No queremos ser solo musas, también artistas

El cine, como cualquier otro arte, es un gran proyector de ideas. La lucha feminista ha conseguido que la mujer tenga un hueco detrás de esta máquina, porque sí, nosotras también merecemos contar, dirigir y representar historias. Si esto es algo básico, ¿por qué somos discriminadas hasta el punto en el que las mujeres son “las secundarias”? Es cierto que el hueco de la mujer en la industria cada vez es mayor, pero es uno muy pequeño comparado con el que debería tener. Las estadísticas siguen siendo ridículamente desproporcionadas. Un artículo de la BBC del año 2018 nos muestra datos alarmantes: el 74% de las personas que trabajan en las películas son hombres, dejando a las mujeres en una minoría (26%). Si nos centramos en la parte de realización, las cifras empeoran. Las mujeres tan solo son el 18% del total. En cuanto al reconocimiento que tienen en el cine, no es racional que en las 92 ceremonias celebradas de los Oscar, el número de mujeres nominadas a mejor director se reduzca a cinco. Cinco en casi un siglo. Pero lo más impactante no es esta cifra baja, sino que de estas cinco mujeres solo se llevó el galardón a casa una: la directora Kathryn Bigelow, por la película En tierra hostil. ¿Dónde están nuestros puestos de trabajo?, ¿Dónde está el sitio que nos corresponde? Estamos hartas de ser solo musas: queremos ser artistas.

Dentro de la actuación parece que las mujeres tiene más espacio, quizá porque los premios están repartidos de forma equitativa respecto al género, pero, aun así, nuestros papeles no tienen la misma notoriedad que los de los hombres: según el análisis realizado por la Asociación de Usuarios de la Comunicación, las películas protagonizadas por mujeres conforman el 19,2% de todas las que se exhiben en España. Sumado a esto, cuanta más edad tienen las actrices, menos diálogo representan. Dato curioso si lo comparamos con los hombres, con los que sucede al revés. Esta desigualdad impera también en el cine infantil, donde incluso en las películas protagonizadas por mujeres, ellas hablan menos que ellos. Así lo recoge un estudio de las lingüistas Carmen Fought y Karen Esenhauer. Algunos ejemplos que ponen sobre la mesa son Mulan y Pocahontas, en las que el diálogo de la mujer apenas llega al 25% del total.

Paralelamente, el test de Bechdel sirve para revisar la representación que tenemos en distintas piezas artísticas ya sean películas, series o libros. Esta prueba consiste en formular tres preguntas sobre el material artístico analizado:

  1. ¿Hay dos personajes femeninos con nombre o entidad propia?
  2. ¿Esas dos mujeres con entidad propia hablan entre ellas?
  3. ¿Hablan de algo que no sea un hombre?

Por fortuna, si nos fijamos en la Bechdel Test Movie List, las películas más recientes tienen un como respuesta a estas tres interrogantes. Por otro lado, el hecho de que se siga apelando a las películas donde el tema central es una mujer como cine de mujeres es preocupante. Las mujeres no somos una temática concreta, formamos parte de la realidad de la misma manera que lo hacen los hombres.

Acabamos de revisar varios datos que muestran lo desequilibrada que está la balanza dentro del sector audiovisual. Sin embargo, no hemos hablado ni de la realidad de nuestras compañeras racializadas ni de las trans, que tienen menos privilegios que las mujeres cis y blancas. Como señala un artículo de la BBC, hay una desigualdad en el reparto de los papeles protagonistas entre las mujeres racializadas y las mujeres blancas. Las estadísticas las siguientes: las mujeres negras consiguen un 20%, las mujeres asiáticas un 7% y las mujeres latinas un 5% comparado con el 68% de las mujeres blancas. La revista Afroféminas, una comunidad para las mujeres afrodescendientes/negras y racializadas, señala en su artículo Nuestra mirada en el cine que este sector “ha estado dominado por la mirada blanca/the white gaze que se empeña en registrar historias desde una perspectiva reduccionista y hegemónica, eludiendo la multitud de vivencias que hacen parte de la sociedad”. “Lo que vemos en el cine comercial sigue fortaleciendo la idea de la mujer negra como instrumento a través del tokenismo, la sexualización o el exotismo”, escribe la autora del texto, Carolina Rodríguez Mayo. En cuanto a las mujeres trans dentro del cine, las cifras también caen en picado: “Solo en España, las personas trans tienen una tasa de paro en torno al 85%. Esto sin contar que las actrices trans sufren un 6% más de paro que los actores “ como explican en El Diario.es. En nuestro país han sido contadas las ocasiones en las que las mujeres trans han tenido representación dentro de la industria, como en la serie Veneno y Servir y proteger. No obstante, títulos como La casa de las flores, donde un hombre cis, Paco León, interpreta el papel de una mujer trans, no suponen un avance en la lucha del colectivo trans por tener más representación. La actriz y diputada de la Asamblea de Madrid Carla Antonelli explica el problema de la siguiente manera: “Está muy bien la intención de visibilizar las realidades trans, pero al final no somos protagonistas de nuestra propia visibilización, lo que se convierte en una paradoja”.

Una civilización moderna debería tener una cultura que esté a su misma altura. Ya basta de que se nos invisibilice en el cine y la televisión de manera sistemática, nosotras también merecemos una representación y vamos a luchar por ella.

Estudiante de Filología Inglesa en la UAM

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