Los vecinos, mis nuevos amigos

Autora: Amanda Mato

Más de un año, ha pasado más de un año desde que aprendimos a valorar lo que tenemos, o eso creemos.

Quién nos iba a decir a nosotros, amantes del tapeo, del solecito en las terrazas, del salir, vivir, relacionarnos, que el 14 de marzo de 2020 la Gran Vía respiraría soledad durante 98 días. El 2020 instauró la “nueva normalidad”, que ya, en este 2021 es la “normalidad”, así, a secas; sucedió lo impensable y con ello, como seres humanos y, por tanto, sociales, tuvimos que recrearnos.

Los balcones como foco de socialización jugaron un papel importante durante el confinamiento, conocimos a vecinos con los que nunca antes habíamos hablado y aplaudimos cada día a las 20:00 a nuestros sanitarios, pintamos arcoíris y nos prometimos que todo saldría bien. Es increíble el nivel de adaptación del ser humano, las videollamadas nos permitieron mantenernos conectados con nuestros seres queridos 24/7, llegamos a hablar y ver a nuestros amigos más que en la vida precovid.

Escuchamos conciertos en streaming, la cultura emanaba de las redes sociales mientras, como otros muchos sectores, fueron dejados de lado en la lista de prioridades. Qué irónico, nuestras principales fuentes de entretenimiento sin recibir fondos para poder crear contenido.

Se dispararon las ventas, acabamos con el material deportivo y nuestros domicilios se convirtieron en tienda, gimnasio, casa y bar; y es que, sobre todo al principio, mientras mendigamos soluciones y predicábamos solidaridad, acabamos con los alimentos como si del fin del mundo se tratase, sin pensar, en todas aquellas personas que trabajaban en los supermercados, en aquellos que requieren de alimentos especiales y no pueden comer lo que se les antoje. Tampoco pensamos en los repartidores que, con toda la incertidumbre que suponía el momento, se acercaban a nuestros domicilios a entregar compras innecesarias, fuimos la definición de avaricia en estado puro.

Vendimos una sociedad humanitaria que no existía, tras cada aplauso a las 20:00, tras cada “Resistiré” habitaba la poca empatía hacia nuestros sanitarios, las notas en los portales para que se fueran de sus propias viviendas o la culpabilidad hacia los que cuidaban de nuestros familiares formaban parte de nuestra realidad.

Criticamos a cualquiera que no se comportaba igual que nosotros, los balcones, aquellos lugares donde escuchábamos conciertos en directo, pasaron a ser policía, controlamos cada movimiento en nuestras calles, juzgamos sin saber y presionamos a quienes estaban luchando por salvar nuestra sociedad.

Un año después siento dudas sobre lo que hemos aprendido, sólo con un ápice de empatía de la que presumíamos en la cuarentena podríamos evitar mucho de lo que nosotros mismos estamos provocando, se avecina una nueva ola, los incrédulos piensan que se puede continuar confiando en la sociedad española.  

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