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Abriéndose paso a golpe de letra

Estaban ahí, aunque no las viéramos y se han ido abriendo paso a golpe de letra. Son las versadas y censuradas, las retratas y esculpidas, las musas de los artistas.

Estaban ahí, aunque no las viéramos y se han ido abriendo paso a golpe de letra. Son las versadas y censuradas, las retratas, las musas de los artistas.  

Nos llegan pocos nombres de todas esas mujeres que tuvieron voz, pero pocos altavoces, y que siguen luchando por tener su espacio entre antologías y libros de texto.  Poco sabemos de aquellas que sobrevolaron los techos de cristal y se desplegaron de los cuentos de hadas y princesas.

Muchas decidieron esconderse entre pseudónimos y falsas firmas, poniendo por delante su obra a la fama. Concepción Arenal fue una de ellas. Su nombre hoy nos evoca al laberinto subterráneo de los raíles madrileños, pero Concepción Arenal lo fue todo: periodista, poeta, dramaturga, jurista…Coetánea a las sufragistas decimonónicas y los inicios del amor romántico, opto por seguir la rebeldía de su padre y luchar por los derechos de los oprimidos, pero no lo tuvo nada fácil. Para poder entrar en la Facultad de Derecho tuvo que sacar tijeras, levita y sobrero de copa, ocultando sus rasgos femeninos. El disfraz no le duró mucho, pero tras superar un arduo examen de acceso, pudo continuar con sus clases, privada de compartir espacio con sus compañeros o moverse libremente por el recinto universitario. Quizá esa idea le vino de su antecesora, Safo de Mitiline o, como más popularmente se la conoce, Safo de Lesbos, que tuvo que hacer lo mismo varios siglos antes, y a la cual hoy recordamos como la primera poetisa de la Historia. 

Cuando Emily Brontë ( junto con sus hermanas Charlotte y Anne) publicó de forma anónima su conocidísima novela Cumbres Borrascosas fue calificada como «una obra poderosa y original, fruto de un escritor prometedor». Todo cambió cuando se descubrió como autora y el ejemplar pasó repentinamente a considerarse una «novela de amor distorsionada». Algo parecido vivió Mary Shelley, autora de Frankenstein, cuya obra fue olvidada tras su criticadísima primera edición de 1826, o a Ursula K. Le Guin, una de las más influyentes novelistas de fantasía, que era presentada por su editor con el pronombre de «él», para evitar el rechazo de los lectores.

No deseo que las mujeres tengan más poder que los hombres, sino que tengan más poder sobre sí mismas.

Mary Shelley

No tenemos que irnos tan lejos para encontrar este tipo de historias, porque la propia J.K Rowling, Joanne Rowling, decidió empezar a publicar su exitosa saga Harry Potter bajo pseudónimo, animada por la editorial Bloomsbury, que consideraba que el público juvenil no recibiría bien un libro de ficción escrito por una mujer.Rowling tuvo que lidiar con otro de los grandes escollos que conlleva ser mujer. La creadora de una de la colecciones juveniles más leídas de los últimos tiempos se divorció del padre su hija tras un largo periodo de malos tratos y tuvo que subsistir en un pequeño apartamento de Edimburgo como madre soltera, escribiendo en cafeterías y bares, mientras cuidaba de su primera hija.

El diario

En los pequeños ratos de intimidad, como niñas que hablan solas, y se dirigen a esas amigas imaginarias que las entienden y comprenden, los diarios se popularizaron entre las más ilustres escritoras del siglo XIX, y allí descansan ocultas, entre cajones y repisas, auténticas obras literarias. 

En estos textos encontramos una literatura subversiva y sincera, líneas libres de censura y pudor, en las que estas escritoras se muestran tal cual son. Son letras en las que se redescubren y lamentan, no de ser mujeres, sino del trato que la sociedad les da por serlo, porque la literatura femenina nos deja un rastro de amargura y resentimiento, de autoras que buscan poder ser mujeres de pleno derecho en una sociedad que las asfixia entre corsés y delantales. 

Santa Teresa de Jesús, mujer enigmática y pionera en su campo, nos ha dejado una extensa colección de cartas, textos personales y su propia autobiografía, que durante más de una década se mantuvo secuestrada por la Inquisición.  En México, Sor Juana Inés de la Cruz, se convirtió en una referente del Siglo de Oro español. Ella también se disfrazó de hombre para poder completar sus estudios, y más tarde decidió ingresar como religiosa para evitar el matrimonio. Sus disputas teológicas la llevaron a redactar uno de sus textos más famosos, Respuesta a sor Filotea de la Cruz, en el que reivindica los derechos educativos de las mujeres y defiende su labor intelectual. La recordamos con su frase más célebre «yo, la peor del mundo», en la que se disculpa por ser mujer y escritora.

Aunque conocía que tenía el estado cosas […] muchas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación.

Sor Juana Inés de la Cruz

Han pasado varios siglos desde que ella y otras pioneras dieran el primer paso de lo que actualmente es un género completamente consolidado.  Alejandra Pizarnik, es una de las poetisas y escritoras más destacadas de la segunda década del siglo XX, aunque a penas nos quede de ella un diario personal y una antología poética. Pizarnik se deshace en cada frase con una crudeza y sinceridad únicas, dejándonos, no sólo una pieza de gran calidad literaria, sino el relato de dieciocho años de revolución femenina, donde la sexualidad deja de ser tabú, no hay pudor en hablar de miedos, trastornos y complejos, y los parámetros de belleza empiezan a romperse poco a poco. Gracias a este diario podemos sumergirnos en ese “adentro” de una autora a la que la vida se le hacía cuesta arriba con frecuencia, pero que siempre soñaba con pájaros y jaulas que desparecen.

Soy mujer. Y un entrañable calor me abriga cuando el mundo me golpea. Es el calor de las otras mujeres, de aquellas que hicieron de la vida este rincón sensible, luchador, de piel suave y corazón guerrero.

Alejandra Pizarnik

De musas a poetas, de secretarias a protagonistas

Muchos habrán oído hablar de Jack Kerouac, Allen Ginsberg, y ese grupo de amigos, creadores de lo que hoy conocemos como Generación del Beat. Pero junto a ellos, en tertulias y editoriales, luchaban Diane di Prima, Marge Piercy, Elise Cowen, Ruth Weiss… las grandes “beatniks”, que en los años cincuenta lidiaron contra una sociedad que las minusvaloraba y unas condiciones familiares poco favorables para prosperar dentro de la corriente de liberación y rebeldía de postguerra. 

Uno de los más jóvenes talentos de aquel movimiento, años después, dijo: “Hubo mujeres, estaban allí, pero sus familias las encerraban en manicomios, se les sometía a un tratamiento de electrochoque. En los años 50 si eras hombre podías ser un rebelde, pero si eras mujer tu familia te encerraba.” Y no se quedaron cortas sus palabras, Elise Cowen acabó con su vida con tan solo 28 años, tras varios tratamientos psicológicos fallidos. La mayor parte de sus escritos fueron destruidos por sus padres, avergonzados de su drogadicción y sus experiencias homosexuales. Durante sus pocos años de vida, Cowen escribía a escondidas, robaba libros y soñaba con un mundo distinto. “Ella nunca podía ponerse una máscara, entró y salió del mundo tal como era” dijo de ella su amiga Joyce Johnson, que también formó parte del movimiento.

En la mayoría de estas autoras encontramos los inicios las inmensas huelgas que ahora recorren el mundo cada 8 de marzo, y de la irrupción sin freno del feminismo y la mujer en la cultura. Marge Piercy fue una de las más activistas, en las calles y en su literatura: “quería escribir sobre mujeres que pudiera reconocer, mujeres de una clase trabajadora que no era tan simple como se suponía que era”.

Diane di Prima, una de las autoras más reconocidas internacionalmente, cuyos poemas están cargados de política, sexualidad y creatividad desbordada, hablaba de liberación femenina, de igualdad, de placer, del dolor de las mujeres, de la pérdida de un hijo, o de las dificultades del día a día. Ella nos deja en Memorias de una Beatnik una píldora de lo que fueron aquellos años de revolución femenina:

El día que te besé…

El día que te besé, la última cucaracha
se murió. Las Naciones Unidas
abolieron todas las cárceles. 
El Papa admitió a Jean Genet como miembro
del Colegio de Cardenales. La
Fundación Ford, con gasto enorme,
reconstruyó la ciudad de Atenas. 
El día que hicimos el amor, el dios pan
volvió a la Tierra, Eisenhower dejó
de jugar al golf. Los supermercados 
vendieron mariguana. Y Apolo leyó poemas 
en el parque Union Square.

El día que retozaste en mi cuerpo 
las bombas se disolvieron.

Diane Di Prima.  

En nuestro país, a dos mujeres se les volaba el sombrero en plena Puerta de Sol. Ellas eran Maruja Mallo y Margarita Manso, y a su lado e caminaban el eterno Federico García Lorca y Salvador Dalí. Pero aquel pequeño gesto esconde a muchas más, a las mujeres de la Generación del 27, que nunca llegaron a tener el peso y la importancia de sus coetáneos, carecieron de trascendencia histórica, y a las que, todavía, seguimos sin ver en antologías y manuales. Gracias a ellas empezamos a ver en lomos y portadas aquello de “autora” y “escritora”, palabras tan chocantes en su momento, como el jueza, doctora o ministra. 

La llegada de la Segunda República dio un breve aliento de esperanza a estas artistas. Algunas, como Maruja Mallo o María Zambrazo habían huido de la represión de la Dictadura de Rivera y volvieron a España para seguir su carrera literaria. Entre ellas se encuentra Rosa Chancel, que escribió en La Revista de Occidente varios relatos, recogiendo el testigo de antecesoras como Concepción Arenal, Emilia Pardo Bazán o Bea Cienfuegos, que ya habían logrado en su momento labrarse un hueco en el mundo periodístico.

Rosa Chancel, una de aquellas Sin sombrero, pudo vivir para ver un sutil reconocimiento por parte de su país, una vez devuelta la Democracia. Una de sus coetáneas, Carmen Conde, se convertiría en la primera mujer en formar parte de la Real Academia Española por la letra «K», tras una vida dedicada a la poesía, la prosa, el teatro, el ensayo y la enseñanza, y una labor incansable por sacar del pozo del olvido a las mujeres poetas de nuestra historia.

Gracias a poetas y escritoras como Carmen Conde empezaron a publicarse antologías y recopilaciones femeninas, y a ponerse encima de la mesa el valor de dichas obras. Con la llegada de las redes sociales, nombres tan conocidos como Rupi Kaur, Raquel Lanseros, Blanca Andreu o Elvira Sastre pudieron darse a conocer esquivando grandes librerías y editoriales, labrándose por sí mismas su propia fama.

Ellas y otras muchas fueron las primeras que lo arriesgaron todo para hoy podamos estar aquí, recuperando su historia, desde unos ordenadores que nunca conocieron, con una libertad que tampoco llegaron a ver, pero que imaginaron, reivindicaron y nos dejaron como legado a todas. 

Miembro de la Junta Editorial de Revistaincognita.com
Estudiante de Ciencia política y administración Pública + Periodismo

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