebrarse en Pekín. Sin embargo, a finales de mayo, los habitantes de Pekín recuperaron la normalidad tras la disminución de contagios (65 infectados en la última semana de mayo). Sin embargo, quedaron muchas costumbres surgidas durante el brote. Un ejemplo de ellas fueron las multas que se aprobaron para aquellos que escupían en la calle. Finalmente, la OMS declaró que dicha epidemia había desaparecido de China. Asimismo, una de las medidas más eficaces a posteriori fue la de matar a los animales en mercados que se sabía que propagaban la enfermedad.

Por otro lado, Canadá fue el país más afectado fuera de Asia. Un total de 375 personas fueron infectadas por la enfermedad, que acabó matando a 43 de ellas, significando un nivel de letalidad del 17%. Se tomaron algunas medidas que siguen vigente como los dispensadores de gel hidroalcohólico en los edificios públicos. Hay protocolos en los hospitales canadienses para luchar contra posibles brotes.

Diecisiete años después, la historia parece que se repite. Un nuevo coronavirus apareció en China a finales de 2019 y ha cambiado nuestro estilo de vida. Con un millón de muertes confirmadas, las medidas tomadas en los distintos estados han sido insuficientes para hacer frente al virus. La crisis sanitaria del año 2003 puede ser una de las respuestas a esta situación. Las ideas destacadas ejemplifican que la epidemia previa fue una llamada de atención para todos los países. Algunos como China han sabido controlar la enfermedad. A pesar de ser criticada durante las primeras semanas por la falta de transparencia, China reaccionó en enero. Tras el fin del confinamiento, volvió a la normalidad bajo estricta vigilancia. Otro país que ha sabido gestionar de una forma mejor ha sido Canadá; aunque sufriera una gestión nefasta en residencias como en España, la situación es mucho mejor que la de otros países de la OCDE, con un total de 9.000 fallecidos. Así pues, conviene escuchar a expertos y tener una respuesta firme y clara para erradicar la pandemia. Porque una cosa está clara: esta pandemia no será la última.

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