El neosultanato de Erdogan

Erdogan como gran actor en Oriente Medio y Turquía como gran problema para la Unión Europea.

Turquía es ese país de Oriente Medio situado al final del Mediterráneo (o al principio del mismo, según se quiera ver), fundado en 1923 pese a tener cientos de años de historia imperial, que cuenta con el segundo ejército más grande de la alianza atlántica con 350.000 soldados, una superficie de 783.562 kilómetros cuadrados y una población de más de 82 millones de personas. Pero también es un país cuya economía se encuentra en caída libre por motivos que van más allá del coronavirus (paro estructural, inflación galopante, balanza comercial negativa…), importantes carencias en los servicios públicos e infraestructuras y un serio déficit democrático al frente del cual se encuentra el presidente Reccip Tayip Erdogan. Sin embargo, a pesar de todos esos problemas, el régimen sigue sosteniéndose en base a un nacionalismo exacerbado que ayuda a apuntalar a su presidente en el poder, el cual hace del patriotismo, el pasado imperial, el “Líder Supremo” Mustafa Kemal Atatürk y los conflictos internacionales con Occidente, su mejor baza para seguir aferrado al mismo.

En ese ejercicio de legitimación del Gobierno, los conflictos bélicos juegan un papel fundamental, pues en la actualidad la República turca se encuentra inmersa en 4 disputas abiertas (Siria, Armenia, Libia y Mediterráneo Oriental) en las cuales, tanto el objeto como la víctima son siempre los mismos: los combustibles fósiles y la Unión Europea; y cuyo rival en la mayor parte de ellos también: Rusia.

Mapa de Gaseoductos en Asia central con destino final en Europa

Bien es sabida la enorme dependencia energética que tiene el Viejo Continente del gas ruso, y es precisamente en la búsqueda europea de la independencia energética, a través de el acercamiento a otros proveedores, donde se encuentra siempre en el camino Turquía.

Tanto el viejo conflicto sirio, como los más recientes en Libia o Armenia cuentan entre sus razones de fondo el control y la gestión de gaseoductos destinados a conducir combustibles fósiles a Europa a través de rutas alternativas a las procedentes desde Moscú. Es en estos conflictos en Oriente Medio dónde Turquía trata de mostrarse como principal potencia regional y hacer valer la posición geoestratégica de la que disfruta. Sin embargo, esa política internacional tan agresiva ha venido deteriorando mucho las relaciones que el país mantiene con su entorno y en especial con Europa.

Mientras tanto, la paulatina reducción en el gasto militar europeo, el aislacionismo militar practicado por la Administración Trump y la Opinión Pública europea han impedido que los países occidentales puedan tomar cartas en el asunto, los cuales acuden ante los acontecimientos como meros espectadores de los hechos.

Mediterráneo Oriental y tensión con Europa

En esa relación que mantienen la UE con el país otomano hay diferentes escenarios que marcan las actuaciones de ambas partes.

En primer lugar, la perpetua amenaza migratoria, la cual juega un papel muy relevante en las relaciones que mantienen ambas partes. Una amenaza constante a la que Turquía tiene sometida al continente en su totalidad de una manera continua, pues el país otomano retiene dentro de sus fronteras a millones de refugiados que buscan desesperadamente el paso hacia Europa a cambio de importantes fondos y cierta maniobrabilidad sobre las acciones que éste emplea sobre la orilla contraria del Mediterráneo. Estas prebendas y el difícil encaje de las comunidades migrantes dentro de las sociedades europeas obliga, en gran medida, a que los representantes comunitarios tengan que medir el tono que mantienen contra el país otomano en la denuncia de sus acciones e imposibilita a los mismos adoptar sanciones contra el país turcomano como represalia por su actitud neo-imperialista.

Otro de los escenarios que encontramos es la crisis diplomática entre Francia y Turquía, que sucedió al atentado contra un maestro de escuela en Francia y las declaraciones del presidente Macron al respecto. Esta situación desencadenó, tras las declaraciones en las que Erdogan ponía en duda la salud mental del su homólogo francés, una crisis que aún colea entre ambas partes y que tienen un largo trasfondo. La creciente hostilidad que es sin duda consecuencia de las tensiones que arrastran ambos países desde que estos decidieran tomar parte en el conflicto libio en bandos enfrentados y ha terminado por desembocar en el enfrentamiento personal entre los representantes de ambos países que presenciamos hace varias semanas.

Pero el punto más delicado para las relaciones que la Unión mantiene con el país mediterráneo ha sido, sin duda, lo sobrevenido durante los pasados meses en el Mediterráneo Oriental, donde Turquía lidia con los países comunitarios la explotación de los hidrocarburos situados en los fondos marinos de las aguas en disputa entre Chipre, Grecia y Turquía.

Aguas en disputa entre la UE y la República de Turquía

Dichas aguas, sobre las que tanto los islotes griegos situados al sur de Turquía, como la República de Chipre y la República Turca de Chipre del Norte (ocupada por Turquía en 1974 y sin reconocimiento internacional) generan aguas territoriales según la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar de 1982 (y de la que Turquía, por cierto, no es firmante), en las que se encuentran cantidades de hidrocarburos que aún están por determinar.

En ambas partes se combina la debilidad de los gobiernos, muy cuestionados internamente, con la necesidad de obtención de recursos que ayuden a paliar el difícil contexto económico que afrontan.

Este escenario ha generando una situación que ha llevado a una situación en el que las diferentes partes, aliadas a través de la OTAN, han autorizado el envío de Buques de guerra y maniobras militares con fuego real.

Para el continente europeo, Turquía es una incómoda ficha en el tablero que representa Oriente Medio, más aún con la actitud despótica que está empleando el presidente Tayip Erdogan, pero es una ficha con la que la Unión Europea está condenada a entenderse para hacer frente a los problemas internos derivados de la inmigración y el terrorismo.

Otra cosa sería de no contar el país de Oriente Medio con un dirigente populista y demagogo como Erdogan, sin embargo, su salida del poder parece algo más que remoto, y es que, más allá de hacer retroceder al país en libertades sociales, el actual Ejecutivo turco es quien mejor representa el histórico carácter beligerante del pueblo otomano. Más aún en tiempos de crisis.

Estudiante de Relaciones Internacionales de la URJC

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