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La resistencia Vallekana

Autora: María Bayo.

El pasado miércoles 7 de abril los altos cargos de Vox convocaban un mitin en el barrio madrileño de Vallecas como precampaña para las próximas elecciones autonómicas.

El rechazo de los vecinos y vecinas de uno de los barrios obreros más reivindicativos de la capital hacia la formación de Abascal , propició el escenario que se preveía en la Plaza Roja entre los simpatizantes de la concentración de extrema derecha y el movimiento antifascista de los residentes, que culminó con cargas policiales contra los manifestantes vallecanos y una mediática reyerta depués de que el líder del bloque ultraderechista se encarara con ellos.

La lectura de este episodio, aunque a duras penas apaciguada en los medios, es sencilla: Vox jugó con su estrategia habitual, bajo el dogma de la provocación, para confeccionar su actuación en Vallecas. Su intervención en el barrio estuvo marcada por la incitación a la violencia, la instigación y la apología del odio con la intención de señalar después. Consiste en una liturgia del victimismo, una flagrante exposición de sus carencias puestas en evidencia, orgullosos y desafiantes, esperando tirar la piedra para después esconder la mano.

Aparecer con un fresco surtido de insultos hacia los manifestantes, arrojándoles objetos, encarándose con ellos a pesar del cordón policial, hacerles masticar y tragar discursos de papel empapados de odio. Odio hacia su clase, hacia sus vecinas, hacia su diversidad.

Vejaciones directas como la que hacía Ortega Smith sentenciando que “aquí pides el currículum y ninguno de esta gentuza estudia ni trabaja ni se les espera”, refiriéndose a grupos antifascistas y vecinos del barrio que plantaban cara a su mitin en la Plaza Roja.

El indecente gamberrismo de los militantes del partido resulta eficaz en campaña porque está avalado por los medios que lo blanquean. Los mismos que llaman “nostálgicos del régimen” a manifestantes fascistas, que tildan de violentos a los que se defienden pero que no condenan esos mismos actos en los que instigan, o que brindan voz, espacios y tiempo a los portavoces del odio. Los verdaderos violentos de la Plaza Roja el pasado miércoles estaban dentro del cerco policial y vestían de traje y corbata. La violencia, como todo, es un privilegio y se requiere de cierto poder para ejercerla impunemente. Lo sabía Abascal cuando  bajaba de la tribuna de oradores en pleno mitin para dirigirse a los manifestantes saltándose el cordón impuesto por la policía que los separaba.

La actuación coreografiada de Vallecas no es nada nuevo; ya en 2009 varios grupos de neonazis se manifestaban en el barrio de una sus víctimas, Carlos Palomino, antisfascista vallecano asesinado dos años antes por un militar de esas mismas agrupaciones. El barrio obrero se movilizó contra esta brutal provocación y a la mañana siguiente los titulares hablaban de “altercado entre grupos extremos fascistas y antisistema” y “una contramanifestación que ha intentado detener una marcha destruyendo vehículos”. 

Hace mucho tiempo que los medios demonizan a la resistencia antifascista y los actos defensivos de ésta ante las ostentosas provocaciones a ultraderecha.

En el presente, y tras la jornada del 8 de abril, donde los y las vecinas de vallecas salían a limpiar y desinfectar la Plaza Roja después del paso de Vox como reivindicación política,  podíamos encontrar titulares como “La izquierda pone a las mujeres a fregar” “machismo de ultraizquierda”  o “la izquierda vallecana se da un tiro en el pie”. Este periodismo basura no se combate aislándolo, porque nunca lo va a estar. De nada sirve ignorarlo mientras extiende polarización, odio y desinformación. No debemos desentendernos magnánimamente, porque sólo le estamos haciendo un favor.

El antiperiodismo se combate rebatiendo, reescribiéndolo, contraargumentando, exponiendo la verdad sin permitir que se salga con la suya excusándonos en el cansancio y en el tedio que nos produce su  falsa información, buscando los datos reales, manchándonos las manos, escarbando para sepultarles de tierra. Ellos no se agotan, por lo que nosotras tampoco podemos permitírnoslo. En definitiva, el antiperiodismo se combate con periodismo. Al igual que los vecinos y vecinas de vallecas combatieron el odio con barrio y conciencia.

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