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Aprender a gritos

La primera vez que me gritaron por la calle, cuándo empecé a descubrir los mecanismos del acoso callejero, tenía once años. Nos habíamos escapado unos días de verano al pueblo con varios familiares, donde no pudiéramos oír el traqueteo del ventilador en Madrid.

Autora: María Bayo

Recuerdo prepararnos para ir a comer, toda la ropa que me había probado y descartado amontonada en la cama, la preocupación porque se fuera el sol rápidamente y bajar las escaleras de la casa a toda velocidad, para quedarme esperando al resto en el portal.  El portal de mi propia casa.

Mientras movía los pies, jugando a colar las piedrecitas del suelo  en las hendiduras de la acera rosa de nuestra calle, y practicaba pequeños pasos de baile, pasó a mi lado un camión por la carretera. El conductor me triplicaba la edad. Llevaba un enorme camión blanco con no demasiada velocidad, por lo que tuvo tiempo de examinarme, el cuerpo de una niña de once años que bailaba en la calle. Cuando desde el camión en marcha me gritó lo que me haría, dejé de mover los pies. Lo que me resulta más sobrecogedor es el sentimiento que me inundó inmediatamente después de que sucediera.

Yo era una niña, no tenía complejos físicos aún, no era un “algo” sexual, no era objeto de deseo ni desprendía esa potestad en los hombres de poder percibirme como un cuerpo vacío, una caja con ojos que pasea por la calle esperando a su interpelación. Nunca había vivido una situación de machismo explícito, ni me habían inculcado valores sexistas. No tenía prejuicios ni arrastraba todavía los lastres de nuestra condena. Y aún así (y por ello es lo que más me asusta cuando recuerdo ese día), mi primera reacción fue subir a casa a cambiarme de ropa. Ahora este impulso me cae como una losa sobre la espalda, pero entonces me pareció no sólo razonable, sino necesario.

Pensé que quizá la falda vaquera fuera demasiado corta, o que me había excedido poniéndome esa camiseta, (¿cómo es siquiera posible que una niña pueda excederse con algo que lleva puesto?). Ya me habían salido las tetas y tal vez ya no era tan lícito seguir llevando los mismos cuellos escotados en “u” que cuando no tenía apenas pecho. Me sentí rotundamente culpable. Como si la sola presencia de mi cuerpo en esa calle fuera un delito que había cometido. Yo no tenía que estar ahí, no tenía que haber levantado la cabeza y mirar a ese camión, no tenía que haber llevado eso puesto, no tenía que haber bailado. Estoy segura de que mi reacción sólo es una reproducción de muchas otras. Las niñas están creciendo pensando que sus cuerpos son los culpables y esto es intolerable. El machismo está tan latente que su forma subconsciente está presente en la conciencia colectiva hasta de las que nunca lo han vivido, las más inocentes. No podemos permitir que las niñas y jóvenes se críen a la vez que se adiestran.

Las calles nunca han sido nuestro terreno, nos sentimos inseguras en ellas, son algo ajeno, un obstáculo por el que pasar antes de llegar a casa de noche, antes de quedar con con tus amigas, antes de poder quitarte el abrigo en la discoteca y mostrar el escote. Con el paso de las generaciones se ha producido una escandalosa normalización sobre el hecho de que más de la mitad de la población no se sienta segura en la vía pública. Nos hemos acostumbrado a no sentirla del todo nuestra, y sin embargo para muchas ha sido el escenario donde hemos aprendido lo que realmente conlleva ser una mujer.

La realidad es que las mujeres aprendemos con la pedagogía del miedo. Nos movemos por instinto, vamos intuyendo qué podemos o no hacer según la reacción de los hombres cuando lo hacemos. Es un aprendizaje a ciegas que empieza desde que nacemos, un proceso lento y contundente que no termina nunca. Es como caminar entre ratoneras en un cuarto a oscuras. Palpamos las situaciones, las olemos, las sentimos, y con cuidado deducimos si es algo seguro. Ahora me parece una pura adaptación al medio para la supervivencia, y me resulta aterradoramente cerca de los animales adiestrados. Limitar nuestra libertad para seguir vivas, para llegar sanas, para estar a salvo. Eso es lo que hacemos. Es el precio a pagar por ser mujeres.

Esta máxima por la que nos regimos es el cúlmen de una opresión estructural, institucionalizada, de siglos de historia y experiencias  convulsas que nos han gritado cada día lo que somos y lo que tenemos que hacer. Aprender a base de golpes, de sustos, de interrogantes y de miedo, para hacernos un hueco ante la forma de violencia más cotidiana.

Esta manera de aprendizaje rápidamente se extiende en el resto de ámbitos y lugares. Cambiar una actitud o una característica por miedo a la reacción de un extraño, se convierte con el paso del tiempo a hacerlo por la de tu pareja, la de tu jefe, la de tu ex novio o la del grupo de chicos de tu clase. Esta dinámica parte como instrumento de dominación y pasa por la dicotomía miedo/culpa. Sientes pavor por alguien o algo ajeno a ti, sabes que tú no eres quien está haciendo algo mal, viene de otra persona, pero al mismo tiempo no puedes evitar experimentar sentirte culpable por despertar eso en los demás.

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