Crispación política: balas de fogueo que incendian parlamentos

A lo largo de las décadas, y desde la instauración de la democracia posterior a la dictadura franquista en España, se han vivido multitud de momentos de alta tensión en el Congreso de los Diputados. De los broncos reproches a Adolfo Suárez en los últimos años de su mandato, hasta el discurso de la cal viva de Pablo Iglesias contra el PSOE en 2016, pasando por los “¡Váyase, señor González!” de Aznar en el 94 o el intento de agresión del actual senador del PP Rafael Hernando hacia Alfredo Pérez Rubalcaba en 2005.

Autor: Marcos H. de la Morena

Sin embargo, la escalada de crispación en la Cámara Baja han llegado durante los últimos meses a un nivel insostenible, tanto dentro del hemiciclo como fuera de él. La sentencia del procés a principios de 2019 —que encendió los ánimos en las bancadas de PP y Ciudadanos— y la entrada en el parlamento español de la ultraderecha representada por Vox pocos meses después han ido dinamitando, semana a semana, la práctica totalidad de los consensos establecidos entre partidos para un correcto desarrollo de la actividad política.

Si ya durante el doble proceso electoral del pasado año, y las sesiones de investidura posteriores tuvieron debates donde saltaron muchas más chispas de las necesarias —con Albert Rivera llamando “banda” a los miembros del Gobierno—, la pandemia ha agravado más si cabe este tipo de comportamientos, haciendo que, de puertas para fuera, se extrapole a los ciudadanos una imagen paupérrima de la clase política nacional.

De hecho, durante las últimas semanas, diferentes líderes de opinión de varios sectores se hacían eco de algunos sucesos acaecidos en el Congreso, llevando por bandera que todos los diputados, de todos los partidos, colaboraban en un circo de gritos e insultos sin límite, cuando deberían estar trabajando por y para sus electores. No obstante, afinando el objetivo sobre el que mirar, surge una pregunta clara: ¿De verdad crispan todos los políticos?

Para dar una respuesta precisa a esta cuestión, nada mejor que un ejemplo. El pasado 14 de octubre fue, para muchos medios de comunicación —a ambos lados de las líneas editoriales— una de las jornadas más bochornosas en esta cadena sucesiva de vejaciones parlamentarias. El objeto, una sesión de control al Gobierno rutinaria, que acabó degenerando en una marea de descalificaciones que tronaban por los escaños, lo cual obligaría a la presidenta de la Cámara, Meritxell Batet, a llamar al orden y al silencio hasta 13 veces en pocas horas.

A simple vista, podría parecer que todos colaboraron a la propagación de esa tensión con aportes de niveles cada vez más bajos. Pero aquí viene el contrapunto: todos y cada uno de los toques de atención de la máxima autoridad del Congreso fueron dirigidos a la bancada de la derecha. En concreto, cinco mientras intervenía (o lo intentaba) el presidente del Gobierno, dos mientras lo hacía la vicepresidenta primera Carmen Calvo, y otras seis durante diferentes discursos de los populares Cuca Gamarra y Teodoro García Egea, los cuales eran provocados por su propia bancada y la de Vox, ambas enardecidas por las críticas al Ejecutivo. Así, 13 bochornosos momentos protagonizados por dos únicos partidos, que pasaban a la opinión pública contaminando la imagen de las otras 14 formaciones que fueron elegidas democráticamente en las urnas y que nada tenían que ver en acciones tan negativas para una democracia sana.

Esta situación no es nueva, ni se cortará de raíz, al menos de momento, por desgracia para la confianza popular en la clase política y las instituciones. Aunque precisamente por ello, la puntualización se vuelve más necesaria que nunca. ¿Hay más ruido en la política ahora que antes? Por supuesto. ¿Hay más bronca, insultos y tensión innecesaria? Sin duda. Pero la resolución a la pregunta anteriormente planteada tiene una conclusión sencilla. ¿Todos crispan? Rotundamente no.

Y es que en España, como en muchos países de nuestro entorno, la antipolítica gana terreno parlamentario y espacio en los medios. Tanto que casi parece que, quien intenta combatirla, acaba mezclado en su cruento juego de manipulación. El peligro se sitúa por ahora en este punto. Es decir, que la ciudadanía acabe viendo a todos los parlamentarios como un mismo ente negativo, en lugar de fijar la vista más allá de la neblina reaccionaria y los highlights seleccionados por el tuitero de turno. Por ahora, la crispación es un arma de fogueo, que asusta pero no daña.  Pero cuando el conflicto verbal cruza la línea, los disparos al aire pueden acabar en los techos del Congreso. No sería la primera vez.

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