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Vivir en una dictadura

El peligro detrás del "Con Franco se vivía mejor".

Cuando le conté a la gente que me venía a vivir a Turquía, algunos me ponían una cara rara, a mi familia tampoco le hacía demasiada gracia. Puede ser que todas esas personas que reaccionaban así tuvieran la sensación de que venía a un lugar inseguro, tercermundista, sin orden ni control. Probablemente por la imagen que intentan proyectar los medios de comunicación europeos sobre lo que es la otra orilla del Mediterráneo, o el final del mismo en este caso, aunque ese es otro tema.

En Turquía el problema (opino) es otro, nada más llegar te das cuenta de que es precisamente todo lo contrario a la imagen de inseguridad que se pudiera tener desde el exterior y, si miras un poco alrededor y te fijas en ciertos detalles, casi pareciera que uno entrase de lleno en el mundo Ormwelliano de 1984, con un estado cuasi policial; con cancelas enormes coronadas por concertinas que marcan el paso de donde puedes y no puedes pasar; con censura sobre determinadas páginas en internet; con vigilantes y controles de seguridad hasta para entrar en el metro; es un país en el que cuyas obras públicas tienen repetitivamente nombres que hacen referencia a días “históricos”; un país con cámaras y cámaras y más cámaras de vigilancia en cada esquina como si se tratasen del Ojo que Todo lo Ve; banderas de Turquía cómo para cubrir entera la ciudad de Estambul y casi la propia Turquía y con la cara de su fundador, el “líder supremo”, Mustafa Kemal Ataturk en la esquina de cualquier calle, banderola o en la estatua de hasta el más mínimo parque. En Turquía son tan patriotas que hasta el día nacional dura dos.

Al principio puede ser que te haga incluso gracia, después ya es costumbre, y es que lo más cómico de todo es que, es tan descarado, que la forma de entrar a formar parte de la cotidianeidad casi parece hasta sutil.

Quizás, las democracias nos hayan idealizado demasiado el modo de vida liberal occidental, y tendemos a pensar que, todos aquellos lugares que salgan de ese marco que tenemos preconcebido, son sitios en los que las personas son infelices y viven continuamente oprimidas.

Sin embargo creo que todo esto va mucho más allá de la represión física como tal, depende de otras cosas como los símbolos, las costumbres que se crean en las personas y en la definición de lo que es correcto y lo que no: en Turquía la gente sigue su vida feliz, como si nada pasase, van al mercado, ven el fútbol, salen a dar paseos por la calle… al fin y al cabo necesitas ser consciente de tu opresión para sentir la necesidad de revelarte contra tu opresor, y en ese principio es donde Erdogán surfea, como casi todos los dictadores, la ola del poder.

Después de todo, como diría el libro: «(Las personas) Hasta que no tengan conciencia de su fuerza, no se rebelarán, y hasta después de haberse revelado, no serán conscientes de que tenían la fuerza suficiente para hacerlo» y define perfectamente el poder de un régimen, el cual consiste en «hacer pedazos las mentes humanas y volver a unirlas en nuevas formas que él mismo elija» y es que, es a través del control de los deseos de la gente donde se sostiene la fortaleza de un régimen, pues ninguna sociedad apoyará ciegamente a quien le oprima abiertamente de la manera que la turca (como muchas otras) apoyan el suyo. Toda organización social necesita del apoyo popular para sobrevivir. Ya fuimos testigos con la primavera árabe de que, por mucha represión que ejerza el Estado, cuando una chispa de concienciación con la situación de opresión germina en la sociedad, la revolución es imparable.

Policía turca a las puertas de la Mezquita Santa Sofía

Los dos Minutos del Odio

En Turquía, al igual que en 1984 se proyectan imágenes de ciertos enemigos a los que la población pueda orientar el odio que siente, son recurrentes los informativos con este tipo de noticias, unos enemigos que nunca nadie ha visto y que a nadie han ofendido. En Turquía, más allá de inventarlos, son buscados a conciencia. Son unas caricaturas a las que culpar de todos los males nacionales, como el mal hacer de la economía o la depreciación de la Lira, las malas infraestructuras o los deficientes servicios públicos, unos enemigos, que en el caso turco (Unión Europea, Rusia, Armenia, los países árabes…) van variando según lo vaya marcando la agenda. Una estrategia perfectamente orquestada para evitar que la ira social se dirigiera contra las instituciones nacionales.

Una de las cosas que más me llamó la atención de estar en Turquía fue ir andando en plena avenida Istiklal y fijarme en la televisión de un bar para ver que, en una tertulia de televisión, como si del Chiringuito de Jugones o el Salvame Delux se tratase, estaban discutiendo sobre la guerra de Armenia, o entrar a hacer unas copias a una copistería y ver que la persona que lo regentaba estuviera viendo como los políticos debatían en televisión sobre el mismo problema y que durante los días siguientes, como si de champiñones se tratase, comenzasen a aflorar más y más banderas de Azerbaijan por las calles y fachadas de los edificios en apoyo a sus hermanos nacionales.

Da miedo ver cómo tantas facetas de ese libro que escribió George Ormwell hace 72 años se adapten tan bien a la realidad de Turquía, y es preocupante que, cada vez más, haya pulsiones más y más grandes para convertir a las sociedades occidentales en regímenes como los que Ormwell nos describe.

Quizás lo que toda dictadura esconde es ese principio tan propio de Hobbes, la necesidad continua de buscar un régimen que termine con la inseguridad que sufre el individuo en sociedad, el tener un régimen absoluto como solución a todos los problemas. Es en este punto donde tienen tanto éxito los regímenes totalitarios: hacerle creer a su población que, sin el control del Estado y el orden que este ha establecido, la sociedad está perdida.

El tema de discusión no es tanto la libertad física y la libertad de expresión como lo son la libertad mental y la posibilidad de tener un pensamiento crítico. Esos son los mayores retos que afronta la sociedad de nuestra era, la cual no solamente ha de hacer frente al auge de los populismos, sino también a la creciente hostilidad hacia occidente por parte de regímenes como el chino, el ruso o el turco.

Eso es lo realmente peligroso detrás de ese “Con Franco se vivía mejor”.

Estudiante de Relaciones Internacionales de la URJC

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