El laberinto burocrático de la prestación invisible: Ingreso Mínimo Vital

Autora: Patricia Antón Varela

El 10 de junio de 2020 se aprobaba el Ingreso Mínimo Vital en el Congreso de los Diputados.  Pablo Iglesias lo definía como el mayor avance de derechos sociales en nuestro país desde la ley de dependencia. Por su parte, Pedro Sánchez puntualizaba que España no había ganado en justicia social, sino en decencia. Pasado casi un año, se puede hacer una valoración de las tantas promesas que se hicieron, de las pocas que se han cumplido y de las muchas que se han quedado a medio a hacer en trámites administrativos.

Cuando Philip Alston recorrió España con motivo de presentar un informe sobre la pobreza extrema para el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, pocos nos esperábamos unas palabras tan duras: “Allí, hay familias que tienen un dilema, o poner la calefacción o comprar comida”. Ya por aquel entonces, el relator de la ONU criticaba la deshumanización de las administraciones públicas en el ámbito social, con peticiones infinitas de documentación e interminables esperas. Philip presagiaba el colapso administrativo que derivaría de la pandemia a tan solo un mes del estado de alarma.

En nuestro país, 11.870.000 personas se encontraban en riesgo de pobreza y/o exclusión social antes de la crisis del coronavirus. Los datos ahora son todavía peores. La cifra supera ya los 12 millones. La pandemia arrasó con todo: negocios cerrados, trabajadores en paro e infinitas colas en los bancos de alimentos. Justo cuando habían pasado tres meses de este panorama tan desolador, se empezó a escuchar algo sobre una nueva prestación social: el Ingreso Mínimo Vital. Su intención inicial era de ayudar a 850.000 familias, algo más de 2’3 millones de personas. Era un verdadero paso en materia de derechos sociales, un salvavidas para muchos ciudadanos en riesgo de pobreza. Sin embargo, en un sistema administrativo como el nuestro, estaba condenado al desastre.

El Ingreso Mínimo Vital era la tabla de salvación de mucha gente en un contexto de abandono y miseria – Miembro de la Asociación de la Vivienda de Carabanchel. 

En pocas semanas, se realizaron centenares de miles de peticiones. Por aquel entonces, ni siquiera los locales de la Seguridad Social estaban abiertos al público, por lo que la solicitud debía hacerse de forma telemática. El formulario aparentemente no era difícil, pero para un determinado sector que sufre la brecha digital, era un problema que le privaba de su derecho.

Pasaban los meses y apenas se tramitaban expedientes. Había mucha documentación que contrastar, muchos requisitos que revisar. Las peticiones a veces eran denegadas por motivos erróneos, por problemas informáticos o por datos que eran imposibles de verificar. Si querías cursar una reclamación, te adentrabas en otro laberinto burocrático del que era muy complicado salir.

¿Por qué debo yo pasar hambre por su error? – Solicitante del IMV.

En diciembre de 2020, la prestación había llegado a 160.000 hogares, más de 460.000 personas. Un 46% de ellas eran menores de edad. Habían pasado solo seis meses desde que se había aprobado el Ingreso Mínimo Vital. Por fin la ayuda estaba dando buenos resultados. La vida de muchos hombres y mujeres dependía de ese dinero para poder llegar a fin de mes. Para paliar los retrasos, el pago de la prestación llegaba de manera retroactiva, fruto de la suma de todos los meses anteriores. Además, una vez tramitada la ayuda, no había que volver a solicitarla. El Ingreso Mínimo Vital se recalculaba de forma directa con la declaración de la renta. Gracias a ello, si tu situación económica cambiaba a lo largo del año, dejarías de recibirla o te aumentarían la cuantía.

Todos los que la están recibiendo, la necesitan. Por otro lado, no todos los que la necesitan, la reciben– Beneficiaria del IMV.

Hace unas semanas, se comentaba que el Ingreso Mínimo Vital había llegado a 203.000 hogares. Casi tres meses después, solo era recibida en 43.000 casas más. El Instituto Nacional de la Seguridad Social está poniendo todo su empeño, pero lo cierto es que no es suficiente. Faltan recursos, falta tiempo. Ojalá un día no haga falta ninguna ayuda social. Ojalá un día nadie tenga que vivir sin que ello conlleve sobrevivir. Hasta entonces, más de 12 millones de personas están pendientes de un hilo en nuestro país.

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