Fatiga pandémica

Autor: Luis Eduardo Patiño Rodríguez

Son las once y media de la mañana y tengo quince minutos para llegar. Cojo el autobús que va directo a la calle O’Donnell desde mi barrio y, una vez me bajo, me quedo en la marquesina esperando a que llegue mi abuela. Hoy es su cuarto día de magnetoterapia en el hospital Gregorio Marañón y, como mi madre está muy ocupada con sus quehaceres, me encargo de acompañarla. Todavía no se acostumbra a ir sola a los sitios, siempre ha ido acompañada, ya fuera por sus amigas, por sus hermanas, pero principalmente por mi abuelo. A él se lo llevó este maldito virus el 19 de marzo de 2020, y todavía parece que fue hace una semana.

Se baja del bus con dos mascarillas puestas, y con unas ganas enormes de no volver a pisar el hospital en mucho tiempo. Lleva unos días muy revuelta, dice que le duele el cuerpo y que tiene mucho dolor de cabeza, pero mi madre y yo sospechamos que, desde que le dijeron que tiene anticuerpos y que pasó la covid cuando enfermó mi abuelo, ha vuelto a recordar esos días en los que ni siquiera sabíamos si era bueno llevar mascarilla o no.

A casi un año de que empezara la pandemia, parece que vivimos en una especie de espejismo de normalidad irreal, a pesar de que las cifras de muertos siguen siendo de tres dígitos.

Ahora oímos hablar del concepto de “fatiga pandémica”. Es innegable que estamos muy desgastados debido a esta situación, pero creo que no todos tenemos la misma autoridad moral para decir que nos sentimos fatigados por la pandemia. Es curioso escuchar que, algunas personas utilizan este concepto para justificar su dudoso comportamiento, convirtiendo la dichosa fatiga en un pseudo-comodín de inmunidad.
Me refiero principalmente a mis iguales, a los que tienen veintipocos y creen que son el centro del universo conocido. Creo que esa actitud es potencialmente nociva hacia los demás.

El fin de semana pasado se contabilizaron alrededor de 230 fiestas clandestinas solo en Madrid, y no hay más que darse un paseo por los alrededores de Sol para contemplar a grupos de chavales apelotonados en las terrazas sin mascarilla y sin ningún tipo de precaución. He tenido que escuchar a personas cercanas que se defienden alegando que los jóvenes necesitamos “vivir la vida”, “disfrutar de nuestra juventud” y un conglomerado de sandeces que prefiero no citar.

No podemos excusarnos en nuestra condición de veinteañeros para dejarnos llevar por nuestros impulsos más primarios, sin pensar en el daño que podemos estar causando en nuestra comunidad.

Parece que se mezcla la inmadurez de una tardía pubertad con décadas de vulgares dogmas neoliberales, de frases de autoayuda taladrándonos el cerebro con que somos individuos independientes y autosuficientes que vagan libremente por el cosmos del Laissez-faire, sin deberes u obligaciones para con los demás. ¿Dónde quedó la virtud cívica? ¿Dónde encontrar algo de responsabilidad ciudadana?

Para mi es solo un ejemplo más de la falta de fraternidad que invade nuestro espacio común. O, si queremos usar unos términos menos republicanos, en estos momentos la caridad cristiana destaca por su ausencia.

Miles de personas mayores llevan recluidas en sus casas meses, asustadas, angustiadas sin poder disfrutar de sus actividades de ocio, de sus rutinas mañaneras y sus tardes de paseo. Son nuestras abuelas y abuelos, que han dado todo por nosotros, que han luchado por este país y que han trabajado como nadie para que ahora nosotros podamos disfrutar de sus frutos. ¿Y así es como se lo devolvemos?
Qué tristeza más grande.

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