¿Hay edad para ser feminista?

M. ª José Juan Pérez 

Recordar el día exacto en el que te autodefines y autoenmarcas dentro de unas ideas u otras no es tarea fácil. Acostumbro a recordar días aleatorios sin razón aparente, pero precisamente ese no lo recuerdo, quizás es porque no lo hay. Llamarme feminista es solo el resultado de un camino en el que me encaucé por decisión propia, por opinión propia y por necesidad propia. Supongo que ahora soy capaz de darle nombre, pero hace tiempo que lo sentía.

Hoy, a mis 20 años, con bastante recorrido por hacer, soy consciente de lo que engloba el término y el movimiento que representa. Sin embargo, me pregunto cuándo empecé a comprender lo necesario que era posicionarme y alzarme con el logo de feminista en la frente. Es imposible volver al pasado, pero en la mirada ingenua de mi hermana veo la inocencia de su edad, las ganas de aprender y el afán por luchar. ¿Son 15 años suficientes? Igual ella tiene las respuestas.

Al empezar a preguntarle tiene clara una cosa: «todavía no lo tengo claro». Empiezo abordando la definición de la desigualdad y yo, sin embargo, creo que no es tan ajena al tema. No duda en indicarme dónde residen, a su parecer, los principales indicadores de desigualdad; «en las acciones y en los comentarios». Para ella todo comienza ahí: comentarios que se extrapolan a las calles, a las canciones; acciones que se reflejan en el trabajo, en los telediarios. 

«Sobre todo afecta a las mujeres». Quizás es que sí lo tiene claro. ¿Será que ella la siente? Un «sí» contundente me cede el turno de palabra, pero, antes de devolvérmelo del todo, me cuenta que en las cenas de Nochevieja son las mujeres las que nos ocupamos de la comida, los hombres se sientan. Es una imagen curiosa, de talante retrógrado y, no obstante, real. Se abre con experiencias que me recuerdan a las mías: comentarios de «mujer tenías que ser» como banda sonora en el coche, silbidos de rostros sin forma por la noche, etc. Termina con un «eso a un hombre no se lo haces» y ambas lo confirmamos en el silencio que nos devolvemos.

Se apoya en sus referentes, «Taylor Swift es una mujer poderosa y eso impone». Afirma que, a pesar de su sólida carrera, esta hubiera presentado menos dificultades si hubiera sido un hombre porque no la habrían criticado tanto. El eterno debate de si ha triunfado por escribir de sus exnovios no se habría dado, ya que en el lado opuesto está absolutamente normalizado. No es necesario que yo diga nada, ella se responde, ella me lo ejemplifica, ella lo vive. 

¿Es necesaria la manifestación del 8M? Veo cómo duda en su conformidad, pero solo para pasar a decirme que evidentemente sí lo es. Sin embargo, a su parecer los grandes movimientos funcionan como representación de las pequeñas acciones que deberíamos hacer todos los días. Es probable que no se haya dado cuenta, pero me está hablando de la necesidad de las deconstrucciones diarias, de percepciones análogas a las metonimias, las partes por el todo: las pequeñas modificaciones que construyen los cambios mayores. «El día del feminismo debería ser todos los días porque todos los días deberíamos hacer cosas». No felicitemos este día, luchemos para superarlo. 

¿Se considera feminista? En principio, sí, pero no duda en dudar, tal vez debería informarse más; ¿es todavía pequeña? «Yo puedo tener 15 años y ser más feminista que alguien de 40, consiste en involucrarse». La elección de ser feminista no es una decisión pasajera, «deberíamos serlo todos porque tendríamos que querer la igualdad siempre». En sus razonamientos pasa un «es lo mejor para todos, no busca nada malo» que le hace preguntarse por qué existe entonces. Esta vez, puedo responderle yo: no hay justificación para la desigualdad.

Considera que desde edades muy tempranas adquirimos ciertas conductas que nos conducen a ella y que sería primordial inculcar, precisamente cuanto antes, los valores adecuados. Yo opino como ella; la educación como sostén del cambio, la reestructuración de pensamientos como primer combate, el feminismo como base y el machismo como enemigo. Es ahí donde empieza la batalla.

Para finalizar, llegamos al momento más crudo en sus intervenciones: ¿se ve capacitada para darle sentido a la palabra? Un «qué pregunta», una mirada nerviosa y un suspiro que emite mi pregunta. «No sé si lo entiendo…, ¿darle sentido a la palabra? Tendré que aprender más, soy feminista en funciones». Yo no puedo sino adorar su respuesta, pero esta vez, no estoy de acuerdo. Quizá no comprende el argumentario completo, quizás sí es cierto que el aprendizaje es un camino y no una meta, quizás no se atreve a «hablar sin saber», pero sí sabe lo que le molesta, sí sabe qué actitudes debe reprimir e intentar corregir en el resto y en sí misma, sí sabe lo que vale y sí sabe por lo que lucha. Diariamente, se autodefine y se autoenmarca dentro de unas ideas. Lo has entendido, eres feminista.

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