La pobreza: la otra pandemia. “Me echaron de mi casa cuándo mi hijo tenía 15 años”

Son invisibles pero están ahí. Carlos, Raquel o Sonia son solo algunas de las personas que te encontrarías si das un paseo por la Gran Vía

Antes de la crisis provocada por la covid-19, en España un 25% de la población se encontraba en riesgo de pobreza o exclusión social, esta situación es de 4,3 puntos superior al de la media de la Unión Europea que se encuentra en el 21%.

La asociación Reparto Solidario Universitario (RSU) es una organización de jóvenes que ofrecen comida a personas sin hogar del centro de Madrid, ellos no comparten universidad, ni estudios, ni siquiera se conocían antes del reparto.

Según relata Lucía, voluntaria de RSU, “este proyecto nació en la Universidad Politécnica entre los estudiantes de Navales”, sin embargo, ”ya no queda nadie de los fundadores, somos de diferentes universidades y carreras”. La asociación RSU reparte todos los martes y domingos algo de cenar a unas 10-15 personas, su límite es cristalino: «no nos vamos hasta que no se nos acaban los bocadillos». Sin ningún tipo de financiación pagan en torno a 10 euros semanales, que no todos pueden permitirse, por eso: “hay gente que venía y solo traía bocadillos porque no podía traer otra cosa” apunta Lucía.

Estos jóvenes consiguen que un grupo de personas sin hogar cenen al menos 2 veces por semana un caldo caliente, una fruta, algo de dulce y un bocadillo, pero según reconocen ellos mismos lo que más pueden aportar es compañía; “están muy solos muchos de ellos y agradecen poder hablar con alguien”

Estamos en proceso de anestesiarnos contra la pobreza y es necesario despertar

Padre Ángel. Mensajeros de la Paz

Los voluntarios hacen frente a historias difíciles y nada agradables; violencias, extrema pobreza, enfermedades…, Lucía es consciente de la situación y «a veces hay situaciones que en el momento te dan mucha pena, pero no puedes llevártelo a casa, tienes que ser capaz de diferenciar”

La crisis social derivada por la crisis sanitaria provocada por la Covid 19 ha venido acompañada de una crisis económica que también la sufren estas personas. Javi, voluntario de RSU, relata como “ahora la gente no les da dinero. Antes el que se tomaba un café les daba un euro y ahora 5 céntimos porque le han echado del trabajo”.

Durante el confinamiento -entre marzo y mayo del año pasado- las personas sin hogar se encontraron en una situación extrema. Algunos días no tenían posibilidades de comer ni sobrevivir ante la falta de viandantes o las complicaciones que tienen a la hora de acceder a un albergue social. Lucía asegura que las personas a las que ayudan les han relatado lo complicado que era acceder y mantener las medidas sanitarias en aquellos lugares, además insiste en la idea de que en estos lugares «no se cumplen las medidas sanitarias necesarias”, según los propios usuarios.

Las complicaciones para acceder a un albergue social son sonadas y conscientes, los voluntarios de la asociación RSU lo relacionan directamente con el proceso de invisibilización que hace constantemente la sociedad: “hay muchísima gente y las invisibilizamos completamente, estamos anestesiados contra la pobreza” relata Javi. El Padre Ángel, fundador de Mensajeros de la Paz, coincide: “siempre molesta la pobreza, les molesta a todos. Si debajo de mi casa hay un campamento con 200 migrantes me puede molestar, es mucho mejor ver diputados, señoritas, congresistas que pobres, claro que molesta la pobreza. Las fuentes de la ciudad de Madrid se han cerrado, dicen que para evitar el contagio, lo que no saben es que su decisión lleva consigo el no poder beber agua. A esta oficina llega gente con botellas de agua y nos pide que las llenemos”

Me siento segura viviendo en la calle, si mi ex me encuentra sé que hay cámaras

Raquel, víctima de violencia machista sin hogar

Sin duda, sorprende como un derecho tan básico como el acceso a agua puede resultar misión imposible para algunas personas, lo que señala el Padre Ángel es como las personas que tenemos nuestras necesidades básicas cubiertas damos por hecho recursos que para muchas otras son de muy difícil acceso; “cosas tan básicas como el papel higiénico o el ir al baño. Los baños públicos de Madrid cuestan 10-20 céntimos, hay gente que no los tiene, incluso físicamente no los tenemos ni nosotros que ya pagamos todo con tarjeta. La sociedad se ha olvidado de los pobres. Así como nosotros no entendemos que hubo una guerra civil y que llegaba gente a las casas, cogían al marido, le metían en un camión y se lo llevaban a fusilar, nuestros niños no serán capaces de entender que nosotros hayamos dejado morir a la gente en el mar y que no les queramos rescatar o que les tengamos como animales en esos albergues”

Según la ONG Oxfam Intermón, España cuenta con más de 1,1 millones de pobres. La organización ya alertó hace unos meses del impacto socio-económico que tendría la crisis sanitaria en la población y lo que podría suponer. Según la ONG, la situación de pandemia podría hacer aumentar los niveles de pobreza hasta los diez millones de personas.

El Padre Ángel cree que “estamos en proceso de anestesiarnos contra la pobreza y es necesario despertar”, esta anestesia puede tener su origen en las acciones políticas, Javi, voluntario de RSU, lo confirma sin paliativos: “solo importas si tienes dinero” y el Padre Ángel va más allá: “los políticos son unos necios, lo que tienen que hacer es poner los pies en la tierra, tendrían que haber visitado ‘villa cartón’ -donde dormían cientos de personas-. Lo que no pueden hacer es mantener cerradas las fuentes, no se si es mejor contagiarse o morir de sed. Tenemos unos políticos que empezaron a pisar moqueta y ya no se bajaron de la moqueta. A veces, hay que bajar de la moqueta y volver a dormir en la Puerta del Sol y hacer asambleas en Sol y en la calle Arenal y no en El Congreso de Los Diputados o en las sedes de sus partidos, cuando se haga eso, volverán a la calle”

El Padre Ángel es algo más que un párroco al uso. Su parroquia, la de San Antón, está abierta 24 horas, ofrece alojamiento, asistencia sanitaria, social o jurídica a personas sin hogar, sin embargo, le hacemos saber que como la Iglesia de San Antón hay pocas, él cree que hay un problema de visión; “ El papa dijo: “Abrid las puertas de las iglesias, que las iglesias a veces parecen museos porque están muchas veces cerradas o con un horario de oficina”, y eso es lo que hemos hecho, nuestra iglesia está siempre abierta porque creemos que la iglesia es la casa de todos: la casa de los que creen y de los que no creen también”

Carlos -nombre ficticio, el protagonista no quiere dar su nombre real- tiene 56 años y vive en la calle desde hace tres años, pide en la puerta de una iglesia cercana a la Gran Vía madrileña. Carlos usa un vaso de plástico para que le echen monedas, está sujetado por una caja de cartón en la que se puede leer “soy invisible para la sociedad, espero que tú me veas y me puedas ayudar”. Carlos es solo uno de los tantos que se sienten invisibles, él reconoce que es muy difícil salir de la calle porque las administraciones “se olvidan de nosotros descaradamente”.

Carlos y Sonia -nombre ficticio, la protagonista prefiere no dar su nombre- se conocen, ella suele pasar a ver a Carlos y a los voluntarios. Sobre la violencia que sufren las personas sin hogar ellos nos pueden hablar, la sufren muy a menudo, son conscientes incluso de quién la comete, “los que tienen techo son los peores, he recibido muchos intentos de robo en mi chalecito”. Carlos llama “chalecito” a donde duerme, está doblando la esquina de la calle donde pide dinero, es un escaparate con algunos cartones y cinta adhesiva negra. Sobre las causas de su situación Carlos y Sonia no dudan en contestar: es “falta de humanidad”. 

Sonia tiene 50 años, vive en la calle desde que la desahuciaron: “me echaron de mi casa a mi, a mi marido y a mi hijo de 15 años”, su hijo vive en una residencia y para ella su hijo “no es mi hijo, es un amigo”. 

Según el informe publicado en “Mujeres e investigación” el 42% de las mujeres que duermen en la calle ha sufrido maltrato, mientras que un 28% ha sufrido abusos sexuales”. Sonia ha estado mucho tiempo sola y “no he tenido ningún problema”, no obstante, en los últimos años, durmiendo con su marido “me han intentado violar”, nunca ha denunciado porque “¿para qué?, no te hacen ni caso”.

Raquel -nombre ficticio, la protagonista prefiere mantenerse en el anonimato- no ha corrido la misma suerte, lleva 7 años en España y ha sufrido violencia de género, huyó de su país tras el abuso sexual continuado que sufría de su padre. siente que “estoy más segura viviendo en la calle, si mi ex me encuentra sé que hay cámaras, que pasa mucha policía…”. Ella solo pide una cosa, aún viviendo en plena Gran Vía, quiere “paz y tranquilidad. Me gusta estar tranquilita leyendo yo sola, no pido más”. 

Raquel vive en la calle aunque cobra 430 euros de subsidio por ser una mujer víctima de violencia de género y denuncia que no puede permitirse un piso, además tiene problemas para regularizar su situación con el banco. Como alternativa a vivir en la calle se ha planteado ejercer la prostitución: “yo podría ir a la calle Carretas a prostituirme y pagar una habitación, pero prefiero estar en la calle, tener paz y tranquilidad”. Tiene un problema en las piernas y prefiere dormir en un banco, frente al escaparate de una tienda de lujo sin que nadie «me golpée» ni que «me obligue a tener sexo con él”.

Esta realidad, la de Raquel, la de Sonia o la de Carlos es una realidad que existe, aumenta y azota a más 40.000 personas en nuestro país según Cáritas. Ellos no pierden la esperanza de volver a tener un techo digno, un techo que por el momento las instituciones no tienen intención de prestarles.

Un periodista deja de serlo cuando ofrece como información lo puramente subjetivo.

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