Justicia a primera vista

Alba Orche

“Nos concentramos en lo que conocemos e ignoramos lo que no conocemos, lo cual nos hace confiar demasiado en nuestras creencias”. Esta es una cita del libro Pensar rápido, pensar despacio (2011) del psicólogo y economista israelí, Daniel Kahneman. A lo largo de su carrera, se ha dedicado a analizar y estudiar los sesgos del pensamiento humano. Traigo a colación su trabajo en el presente artículo para ilustrar una importante laguna en la evaluación del ejercicio de las funciones de jueces y magistrados en España.

Desde la década de los sesenta, en el mundo anglosajón ha proliferado la literatura volcada en examinar los errores en los que incurren los sujetos a la hora de procesar información. Si bien es cierto que la tendencia natural es simplificarla y así adaptarla a un mecanismo eficaz de toma de decisiones, es preciso subrayar las deficiencias que presenta dicho proceso y de las que ni siquiera el propio individuo es consciente. La valoración de su incidencia en las decisiones judiciales es una cuestión de suma relevancia en Estados Unidos. Sin embargo, en nuestro país no se han tomado en consideración tales cuestiones. 

El mero debate resulta incómodo, pues hay quien interpreta que se pone en duda, ya no la labor, si no el criterio de quienes ejercen la función jurisdiccional. Nada más lejos de la realidad, querer librar a una persona de tales sesgos, en base al trabajo que realiza, supone una pretensión absurda de deshumanización o de idolatría, que en cualquiera de los casos, constituye una equivocación. En las siguientes líneas me dispongo a explicar cuáles son algunos de estos sesgos, sus repercusiones en la práctica del Derecho penal, y la relevancia de investigar en estos términos en nuestra ciencia jurídica. La información en la que me baso ha sido obtenida del estudio Judgement under uncertainty: Heuristics and Basis, de Tuersky y Kahneman (1974) y La influencia de los sesgos cognitivos en las decisiones jurisdiccionales: el factor humano. Una aproximación, de Arturo Muñoz Aranguren (2011)

El primero de ellos es el denominado procedimiento heurístico de la representatividad. El sujeto incurre en errores estadísticos y matemáticos a la hora de calcular una probabilidad, fenómeno que resulta ciertamente frecuente en la evaluación de los testimonios de las partes por jurados y tribunales. Ello se debe a que cuando le pedimos a una persona que realice un juicio categórico (en el sentido de escoger o ubicar algo en una categoría, entendiéndose por tal un grupo o clase), tiende a deducir que la evidencia concreta que se le presenta es representativa de la categoría ¿y esto que quiere decir? vamos a verlo con un ejemplo. Pongamos que un magistrado tiene que decidir si el imputado en juicio por blanqueo de capitales es culpable o inocente (estas son nuestras categorías). Una de las evidencias que va a analizar para decantarse por una u otra opción es la actitud de este a lo largo del juicio. Si se muestra tranquilo, se inclinará a pensar que es inocente. Si, por el contrario, está nervioso, se inclinará a pensar que es culpable. De este modo, si la evidencia es representativa o similar a la categoría, el sujeto tiende a decantarse por la categoría en sí. 

Por otra parte, está el procedimiento heurístico de la disponibilidad. Aquí, el individuo valora la probabilidad de que algo ocurra en base a la facilidad con la que es capaz de evocar ejemplos de situaciones similares a la que acontecen. Un supuesto práctico claro sería el siguiente. Si en un investigado en el proceso penal concurren algunas de las características que habitualmente el magistrado ha observado en personas que finalmente han sido condenadas, de nuevo, tiende a pensar que el individuo que tiene delante, debe ser condenado. Así, evocará ejemplos pasados que refuercen su tesis, porque resulta un ejercicio mental bastante más sencillo que evocar contraargumentos que refuten el que él, inconscientemente ha decidido, que es el status quo. 

Finalmente, el último procedimiento del que hablaré hoy es el denominado de anclaje y ajuste. En este caso, el individuo realiza una estimación en base a una valoración inicial (anclaje) que va adaptando conforme obtiene información adicional. Esa valoración inicial ejerce una fuerza en ocasiones desmesurada sobre el juicio del individuo. He aquí la explicación empírica de por qué se han de cuidar tanto las primeras impresiones. En este sentido, afirma Salvador Coderech (2003) que dicho sesgo se agrava cuando las decisiones se toman en grupo, lo que me permite argumentar en contra de la figura del jurado popular. Asevera que, si tenemos un jurado de corte conservador, más severo y tendente a emitir un veredicto condenatorio, este pedirá una pena más alta de la que estaban dispuestos a solicitar individualmente cada uno de sus miembros. 

A tenor de lo expuesto considero que la doctrina española ha confiado demasiado en sus creencias en relación con la materia sobre la que ha versado este artículo. Ha dejado de lado que los jueces son, al fin y a la postre, miembros de una sociedad condicionados por ella, con sesgos cognoscitivos que influyen en sus decisiones, lo cual no es ni bueno ni malo, sencillamente es. Ignorar la realidad, no hace más que apartarnos de ella y el Derecho no puede permitirse semejante distanciamiento. Pretender colocar a jueces y magistrados por encima de las limitaciones de su condición humana es quizá volar demasiado cerca del Sol y no debería tentarnos la idea de jugar a ser Ícaro. 

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