Esclavos del miedo

La ficción se erige como el ‘máximo creador’ de pesadillas

Autora: Patricia Antón Valera

Habrá un día que ya no voy a regresar más. Estas palabras retumbaron en la cabeza de Raziel Álvarez cuando ella tenía solamente cuatro años. Veinte años después aún recuerda aquel día como si fuera ayer. Su madre no se iba a marchar para siempre, solo estaba enfadada. La pequeña sabía que nunca los abandonaría, pero no podía decir lo mismo de la muerte. Tan impredecible, tan inesperada. A partir de ese momento, Raziel desarrolló un miedo obsesivo a separarse de sus padres.

José Antón López-Acevedo, psicólogo y vicepresidente del Instituto Europeo de Innovación en Inteligencia Emocional, explica cuál es el origen del miedo. “Se trata de una emoción aprendida, una reacción casi instantánea que está en nuestro ADN”. El doctor recalca que no se trata a priori de algo negativo, puesto que se erige como un mecanismo muy útil para el ser humano – especialmente en cuestiones de supervivencia. El problema surge cuando el miedo se produce de manera reiterada y genera en el paciente un estado de ansiedad continuado en el tiempo. En este punto, puede acarrear consecuencias tanto físicas como psicológicas.

Raziel pasó una infancia muy complicada. “Cada vez que mi mamá se iba al súper, yo temía que no regresara. Me acostaba en su cama y lloraba. Incluso olía su ropa”. Sin embargo, esto no era más que el principio. La joven relata cómo se despertaba por las noches y entraba en la habitación de sus padres para comprobar si estaban vivos. “Les ponía un espejo debajo de la nariz para saber si estaban respirando”, señala un poco avergonzada.

Uno de los episodios más traumáticos en la vida de Raziel estuvo marcado por la película Milagros inesperados – en España, La milla verde. Ambientada en el sur de los Estados Unidos, la trama gira en torno a un preso con un don sobrenatural que espera su final en el corredor de la muerte. “Después de verla, no pude dormir en mi cama durante siete meses. A partir de ahí, tuve muchísima ansiedad”. Pero el golpe más duro vino con el fallecimiento de su padre. “Me dio una anorexia muy severa. Llegué a pesar unos 29 kilos” explica Raziel con un tono más serio. La joven fue internada en una clínica especial en trastornos de la conducta alimenticia durante cuatro meses. Fue en este centro donde le diagnosticaron tanatofobia – fobia a la muerte. Aunque Raziel ha mejorado mucho en estos últimos años, los pensamientos intrusivos nunca desaparecen del todo. Su trabajo le obliga a viajar mucho a España y siempre teme dejar a su madre en México. No quiere ni imaginar lo que supondría volver a casa y descubrir que ella ya no está.

El camino a la fobia

Ahora bien, ¿cuándo se puede hablar de fobia? La respuesta se encuentra en la conducta del propio individuo. El miedo se transforma en algo obsesivo que impide a la persona hacer su vida con normalidad. Sara Montejano, psicóloga y cofundadora de la plataforma online Psicoglobal, menciona algunos de los síntomas que pueden presentar los pacientes fóbicos. Lo más común son los ataques de pánico, que se manifiestan a través de taquicardias, sensaciones de ahogo o mareos. También es bastante frecuente la aparición de pensamientos intrusivos – que pueden materializarse incluso en imágenes – o las conductas evitativas para eludir la fobia.

Desde siempre, las personas han dado por hecho que el miedo nace de una experiencia traumática. Sin embargo, Sara Montejano desmiente esta creencia popular. “No todas las fobias son iguales, ni todas las maneras de llegar a ellas son las mismas”. Según la doctora, un trauma sí puede generar un miedo obsesivo, pero no es la única forma. Una de las más habituales es la observación. “Muchas de las fobias que tenemos, son fobias que hemos visto en otros”. Es decir, el miedo se contagia. La psicóloga resalta que incluso la propia imaginación puede llegar a causar nuevas fobia.

Hormigueos, picores, presión en el pecho y sudores fríos. Esto fue lo que sintió Alba Arencibia tras despertarse de una horrible pesadilla. Minutos antes, pensaba que en el suelo de su habitación estaban reptando decenas de serpientes. La joven tiene lo que se conoce como ofidiofobia. Sin embargo, nunca ha tenido una experiencia directa con este animal, solo a través de películas y libros. Sara Montejano explica que es un caso bastante corriente. “Yo igual nunca he visto un fantasma, pero tampoco te creas que me haría mucha gracia” bromea la doctora entre risas. Precisamente, el imaginario colectivo de una sociedad influye en los temores más habituales de la población.

Los miedos culturales

Cuando Caperucita Roja cruza un bosque oscuro y se topa con el lobo; cuando Hansel y Gretel entran en la casa de una desconocida; o cuando Blancanieves acepta la manzana que le ha ofrecido una viejecita; todos son cuentos populares que esconden una enseñanza para los más pequeños. Estas historias siempre acaban con un final casi fatídico, donde los protagonistas están cerca de ser devorados o por poco no despiertan de un sueño eterno. La doctora señala que el miedo actúa como sistema de control y explica que por esa misma razón a los niños se les cuenta la historia del hombre del saco.

Alejandro Fernández no recuerda la primera vez que sintió miedo a la oscuridad. “Lo he tenido desde siempre, un poco por instinto”. El joven de treinta y dos años considera que este terror estuvo marcado por su cuidadora. La mujer era especialmente religiosa y le enseñaba los conceptos del bien y del mal a través de historias sobre el demonio y el infierno. “Yo no soy creyente en lo paranormal ni nada de eso, pero suelo vincular la oscuridad a todo ese mundo”. El hombre relata uno de sus episodios más traumáticos. Tenía trece años y estaba solo en casa. El adolescente se acercó a la cocina a por algo de comer cuando se fue la luz. Se quedó inmóvil, en posición fetal. “Estuve entre treinta y cuarenta minutos así hasta que vinieron mis padres y dieron la luz. Me daba la sensación de que el tiempo no pasaba”. Ahora el joven reconoce que es incapaz de dormir solo sin una luz encendida.

No todas las culturas tienen miedo a lo mismo. Está Drácula en los Cárpatos, el Chupacabras en Latinoamérica o el monstruo del Lago Ness en Escocia. Criaturas terroríficas que han formado parte del imaginario de algunos países gracias a sus leyendas populares. Sin embargo, ahora nuestras peores pesadillas se materializan a través de las series y las películas. “Al igual que los medios informan y a la vez son formadores de opinión, la ficción refleja el imaginario colectivo del miedo, al mismo tiempo que puede crear nuevos mitos y símbolos” explica Sara Clemente, psicóloga y redactora del Grupo MContigo. La periodista aclara que los miedos proceden de las experiencias vividas o de la herencia genética que hemos ido recibiendo de nuestros antepasados. “En este sentido, la cultura de un país influye en el grado de expresión de las emociones de una sociedad y contribuye a asentar los aprendizajes que giran en torno a la manifestación de estas mismas emociones”. Por lo tanto, los miedos adquieren también un carácter cultural, como una herencia que se recibe de generación en generación.

Los seres humanos se ponen en alerta cuando perciben imágenes con las que no están familiarizado. Por ejemplo, si en una película un objeto se mueve solo, la reacción automática de una persona es sentir miedo. Eso sucede cuando el cerebro no puede asociar lo que está viendo a ninguna información previa. Sara Clemente sostiene que las películas de terror acarrean consecuencias psicológicas en los espectadores. Por ejemplo, desarrollar un miedo que, de proseguir en el tiempo, pueda devenir en una fobia.

Curiosamente, las películas también puede ser de utilidad para pacientes fóbicos. La doctora Clemente justifica el porqué de estas terapias. “Una técnica con demostrada eficacia es la exposición. En resumen, consiste en ir aproximando a la persona de manera graduada a los estímulos que le producen ese estado de ansiedad”. La psicóloga insiste que debe hacerse poco a poco. Ver una serie o una película podría ser un peldaño de una larga escalera cuya cima viene a ser la superación de la fobia.

Adriana Fernández está en terapia para enfrentarse por fin a sus miedos. “Cuando veía una cucaracha, me quedaba paralizada, me clavaba las uñas en la palma de las manos y me ponía a llorar”. Ahora, la joven es capaz de ver el insecto y simplemente darse la vuelta. Para el tratamiento, su psicóloga trajo unas cucarachas de plástico. “Las cogí y las toqué. Me costó un ratito pero bien”. El siguiente paso fue enfrentarse a una real. Su doctora atrapó una cucaracha en la calle y la encerró en una cajita de plástico. “Empecé a toquetearla por debajo de la mesa, es decir, estaba el cristal y después la caja. Hubo un momento en que pude coger la caja y ponérmela en la mano”. Sin embargo, la joven recalca que se trataba de un espacio muy controlado. Adriana afirma que aprendió muchísimo. “No es que vaya a por mí, solo busca una escapatoria para sobrevivir”.

Sin embargo, todavía le queda mucho por recorrer. La joven de veinticuatro años admite que tiene pensamientos obsesivos con el insecto. Su familia tiene un apartamento en la playa que ha tenido que ser fumigado en varias ocasiones por plagas de cucarachas. “Al final es el sitio donde vas a relajarte y tienes una de tus mayores fobias. Es como un tira y afloja constante”. La joven relata que un mes antes de irse de vacaciones se imagina todas las situaciones posibles en las que pueda aparecer una cucaracha. “Sé todo sobre ellas. Son capaces de estar media hora debajo del agua o que sus células se reproducen tan rápido que no les afecta la radiación”. Adriana sabe que tiene un comportamiento un poco obsesivo, pero poco a poco logrará superar sus miedos.

En el tratamiento de las fobias, han surgido técnicas innovadoras que se adaptan a las nuevas tecnologías. Una de las más exitosas es la realidad virtual. Adriana estuvo a punto de someterse a este tratamiento. “No lo pudimos hacer porque el software era muy caro y no podíamos descargarnos ninguna aplicación que sirviera para tratar mi fobia”. El tratamiento todavía está limitado por el número de recreaciones que puede ofrecer. El método se aplica especialmente a miedos relacionados con las alturas, los espacios abiertos o algunos animales. La doctora Sara Montejano considera esta terapia como revolucionaria y justifica su eficacia. “La mente es muy tonta, para ella todo es real. Es lo mismo que pasa cuando reaccionas al ver una película de miedo. Es una exposición virtual que considera que es una exposición en vivo”.

El proceso que permite gestionar una fobia es la desensibilización. Es decir, cuando te habitúas a un estímulo fóbico. Por fin dejas de sentir miedo, de alguna manera se rompe la asociación que habías creado previamente. No se trata de un proceso rápido ni tampoco sencillo, pero es posible gracias a técnicas como la exposición, la relajación, la terapia de implosión – de choque – o incluso el uso de fármacos. Sin embargo, hay que recordar que el miedo no es malo en sí mismo. Solo cuando se manifiesta de manera obsesiva e impide vivir con normalidad.

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