El parlamentarismo, cortafuegos antifascista

Autor: Marcos H. de la Morena

En el mundo de la inmediatez, y del “ayer no es noticia”, queda lejos ya el estrepitoso fracaso de la moción de censura de Vox. Y, de todas las conclusiones que pueden sacarse de los dos intensos días de debate y sus resultados es que, por primera vez en la historia de España, la derecha tradicional conservadora que encarna el Partido Popular se ha puesto en el bando enfrentado a esa extrema derecha reaccionaria, racista y xenófoba que dirige Santiago Abascal al compás de Salvini, Le Pen, Orban o Trump.

Pese a que el tema pueda parecer ya atrasado, arrastrada su trascendencia por la imperante actualidad de cierres perimetrales y vuelta a los confinamientos, lo cierto es que, por unos hechos o por otros, el ambiente polarizado que representan dos bandos, uno democrático y otro que aparenta serlo —pero le gustaría poder decir sin problemas que no lo es— continúa creciendo. Hace una semana, el diputado por Ciudadanos en las Cortes valencianas, Toni Cantó, pronunciaba un discurso que a sus socios europeos horrorizaría. El ex actor, haciendo gala de un presumido desconocimiento de la tradición política tras 1945, profundizaba en que, si bien no estaban de parte “de los fascistas”, tampoco estaba del lado de los antifascistas. Su argumento se basaba en que, para él, esos antifascistas eran “los de Bildu o la CUP”, y por tanto, no quería tener nada que ver con ellos. Un razonamiento con el que Emmanuel Macron se echaría las manos en la cabeza.

Porque sí, Europa es antifascista, y el ideal de la UE es precisamente la consecución de una unión basada en la democracia, la tolerancia, y el rechazo a los autoritarismos. Y se creó como mayor solución para evitar cometer los errores del pasado. Ningún socialdemócrata, liberal o conservador en el Viejo continente —que comprenda de verdad lo que significa defender sus ideales— podría pensar jamás en no identificarse como antifascista. El problema en España, no obstante, es el que ha sido siempre: que aquí, la dictadura ganó. Y la cultura política en nuestro país se ha creado desde hace décadas asociada a esa tradición demagógica y facilona de “en la guerra todos fueron malos”, lo que cada vez ha restado más importancia a los crímenes del franquismo, y su normalización ha sido el caldo de cultivo más potente para el auge de la extrema derecha.

De hecho, el ejemplo más claro está en las calles. Los monumentos en honor a Indalecio Prieto y Largo Caballero han sido vandalizados por segunda vez, mientras por las noches, grupos neonazis perfectamente organizados montan barricadas en la Gran Vía de Madrid, en Málaga, en Logroño o en Burgos, generando disturbios e inseguridad con la excusa a las espaldas de ser “españoles cabreados”. Y por eso les defiende Vox.

Pero precisamente por eso, la postura de Pablo Casado en la fallida moción de censura se vuelve tan importante en estos momentos. Porque es la primera vez que el PP no va de la mano con quien suele ir, igual que es la primera vez que, ante una situación violenta contra el Gobierno socialista, no echa más leña al fuego, sino que condena a los atacantes. Tampoco es necesario engañarse, porque en Génova no se han vuelto de centro de la noche a la mañana. Pero con posturas así, Merkel y sus socios comunitarios sonríen. Al fascismo se le derrotó en el siglo XX con la fuerza del parlamentarismo y de la democracia, desde cualquiera de los partidos que rechazasen las tiranías.  Y es una lección que no ha de olvidarse dentro de nuestras fronteras.

No hay que ocultar la realidad. La extrema derecha crece por momentos, y su amenaza para las sociedades democráticas no se ha borrado de sus líneas maestras. Que concurran a elecciones no les quita ni un ápice de ideología, ni de búsqueda del totalitarismo. Autores recientes, como Levitsky y Ziblatt, corroboran en Cómo mueren las democracias (Ariel, 2018) que “en la actualidad, el retroceso democrático empieza en las urnas”, y la historia confirma dicho argumento. Por ello, la mejor herramienta para apagar el incendio ultraderechista son los propios parlamentos. Cuando Vox encienda la mecha, la estrategia a seguir por esos 298 diputados que no son los suyos ha de ser, cuanto menos, la del espacio constructivo. A los gritos, medidas. A los insultos, propuestas. Agua desde los escaños, no gasolina.

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