Desde aquel día hace cuatro años

Hace cuatro años estaba terminando el instituto y me indignaba por cualquier cosa. Me gustaba la política, pero no sabía lo que era la política realmente, más allá de una amalgama de hechos aislados y titulares potentes. Hacía poco tiempo que había decidido qué quería estudiar y pensaba que tenía las cosas claras. Quizás en ese momento las tenía y las dudas vinieron después, como si la madurez consistiera en ir sumando preguntas sin respuesta y derribando verdades absolutas. 

En 2016  asistí a mi primer seminario y lo hice con mucha más ilusión que los que vinieron después, aunque en las circunstancias actuales los recuerde con nostalgia. Me senté en un salón de actos y respiré  universidad, respiré política y  supe que estaba el lugar en el que quería estar. Estaba en el Aula Magna  de la Carlos III, embriagada por una situación extraña, como si me estuviera asomando a una ventana al futuro. No me equivocaba, tenía la vista puesta en la que será una de las mejores etapas de mi vida. Pero ese día aprendí algo más: la vida es una auténtica incertidumbre, no podemos ver en una bola de cristal lo que va a pasar y hasta el aleteo de una mosca puede alterar el rumbo de nuestra existencia. Y sí, aquella pequeña lección de vida, es aplicable al mundo político, porque la política está hecha por y para personas inquietas, impredecibles y cambiantes. 

Esa imprevisibilidad, que es una de las características más hermosas de la raza humana, supone un auténtico quebradero de cabeza para economistas y académicos que llevan años adoptando la posición de “gurús del futuro”  omnipotentes que todo lo ven y todo lo saben, y que luego se llevan la mano a la cabeza porque el elemento “n” no había sido previsto en sus cálculos. Ni el mejor de los analistas hubiera vaticinado en 2016 que unos supuestos murciélagos en una región remota de China fueran capaces de sumir al mundo en una pandemia interminable que nos ha obligado a cambiar nuestro modo de vida por completo, y que irrumpió en plena primavera para romper todos nuestros esquemas y acabar con nuestro adorado hedonismo juvenil y  encerrarnos entre cuatro paredes.

Ningún asesor  de ningún gobierno del mundo pudo ni de lejos imaginar este panorama sanitario y a muchos políticos, incluyendo al “número 45” (como algunos vienen a llamar al todavía Presidente) les ha venido grande la situación. Algo parecido ocurrió en 2016, poca gente quiso ver lo que se estaba caldeando en Estados Unidos.  La victoria de Trump fue un hecho tan insólito en el panorama internacional que la facultad de Getafe decidió  convocar un debate-coloquio, Francis Fukuyama tuvo que cambiar su discurso y una niña de dieciséis años se durmió a las 5 de la mañana intentando digerir que los buenos no siempre ganan,  lo lógico no es siempre lo habitual y un señor con la cara naranja era el nuevo presidente del país cuya bandera llevaba grabada en llaveros y estuches. 

Había pasado toda la noche en vela viendo como un señor con peluca y gorras ridículas derrotaba a la que habría sido la primera mujer presidenta de los Estados Unidos de América. Voy a ser sincera, ni siquiera me gustaba Hilary Clinton, su mayor potencial era no ser Trump. Como yo, muchos americanos se decantaron por aquella señora rubia  sin personalidad ni carisma, que representaba el continuismo y a las grandes élites, pero que era la opción menos mala ante un futuro catastrófico. Donald Trump era el candidato más ridículo posible, pero para muchos estadounidenses representaba su rabia contra el establishment  y la vuelta al individualismo norteamericano. Era la viva imagen de la pataleta del hombre blanco de clase media que ve su posición amenazada por las libertades y el reconocimiento de los que antes le besaban los pies. 

El resultado electoral me sorprendió muchísimo, no voy a negarlo, al igual que  el que se está produciendo a día de hoy. Yo no voy a sumarme a esa moda de adivinos locos que a base de manuales y teoría social creen saber lo que pasa en el mundo. Pero lo cierto es que, a pesar de todo, aquel día hace cuatro años pequé de ingenua. A mí nadie me había enseñado a ponerme en el lugar del otro, y no me refiero a esa frase tan bonita de “no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti mismo”, sino a realmente ser capaz de analizar una situación como ésta desde la perspectiva del campesino de Massachusetts, un  ejecutivo de Manhattan o cualquiera de los tópicos norteamericanos que podamos imaginarnos. Para mí, Donald Trump simplemente era ridículo porque decía cosas ridículas, como levantar un muro enorme, echar a todos los inmigrantes ilegales o decir que el cambio climático era una farsa. Pero el entonces candidato no hablaba de forma aleatoria, ni decía disparates no premeditados, sino que se dirigía a sus posibles votantes, bailándoles el agua a base de lemas cortos y musicales como “make America great again” y otras tantas  frases hiperbólicas que canalizaban su rabia y odio a las instituciones sin los formalismos de la política clásica. 

Cuando Donald Trump llegó a la Presidencia, yo era una estudiante de instituto que había empezado a escribir sus primeras “cosillas” y que leía los libros que robaba a su  padre o que compraba con la paga del mes. No sé qué hubiera respondido la niña (no tan niña) de entonces, si alguien le hubiera dicho que todo aquello no era un chiste ni un caso aislado. En los libros de texto las historias empiezan y terminan, las guerras y las tragedias no son eternas y al final se impone la cordura. No nos hablan de fronteras que son cicatrices, no nos dibujan vallas que dividen y derraman sangre y lágrimas, nadie describe escenarios tan cruentos como naufragios en los que mueren centenares de personas o jaulas de niños – literalmente jaulas de niños- que son separados de sus padres a las puertas de “el país de la libertad”. 

Aquel año ya veníamos con el susto de haber visto como Reino Unido votaba a favor de su escisión de la Unión Europea, pero los más “progres” (qué dirían los que no) nos daban un sorbito de esperanza: el exaltado candidato acabaría por moderarse e  Inglaterra volvería a sus cabales también. Sin embargo Trump ha terminado su mandato superando un impeachment y multitud de escándalos con la fuerza suficiente como para mantenernos en vilo en unos comicios especialmente reñidos,  Reino Unido sigue estancado en su Brexit sin fin y la estela del populismo de extrema derecha se ha expandido a la velocidad de la luz por toda Europa dando paso a un periodo histórico marcado por un claro retroceso democrático y políticas proteccionistas, que han venido a resquebrajar el proyecto europeo y abrir nuevos frentes de inestabilidad internacional.  

La victoria de Donald Trump fue algo más que la llegada de un loco con peluquín al Despacho Oval. Una persona poco ética, acusada de abuso sexual, con una hemeroteca detestable plagada de mensajes racistas, misóginos e inverosímiles había sido capaz de llegar a lo más alto en lo económico y político del país más poderoso del mundo y lo había hecho a base de tweets, mensajes fáciles y un sinfín de mentiras que repetía y repetía por mucho que fueran desmetidas. A lo largo de estos años hemos visto insultos a periodistas, expulsiones de ruedas de prensa, censura en actos institucionales. El aún Presidente de la Casa Blanca ha iniciado una campaña dura y directa, no contra los medios de comunicación, sino contra la información y la verdad. Las redes sociales han sido su ambiente preferido, donde insultos y bulos campan a sus anchas sin ningún tipo de control. Decía que a aquel proceso electoral de 2016 llegué con las ideas claras y con un proyecto de futuro, pero a lo largo de estos años yo y muchos hemos aprendido a base de golpes. Durante todo este tiempo he visto cómo los periodistas eran juzgados y señalados, cómo sus preguntas molestaban y cómo, algunos, en vez de hacerles el trabajo sucio a personas como Trump, se revolvían en su asiento con el micrófono en la mano y se negaban a abandonar la sala o dejar de repetir su pregunta hasta obtener una respuesta. A veces el camino que uno espera, se ve truncado por el aleteo de una mosca, un soplo de aire o una pregunta incómoda que te hace pensar. 

Empecé a escribir este artículo ayer en la madrugada, a la vez que  afloraban los primeros sondeos y cundía el pánico al ver el empate entre candidatos. Nunca he sido muy devota de la cultura anglosajona, me gusta la literatura nacional y me aburre el Pop en inglés, pero a pesar de lo que yo quisiera, los colegios siguen siendo bilingües, el premio Nobel de literatura es Bob Dylan en vez de Sabina y lo que pasa en Estados Unidos sigue sacudiendo al mundo entero. Por eso esta noche, como si el tiempo se hubiera congelado, estaba sentada en el mismo sofá que hace cuatro  años trasnochando por saber qué iba a pasar en aquel país lejano de costumbres extrañas. 

Dicen que con los años se pierde la capacidad de sobresalto, yo discrepo y ayer vi la noche electoral embriagada por la tensión y la épica teatral de los especiales televisivos, en la que hasta salió elegido un candidato que había fallecido. Aun así, tengo que reconocer que no pude evitar darme al escepticismo, porque aunque a estas alturas Donald Trump tenga un pie y medio fuera de la White House, la huella de su paso por el mundo de la política será aún más difícil de borrar. Puede que Trump se vaya, pero ni yo volveré a ser la que era antes de su inesperada elección, ni el culto exacerbado a su persona y lo que él representa desaparecerá de la noche a la mañana. Trump, si se va, lo hará sin perder, rechistando y con amenazas, como no podía ser de otra manera. Sembrando la duda, negando la verdad y dando guerra. Nosotros tenemos otros cuatro años por delante para sorprendernos, indignarnos y seguir aprendiendo qué es esa cosa que algunos llaman política.

Miembro de la Junta Editorial de Revistaincognita.com
Estudiante de Ciencia política y administración Pública + Periodismo

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