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¡Ay Llorona!

2020 pudo ser el año en el cambió todo y no cambió nada.

Podemos dividir el mundo en muchos segmentos según quien observe: por sus razas, gustos deportivos, su poderío militar, según su grado de desarrollo económico… Occidente y el resto.

2020 ha sido un año que ha golpeado al mundo, pero no por igual. Las consecuencias del mismo tardarán aún décadas en ser analizadas y no seremos conscientes del impacto de las mismas fuera de nuestro egocentrismo occidental hasta que hayamos logrado superar el bache que ha supuesto para nosotros esta etapa.

El periodo que se avecina no es ni más ni menos que la demostración pragmática de que el imperialismo de entreguerras nunca terminó y que éste se maquilló con el colonialismo Yankee impuesto tras las conferencias de Breton Woods. La historia se repite. Solo hemos cambiado a los comunistas rusos por los chinos en la antítesis a nuestro sistema liberal; lo que está claro es que la historia la seguirá escribiendo el dinero, y el dinero viene de vuelta a Europa.

La de 2020 es, esta vez sí, una crisis global. Ha venido para demostrar las tendencias creadas a raíz de la crisis económica occidental de 2008. Esto es, la desinversión y ralentización del crecimiento de los eternos países en vías de desarrollo y la apuesta por la reindustrialización (parcial) europea.

Gracias Trump.

Ha hecho falta que llegase una pandemia mundial para concienciar a las clases políticas de los peligros de la globalización económica y que estos volvieran a poner a nuestras sociedades en el centro de la política.

Lo que sucedió a raíz de 2016 y la reorientación de las economías hacia el proteccionismo no fue más que la manifestación de la necesaria limitación al comercio global, que no perjudicaba más que a las clases medias occidentales mientras convertía en muy ricos a los que ya eran ricos.

El colapso Soviético dio paso al sistema colonialista moderno, la subyugación de los países a los que gentilmente se les conocía por “aquellos en vías de desarrollo” ante los intereses de los capitalistas occidentales mientras se castigaba a los que no querían sucumbir a sus intereses (Venezuela, Cuba, Argentina…). Materias primas a cambio de billetes y generación de una clase gobernante que se encargue de mantener tales intereses económicos intactos. ¡Pleno Siglo XIX!… XXI.

Ahora, mientras el mundo colapsa y nos preocupamos por el ascenso autoritario del PCCh y su expansión asiática nuestros inversores se apresuran por mantener el potencial (económico, social y militar) europeo. Para ello, casi de rebote, la preocupación se ha vuelto a poner sobre nuestras clases obreras a través del endeudamiento de nuestros gobiernos.

La confirmación de Keynes sobre Hayek.

El mayor daño se lo han llevado dichos países aun por modernizar, víctimas de la reorientación del capital. Al fin y al cabo, el colonialismo nunca desapareció… ¡Ay llorona!

Estudiante de Relaciones Internacionales de la URJC

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