#JuventudPresenteyVotando Javier Martín, Jóvenes Comunistas «Ni Garzón, ni Díaz pueden definirse como comunistas»

Javier Martín, Secretario General de Colectivos de Jóvenes Comunistas, como parte del proyecto Juventud Presente y Votando. Este proyecto, creado por Ideas en Guerra e Incógnita, tiene como objetivo incidir en la idea de que existe una juventud comprometida que participa activamente en cuestiones políticas. Mediante una serie de entrevistas a líderes jóvenes de distintos partidos, pretendemos llegar a entender las propuestas y demandas de la juventud.

Para comenzar nos gustaría hacerte una pregunta fundamental para la entrevista y a la vez muy personal, ¿qué es para ti la política?

Lo cierto es que la pregunta daría casi para una entrevista en sí misma. Si nos ceñimos a una descripción teórica se podría decir, muy simplificadamente, que los marxistas entendemos que la sociedad está conformada por una base, el modo de producción, sobre la cual se levanta toda una superestructura: el régimen y las instituciones políticas, así como las distintas formas de la conciencia y del pensamiento. La política sería así expresión de los intereses de las diversas clases en su interrelación mutua o, en palabras de Lenin, la “expresión concentrada de la economía”.

Esto lleva inevitablemente a entender que, en la sociedad actual, la sociedad capitalista, existen esencialmente “dos formas” de ejercicio político. Aquel orientado a la gestión y mantenimiento de la sociedad burguesa y aquel orientado a su superación. Nosotros, indudablemente, nos situamos en el segundo. Esta forma de entender la política implica que nuestra organización interviene en los distintos espacios de socialización de la juventud obrera y de extracción popular, aquella juventud objetivamente interesada en la superación de este sistema, para presentar el mapa general de la violencia del capitalismo, para explicar el fundamento de esa violencia y dar los primeros pasos para poder superarla. Esto implica un trabajo arduo y lento de cambio en las coordenadas hegemónicas, de generación de unas condiciones subjetivas que progresivamente se objetiven en distintas instituciones, estructuras, formas de organización y poder. O lo que es lo mismo: ir construyendo una alternativa, un tejido rojo frente al poder del capitalismo, de los centros de trabajo a los barrios, de los barrios a las universidades, de las universidades a las fábricas, etc., en combate constante y sostenido contra el capitalismo hasta estar en disposición de superarlo definitivamente.

Desde una óptica más personal, mi acercamiento a la política se da alrededor de los 16 años. Por aquel entonces, estamos en 2011, comenzaba una ola de protestas y movilizaciones contra las consecuencias de la crisis de 2008. Veníamos de las luchas contra el Plan Bolonia, estallaba el 15M, la huelga general de 2012… Aquella atmósfera me empujó a una participación y reflexión política más activa, lo que implicaba también comenzar leer y estudiar a determinados autores. En 2012 es cuando política y vida se funden a través de la militancia en los CJC, año en el que entro además en la universidad y comprendo, como diría Pasolini, que no hay nada más bello que inventar día a día el lenguaje de la protesta.

COVID, actualidad

Empezamos por lo que más atención mediática y social ha despertado: la pandemia del COVID19. A grandes rasgos, ¿qué valoración haces de esta situación y de las medidas tomadas por el gobierno? ¿Cuál es la posición de la juventud de cara a enfrentarse a esta nueva crisis?

Es curiosa la indignación que causó Ayuso cuando dijo aquello de “no se trata de confinar al 100% para que el 1% se cure”, pues la indignación solo podía venir de la claridad con la que se mostraba la lógica subyacente en todos estos meses de gestión de la pandemia. ¿No es acaso esa la misma lógica que subyace en aquello de “aprender a convivir con el virus” del Gobierno? Lógica que se puede resumir en: estamos dispuestos a aceptar un amplio número de muertes con tal de que no pare la economía. Por ello hay una esfera siempre intocable, el trabajo. Y esa esfera es además hoy más intocable aún de lo que era en marzo, por la profunda y grave crisis económica acelerada por la pandemia. Crisis que les deja sin margen y que obliga a que se trate de limitar al máximo cualquier tipo de contacto o relación social, a veces con medidas de lo más absurdo y disparatado, con tal de no tocar la economía, con tal de no parar la producción. Y así estamos estos días, confinados para vivir y hacinados para producir.

Al final ese es el asunto fundamental, la lógica que subyace hoy y siempre, con pandemia y sin pandemia, en la nueva y en la vieja normalidad, es la misma y sobre ella se construye todo el edificio político-social: por encima de todo y todos están los intereses, la libertad para explotar y enriquecerse, de un puñado de grandes empresarios, de capitalistas. Y el Gobierno socialdemócrata gobierna y gestiona sobre los márgenes de posibilidad que ofrece el capital, cueste las vidas que cueste. Por desgracia pocas veces se muestra esto con tan terrorífica claridad como en estos meses de pandemia. ¿Cómo se explica sino que se abriese el verano a la actividad turística a pesar de que los riesgos en términos de salud pública eran evidentes? Como gestores de una sociedad que se construye sobre el beneficio de ese puñado de grandes empresarios, no pueden permitirse su hundimiento.

La comparativa con las medidas que, dentro de esos márgenes, hubiesen tomado otras formaciones políticas, con otros modelos de gestión del capitalismo, es una de las claves que utiliza el propio gobierno para apuntalar el consenso social. Pero eso no oculta la coincidencia en lo fundamental, en el cumplimiento de esa lógica del capital. De hecho, ese consenso, reforzado por esas medidas paliativas para tratar de evitar un empobrecimiento y una miseria masiva, garantizan el normal y correcto desarrollo de la propia sociedad burguesa en su conjunto, que es de la que ellos son gestores y garantes.

Y en mitad de todo esto, la juventud tiene un papel muy específico. La juventud trabajadora se ha evidenciado, a lo largo de esta crisis, como punta de lanza de un proceso de intensificación y “modernización” de la explotación. Si el proceso de empobrecimiento ha sido profundísimo, más lo ha sido a nivel juvenil, que casi en la clandestinidad, entre las sombras, ha sufrido despidos masivos hasta alcanzar el 40% de paro juvenil. Para despedir a un joven, por mucho que se cacarease que “el despido estaba prohibido” bastaba con no renovarle o decir que no había pasado el periodo de prueba. Y esa realidad, que se encuentra indisolublemente ligada a ese proceso de “uberización” de la economía, no es una cosa “exclusivamente juvenil”, es una realidad que amenaza con extenderse al conjunto de los trabajadores y trabajadoras y que arrasa con las pocas medidas de protección y defensa que teníamos en el trabajo. Y esto, claro, se encuentra interrelacionado con formas de violencia contra la juventud en otras esferas. Somos manos de obra a demanda, barata y fácil de despedir, lo que implica una inestabilidad y miseria que refuerza las dificultades de emancipación, las dificultades para acceder a determinados estudios y conocimientos, y un larguísimo etcétera.

También se ha utilizado mucho a la juventud como chivo expiatorio, los fiesteros, los irresponsables etc. ¿Es lógico juzgar a la juventud como un todo, como un ente homogéneo?

Evidentemente no. La juventud, en tanto que, definida por un criterio de edad, está atravesada por esos distintos intereses vitales de clase que decía en la primera pregunta. Los intereses del hijo del dueño de un banco no tienen nada que ver con los intereses de la hija de una limpiadora.

Pero pasando a la cuestión de la criminalización, creo que es fundamental evitar toda respuesta simplificadora y demagógica si queremos entender realmente la cuestión de manera no unilateral. Lo primero que hay que señalar es que no pueden elevarse las anécdotas a paradigma, menos aun cuando tienen un sentido claro de exoneración, de culpabilizar y estigmatizar a un sector social para librar de culpa no ya a los distintos gobiernos sino al propio funcionamiento del sistema. Esa voluntad constante de buscar chivos expiatorios es el corolario de lo que he dicho anteriormente: si debo limitar toda interacción social “no necesaria” en un sentido “productivo”, es decir, de generación de beneficios, la consecuencia lógica es que busque un culpable si las medidas de restricción no logran las mejoras, porque lo que no puedo decir es que en el día a día sigue habiendo gente hacinada en el trabajo y en el camino al mismo, porque esa esfera no la puedo tocar. Esto se podría resumir en que se pone el foco en las actitudes egoístas individuales para evitar tocar el egoísmo que es estructural, que es la base de todo el sistema.

Esta apelación a la responsabilidad individual se hace además obviando, invisibilizando, los condicionantes sociales y materiales que generan o empujan a esas actitudes. Me viene a la cabeza el ministro Illa hablando de los padres “irresponsables”. Claro, hablar de los “padres irresponsables” que llevan a su hijo con unas décimas al cole es sencillo, hablar de que el Gobierno dejó en manos del jefe de turno y a costa del salario en un momento de empobrecimiento general la posibilidad de conciliar… es algo más difícil. El asunto es que el individualismo y la inmediatez no son más que expresión de esa lógica que socializamos, con la que convivimos y que lógicamente en ocasiones también reproducimos inconscientemente. Es la lógica del capitalismo, como he comentado en la respuesta anterior, ni más ni menos. Pero poner el foco en ello tiene un interés político claro, más aún cuando son casos que no pueden ser catalogados de paradigmáticos ni de mayoritarios. También son jóvenes, jóvenes de barrios obreros, los que han levantado redes de solidaridad y apoyo mutuo a lo largo de la pandemia, pero interesa menos.

Te queríamos preguntar sobre los últimos altercados provocados como reacción al Estado de Alarma. Fuimos testigos de escenas de vandalismo urbano, violencia contra la policía, destrucción de escaparates (…) ¿Cuál es tu posición respecto a esto? ¿Consideras que el endurecimiento de medidas restrictivas es necesario en estos momentos?

Creo que la posición se puede resumir en lo siguiente: el problema de las protestas de estos días no es la violencia o el vandalismo, sino las coordenadas ideológicas bajo las cuales se produce esa protesta y violencia. Nosotros no rechazamos la protesta violenta, no es propio de los comunistas ese pacifismo. El problema aquí es que el proceso tan acelerado e intenso de empobrecimiento de las capas medias, del pequeño y mediano negocio, genera una base social y un caldo de cultivo ideológico de enorme peligrosidad, pues ha sido históricamente el suelo social que ha aupado y generado a la ultraderecha y la reacción. La radicalidad “putchista” de estos sectores, ante el riesgo del empobrecimiento, de la proletarización, intensifica lógicas capitalistas, por ejemplo, esa idea de que la economía debe estar por encima de la salud colectiva, que su libertad para abrir su negocio está por encima de los evidentes riesgos sanitarios, pero con un plus de radicalidad ante el riesgo evidente de empobrecimiento.

Y como decía, esto es peligroso, porque genera que la ultraderecha y el fascismo no solo se haya movido con facilidad entre las protestas, sino esencialmente que las ideas de ultraderecha sean la brújula de buena parte de las protestas. No hay que minusvalorar ni la capacidad de VOX en alentar y jugar políticamente con movimientos de este tipo, ni el carácter espontáneo y relativamente autónomo de los mismos, en el sentido de cómo el contexto de crisis radicaliza a determinados sectores y posiciones (radicalización empujada por el contexto y facilitada por el trabajo ideológico de VOX) y genera un movimiento complejo que no puede entenderse simplemente como algo plenamente orquestado e instrumentalizado. Aunque sin duda alguna ahora mismo ahí está su electorado y sus mecanismos de oposición en las calles, porque aún hoy tiene plena capacidad de aglutinar y canalizar esa indignación.

Frente a esto es especialmente importante marcar una línea divisoria. Cuando ocurren fenómenos de este tipo, en periodos de crisis, es fácil que se produzca una identificación de sector, gremial, entre los intereses de estos propietarios y de sus trabajadores. Los trabajadores pueden verse a sí mismos solo como esa parte del capital, como fuerza de trabajo a servicio, como capital variable, y entender por tanto que los intereses de enriquecimiento a su costa de su jefe son también los suyos. Es fundamental arrancar a los trabajadores, sobretodo en sectores de alta composición juvenil como la hostelería, de esa influencia. Que comprendan que sus intereses no son los de su jefe, del que le hizo echar horas extras sin pagar bajo amenaza de irse a la calle el mes anterior, del que se hizo de oro pagándoles el salario mínimo, sino que son precisamente intereses contrarios.

Respondiendo a la pregunta de la restricción, es algo complejo. Si me preguntas si creo que hace falta endurecimiento de medidas restrictivas en el sentido de aumento de la militarización y presencia policial en las calles, de perfeccionamiento de los mecanismos de control social y represión del Estado, evidentemente te digo que no. A mí me importa poco la acción policial contra la ultraderecha, que, de hecho, cualquiera que se fijase e hiciese una comparativa hubiese podido ver la diferencia de trato entre las protestas de estos días y las movilizaciones obreras y populares. Ahora, medidas más restrictivas en un sentido sanitario, sí, paralizar la producción, por ejemplo, acompañando esa medida de inversión en mecanismos sanitarios de atención, rastreo, etc. Creo que los trabajadores y trabajadoras debemos demandar y exigir medidas que garanticen la salud colectiva, pero debemos hacerlo siempre en alerta ante cualquier posible refuerzo de mecanismos de control y represión, porque es indudable que la pandemia ha sido un campo de entrenamiento inmejorable para ese reforzamiento.

En las últimas décadas también estamos comprobando como en las generaciones jóvenes existe un clima de desafección cada vez mayor por la política. Además los estudios reflejan que los partidos de extrema derecha (por ejemplo en Francia o en nuestro país) concentran a cada vez más votantes jóvenes. ¿A qué crees que se debe esto?

Yo no me atrevería a afirmar tan rotundamente eso de la desafección. De hecho, creo que en los últimos años diversos estudios demuestran un aumento del interés político en los jóvenes. El problema es que ese mayor interés se canaliza por las vías que, a priori, parecen las únicas existentes: fundamentalmente a través de las redes sociales, como espacio de acción más simbólico que transformador si no se integra dentro de una práctica efectiva y, por supuesto, el voto.

Creo además que hay que ser especialmente cautelosos con eso de la desafección política y su demonización. En las últimas semanas hemos visto cómo en los Estados Unidos desarrollaban toda una campaña política de fetichización del voto y el parlamentarismo frente a la “desafección”. Aquí en España ocurre algo parecido cuando salen todos los periodistas, intelectuales y políticos a atacar el recurrente y casi ya dicho popular de “todos los políticos son iguales”. Es cierto, no todos son iguales, hay diferencias entre unos y otros. Pero esa desafección, ese abstencionismo, en muchas ocasiones contiene un instinto potencialmente revolucionario, pues es expresión de desconfianza en el sistema parlamentario burgués, es desconfianza por efecto de la pura experiencia, de que sus intereses no están representados en el parlamento y en sus partidos, y de que al final hay un acuerdo en lo fundamental entre unos y otros. Te pongo un ejemplo: a lo largo de este año 2020 ha habido una media de 162 desahucios por cada día hábil aun habiendo estado parada la actividad judicial. Qué pueden sentir respecto a la política oficial aquellas familias que han sido sacadas de sus casas y que han tenido que escuchar a la vez como el Gobierno se daba golpes en el pecho por haber parado los desahucios. Es de un cinismo y una desfachatez que lógicamente genera un alejamiento casi insalvable. A quienes sientan esta desafección la clave está en demostrarles que hay “otra política”, la nuestra, la de los suyos, para que ese instinto no se convierta en pesimismo o indiferencia, sino en acción y conciencia.

Hay otro antipoliticismo que sí es profundamente reaccionario. Es aquel que se dirige a la negación de toda forma democrática, de toda forma de “control” o mecanismo de expresión popular. El que defiende el gobierno de los tecnócratas, de los expertos, y el que defiende la idea del cirujano de hierro, del control autoritario. Ambas destinadas a “restringir” la ya de por si estrecha democracia liberal para garantizar una determinada forma de gestión del capital.

Con respecto a la juventud y la extrema derecha, es cierto que existe una particular relación, que además puede rastrearse históricamente. El discurso de la ultraderecha o el fascismo tiende a presentarse, como decía Gramsci en las Tesis de Lyon, como plan de conquista del Estado en oposición a los viejos estamentos dirigentes. Ese discurso reaccionario de renovación, de nueva vía, de regeneración frente a los “viejos” gestores, se engalana de una retórica de radicalismo juvenil que suele ser precisamente atractiva para los sectores juveniles de su base social. Aquí de nuevo hay que tratar de no ver a la juventud como un ente homogéneo. Pero sí es cierto que, dentro de su base social histórica, fundamentalmente la pequeña burguesía, es a los sectores juveniles, más propensos al radicalismo, menos influidos por la vieja retórica, con aún menos cosas que perder, a los que más fácilmente atrae.

Actualidad del comunismo

Por primera vez en nuestra democracia, dos ministros de esta legislatura (Yolanda Diaz y Alberto Garzón) se declaran abiertamente comunistas ¿consideras que es posible la lucha en las calles al mismo tiempo que se ocupa un alto cargo público?

Bueno, no sé si abiertamente, la verdad, Yolanda decía que ser comunista “era complejo” … Pero más allá de bromas y de que yo considero que ninguno de los dos puede definirse como comunista, al respecto del binomio calles-instituciones lo que creo es que debemos superarlo. Nuestra política debe moverse en una temporalidad y geometría distinta. El binomio calles-instituciones es el clásico de la socialdemocracia, que hace su política en el parlamento y utiliza los movimientos económicos de masas como medio de presión parlamentaria. Como decía antes, creo que nuestra política, la de los comunistas, debe ser algo distinto, debemos buscar la generación de, digamos, contrapoderes, politizar los espacios de vida y trabajo, politizar la cotidianidad, la vida social, generar estructuras, instituciones y organizaciones de todo tipo, de combate, de cultura, de estudio, etc., y coordinarlas y concentrarlas intensamente. Volviendo a Gramsci esto significa “crear ya desde ahora una verdadera y propia democracia obrera en contraposición eficiente y activa con el Estado burgués.”

Y tiene una temporalidad distinta porque no busca un efecto inmediato en términos parlamentarios sino hacer que la clase obrera y sectores populares seamos capaces de construir poco a poco una alianza, un frente que sea a su vez una sociedad organizada y educada en disposición de asaltar el poder y construir un país para la clase obrera. Dentro de esto, los comunistas debemos recurrir a todos los medios disponibles para hacer agitación sobre la clase, para denunciar, como decía en la primera pregunta, la violencia del capitalismo, desnudar sus contradicciones, presentar la posibilidad de su superación… y eso incluye la posibilidad de la presencia en el parlamento, pero nunca como medio de emancipación sino como medio de agitación.

Tú eres joven y comunista. El comunismo recibe golpes a diario, ya sea desde las intervenciones políticas en el parlamento, los medios de comunicación… ¿Cuál es tu respuesta a los que afirman que el comunismo hoy en día es algo caduco?

Pues voy a ser bastante breve porque ya me he extendido bastante en las anteriores respuestas. Por una razón muy simple, aún nadie ha encontrado una vía distinta entre el capitalismo y el socialismo-comunismo, y los que alguna vez han anunciado haber descubierto tal cosa solo han presentado fórmulas distintas de gestión del propio capitalismo. No hay posibilidad tercera, es el poder de la patronal, de la burguesía, o el poder de la clase obrera, cualquier medianía es un cuento.

¿Crees que el comunismo ha pecado resultar excesivamente teórico renunciando de esta manera al pragmatismo y a la acción en los últimos años?

No creo que ese haya sido el problema. La sensación, que entiendo que motiva la pregunta, de que el marxismo se ha alojado en las últimas décadas (en algunos países) solo en la Academia universitaria, en una elite intelectual, reduciendo en muchas ocasiones al marxismo a una suerte de epistemología, es resultado de un proceso de crisis profundo en el seno del movimiento comunista internacional. En España esta crisis adquiere la forma del eurocomunismo, que implica la desaparición del Partido Comunista, no en tanto partido, pero sí en tanto comunista. Recuperar el Partido en mayúsculas, el partido que sea a su vez país en el país, como decía Pasolini, implica comenzar por un ejercicio de realismo político, de humildad militante: saber desde dónde empezamos, reconocer bien nuestras fuerzas y comenzar a caminar según un plan que nos sitúe las prioridades del momento y el horizonte. Esas prioridades creo que, sin duda, se sitúan en recuperar la presencia  y la fusión del Partido con la clase en los centros de trabajo, en el seno de la contradicción capital-trabajo. Por eso nosotros hablamos de la política del “giro obrero” y el PCTE celebró hace unos días su II Conferencia de Movimiento Obrero y Sindical. Y ese recuperar al Partido implica recuperar también, claro, la elaboración teórica orgánica, esto es, una teoría que esté conectada con la acción, que con la ayuda indudable de los que nos precedieron sepa analizar lo concreto y dar siempre el salto a una práctica revolucionaria, conocer transformando y transformar conociendo.

En la última década hemos presenciado cómo la extrema derecha se ha visto muy fortalecida en la mayoría de países democráticos consiguiendo grandes porcentajes de representación. ¿cúal es la manera apropiada de lucha contra la extrema derecha? ¿crees que la caída de Trump frenará el avance?

No creo que la caída de Trump frene el avance porque no creo que el motivo del crecimiento de la ultraderecha sea Trump, Trump es más bien efecto que causa, aunque indudablemente ha implicado un reforzamiento y propagación de tesis ultraderechistas. El avance de la ultraderecha se fundamenta, como he dicho antes, en un determinado contexto social que favorece nexos de identificación de un sector poblacional con una propuesta de gestión del capitalismo.

La manera adecuada de luchar contra ello… pues creo sería un tanto pretencioso pensar que tengo la receta perfecta. Pero sí estoy convencido que debe empezar por lo que decía antes, por enfrentar las tesis ultraderechistas y reaccionarias no solo en su expresión, digamos, ya organizada, sino también confrontarlas ideológicamente en cada espacio y ámbito en el que se manifiesten, aunque sea aún de forma desordenada y débil. La posibilidad de vencer el crecimiento de la reacción se dará en la medida de que nosotros seamos capaces de generar esa conciencia y organización en los centros de trabajo, los institutos, los barrios, etc., esa organización que genera nuevas relaciones, una nueva intuición de la vida en la que no tengan cabida las posturas reaccionarias y que ahogue toda idea reaccionaria en cuanto asome, sin dejarla crecer. Solo así podemos generar un dique de contención a su propagación a la vez que una alternativa al propio capitalismo que la genera, que supura dichas formas e ideas reaccionarias. Es decir, creo que la posibilidad de la victoria frente a la reacción se encuentra en la medida en que seamos capaces de darle un carácter amplio, de masas, y organizado a dicha confrontación.

Bueno, todos hemos escuchado el eterno comentario de que se es revolucionario en la juventud pero con la madurez llega la moderación. ¿La voluntad de ser revolucionario se pierde al llegar a una edad determinada? ¿Qué factores fomentan este ciclo vital”?

Creo que, a la hora de hablar de la juventud, como ya comentaba, hay que huir de toda concepción de homogeneidad, así como de todo esencialismo. La idea además de una juventud revolucionaria y una madurez conservadora creo que está muy influida por una percepción generacional, esto es, la transición ocurrida en España entre el ambiente de lucha antifranquista y el posterior proceso de construcción del Estado del Bienestar y constitución de la clase media. Y también por una serie de particularidades muy universitarias. Pero hablar en profundidad de esto daría para una sola entrevista.

Creo, no obstante, que sí se puede decir que existen una serie de aspectos sociales específicamente juveniles, relacionados por ejemplo con ese despertar social (y con ello la menor presencia de mecanismos ideológicos interiorizados), que en ocasiones favorecen, entre los jóvenes de extracción obrera y popular, una mayor propensión o permeabilidad al aprendizaje y la acción revolucionaria. Por ello nosotros, por ejemplo, nos dividimos entre Partido y Juventud, entendiendo la Juventud como una escuela de cuadros, como una organización en la que a través de la acción y el estudio se forman los nuevos comunistas.

Para concluir, te proponemos que le envíes un mensaje a dos tipos de jóvenes. En primer lugar a la figura de un joven cada vez más común, el ciberactivista”, que solo muestra su interés a través de las redes y aún no ha dado el paso a la actividad real. En segundo lugar a un joven que aborrece la política de cualquier forma y no parece dispuesto a interesarse por ella.

Al primero le diría que no existe la actividad real e “irreal”, pero que la protesta en las redes sociales no solo es limitada e insuficiente, sino además fácilmente disoluble. Le animaría a dar un paso más, un paso hacia la militancia, y no esperar a ello, como decía Blas de Otero: “Mañana, mañana, mañana. Está bien, Está bien. Pero empecemos.”

Al segundo, aunque suene a tópico, le diría que si no hace política él la harán por él, o mejor dicho, contra él. Y decidirse a hacer política significa tomar partido. Y tomar partido por los suyos, por nosotros, por la clase obrera, implica un trabajo militante largo, lento y arduo por hilar ese tejido rojo enfrentado al capitalismo. Pero en esa orientación reside ya en potencia nuestra victoria, porque hasta una derrota en apariencia es un triunfo en esencia si después, en vez de uno, hay varios brazos levantados agarrando una tela roja como símbolo de esperanza.

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