//

El rompeolas

Autor: Luís Eduardo Patiño Rodriguez

Tras una campaña electoral larga, bronca e insufrible, Madrid ha elegido a la candidata Isabel  Díaz Ayuso para que sea quien dirija y lidere el gobierno autonómico en pleno proceso de  vacunación, con la pendiente aprobación de unos presupuestos que administren los fondos  europeos y con el inmenso reto que conlleva la reconstrucción social y económica de la región. 

Ante una participación sin precedentes, en torno al 76%, la derecha ha ganado cómodamente en  la inmensa mayoría de municipios y en todos los distritos de la capital, incluidos aquellos  supuestos feudos de la izquierda, como el cinturón sur o los barrios de Usera, Carabanchel y  Vallecas. El bloque progresista ha sufrido el segundo descenso en votos más alto desde que la  Comunidad de Madrid existe, sin que el récord de participación haya tenido el más mínimo  impacto positivo, enterrando por completo las expectativas de estos partidos ante la insistencia  de interpelar a estas zonas en sus discursos y actos de campaña. 

El efecto Ayuso se ha tragado sin inmutarse a todos los votantes de Ciudadanos, ha retenido a  muchos votantes que, si no fuera por su perfil duro, hubieran apostado por Vox y, por si fuera  poco, también se ha llevado un pedazo importante del PSOE de Gabilondo, que queda en una  posición mediocre respecto a la victoria en 2019. Ayuso suma más que los tres partidos de  

izquierdas juntos, asegurando un gobierno de dos años con vía libre, casi como en los añorados  tiempos de las mayorías absolutas de Gallardón y Aguirre. 

He estado leyendo distintas crónicas de lo que sucedió ayer, y, entre los medios “progresistas”,  he detectado un cierto tufo a superioridad moral que creo que no ayuda a extraer las  conclusiones necesarias para explicar el escenario en el que nos encontramos. Ayuso es un  animal político que ha demostrado una eficacia insólita para alguien que lleva menos de tres  años en primera línea política, sólo comparable a figuras del calibre de Albert Rivera o el  recientemente dimitido Iglesias. Creo que ya es hora de que nos demos cuenta, porque algunos  la siguen tildando de loca, estúpida o incompetente. Esta estrategia basada en ridiculizarla y  convertirla en una fuente de memes y parodias se ha vuelto en su favor: hemos elevado su figura  a una especie de personaje de la cultura popular, desde donde ha dirigido toda la atención  pública y mediática para así colocar fácilmente su discurso. 

Detrás de toda la política del espectáculo y de sus lemas de campaña (vivir a la madrileña,  evitar a las exparejas o tomar cañas), Ayuso ha logrado que la mayoría de los votantes obvien  las pésimas cifras de muertos y enfermos que ha dejado la pandemia, consiguiendo que estos  solo capten unos mensajes propios de manuales de autoayuda, que propugnan la cultura 

neoliberal del esfuerzo del “si quieres, puedes”, (siempre que tus papis tengan dinero, claro),  “winners versus losers” o la defensa de una concepción de la libertad que haría sonrojar a  cualquier estudiante de filosofía. 

Ayuso ha sabido aprovechar muy bien el desgaste del gobierno central (polarizando aún más la  campaña con la entrada de Iglesias como candidato) y el cansancio de una mayoría de  ciudadanos causado por las restricciones de horarios y aforo, erigiéndose como la supuesta  “salvadora de la economía” ante la “ruina provocada por Sánchez a las familias trabajadoras”. 

De forma muy acertada, decía el periodista Antonio Maestre que, el camarero que cobra 900  euros al mes en un bar y que, probablemente habría votado al bloque progresista en un escenario  normal, se ha vuelto conservador durante el año y medio que llevamos de pandemia, y ha  podido votar a Ayuso (no confundir con el PP) con la esperanza de no perder su trabajo y  conservar lo poco que le queda. Hemos interiorizado el modelo del desprecio por lo público y  precariedad estructural que el Partido Popular lleva propugnando durante 26 años en la región, y  parece que una gran parte del bloque progresista ha dado por perdido cualquier intento de  cambio. 

El PSOE ha hecho una campaña pésima, con cambios de estrategia semanales y con un  candidato incapaz de hacer frente al torbellino que tenía enfrente. Tanto Gabilondo como  Iglesias se han dejado arrastrar por el marco discursivo de Ayuso, y no han sido capaces de  llevar la iniciativa, con un tono a la defensiva, en ocasiones, victimista, (dejando a un lado las  amenazas de muerte, por supuesto) y empleando un lenguaje agresivo y fuera de la realidad  cotidiana de los madrileños (véase el “fascismo o democracia”) que no ha conseguido sumar  votantes al bloque. La única que ha logrado huir de esta dinámica es Mónica García,  consiguiendo mejorar sus resultados con el sorpasso por el mínimo a los socialistas, convirtiéndose oficialmente en la líder de la oposición, puesto que lleva desempeñando de facto  desde hace dos años. 

La extrema derecha ha obtenido 43.000 votos más que en las pasadas elecciones autonómicas,  obteniendo un escaño más y quedándose prácticamente donde estaban. Ya contaban con ello,  Ayuso tiene una mejor valoración que Monasterio dentro de su propio electorado, así que,  parece que han conseguido salvar los muebles. Se confirma que Vox todavía no consigue  penetrar con fuerza ni en los barrios obreros ni en el cinturón rojo, quedando de media entre el  cuarto y quinto puesto en estas zonas. Sin embargo, esto podría deberse al efecto imán de la  candidata del PP, el cual puede distorsionar esta estrategia a corto-medio plazo. No ha sido una 

campaña fácil para los de Abascal, debido a que Ayuso defiende gran parte de su programa,  pero creo que ambas fuerzas harán todo lo posible para entenderse, aunque sin perder de vista  que será una legislatura breve y que tendrán que competir de nuevo por el mismo electorado.  Esta campaña ha hecho patente que la candidata Ayuso ha conseguido una holgada victoria  replicando sorprendentemente muchas de las estrategias del independentismo catalán, desde la  invención de un supuesto nacional-populismo madrileño, basado en una contraposición de  buenos madrileños (los míos) contra malos madrileños (los otros); o imitando el ya clásico  España nos roba (en referencia a los impuestos). Madrid es conocida por ser abierta a todo el  mundo, venga de donde venga y piense lo que piense. Antonio Machado dijo que Madrid es el  rompeolas de todas las Españas, y, como madrileño, me preocupa profundamente este Procés  cañí en el que nos están metiendo. No lo permitamos, hagamos una oposición constructiva,  basada en la ofensiva de propuestas sin renunciar al cambio, para crear una alternativa al  modelo de la desigualdad sin complejos que ha vuelto a triunfar. Veremos.

Deja una respuesta

Your email address will not be published.

Historia Anterior

#LosOtros: Aprender a vivir con límites - Día Mundial de la Hipertensión Pulmonar

Siguiente Historia

Premios Oscar 2021: hitos en una ceremonia pandémica

Lo último de 4-M. Elecciones Madrid