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Sobre la Batalla Cultural

¿Qué es la política?

Es difícil de definir, es un concepto tan amplio y sobre el que tanta gente opina que termina siendo algo superfluo. Sin embargo,  más bien deberíamos entender la Política (con P mayúscula) como la gestión de las cosas: de si se pone un peaje en determinada autopista o no, sobre si se debe limitar la altura de los edificios hasta las 5 plantas o las 9 o sobre si nos gustaría tener un tratado de libre comercio con Japón o no tanto. La Política es la acomodación del conflicto cotidiano a un rin, el Congreso, en el que se miden las fuerzas los diferentes púgiles con argumentos y propuestas de donde, con deportividad, se sacan conclusiones y medidas sobre lo que nuestro país terminará haciendo o dejando de hacer.

Fue la renuncia a la ideología de los extremos la que permitió llegar hasta este consenso central, en el que prima la convivencia con los otros en sociedad sobre los intereses de unos pocos, la aceptación para la construcción de un Estado del Bienestar con unas reglas pautadas, renunciando a los puntos más controvertidos de cada una de las partes implicadas (mercado salvaje, implantación del Estado socialista…). El final de la ideología suponía el abandono a las grandes teorías unificadoras de la realidad bajo un único principio, la aceptación de la pluralidad social y que el pragmatismo y las soluciones parciales eran el verdadero campo de una Política que debía ir dirigida, ante todo, hacia la defensa de la libertad. Una libertad que  cada cual puede interpretar como mejor puede y que va, desde la libertad para establecer un negocio donde mejor considere, hasta la libertad para tener la capacidad de escalar socialmente o poder amar a quien uno más quiera. En otras palabras, se entendió que la Política ya no era una guerra por cambiar el orden establecido.

“La política se ha vuelto felizmente aburrida”

Sin embargo, el panorama que nos encontramos en la actualidad política es bien distinto del que debería ser: la incipiente crispación genera problemas de convivencia de una forma cada vez más asidua y ahora, los parlamentos, en vez de cumplir su función amortiguadora del conflicto social en sí mismos están siendo utilizados de una manera totalmente contraria, pareciendo ser que son estos los grandes incitadores de conflictividad social.

La entrada en tromba de los extremos al discurso cotidiano a polarizado cada debate, y la actuación de cada partido es medida en función del impacto mediático que este pueda causar ¿Dónde están los intereses de las personas? La crispación y el resultadismo hacia el que se ha dirigido la actual “política” (con “p” minúscula) ha dejado de lado el fin por el cual vive la misma.  La confrontación y el choque de los bloques enzarzados en el “Y tú más” han provocado que, las personas que se identifican con unas siglas comiencen a ver a quienes se identifiquen con las opuestas como enemigos. La agonía en la que vemos sumido a un partido liberal, que no de centro, no es más que el producto de la vuelta a la Batalla Cultural por las ideas.

Hoy hay quien aboga por la Batalla Cultural como la solución para la rehabilitación de la Política, la cual (consideran), pasa por encontrar el alma de unos partidos a quienes los medios, y la sociedad, acusan de haber perdido. Esperanza Aguirre, Pablo Iglesias. Cada cual que establezca como ejemplo a quien mejor considere. Mientras tanto habrá quien opine que, igual, la política debería volverse (otra vez) felizmente aburrida.

Estudiante de Relaciones Internacionales de la URJC

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