Un pacto social roto

En las últimas semanas, varios medios se han hecho eco de la precaria situación laboral y emocional de toda una generación en España. La cuestión, quizás, no es ya la ruptura en las circunstancias políticas y económicas que esta generación sufre con respecto a las que tuvieron otras en el pasado, sino la interacción social entre cohortes ante tal contexto.

La situación de los jóvenes de entre 20 y 29 años en España es más un presente monótono que un futuro oscuro. Según un reciente informe publicado en El País, el 32% de este grupo está en riesgo de pobreza o exclusión social. Sin embargo, es este un grupo evidentemente heterogéneo en cuestiones de nivel educativo, origen o herencia familiar, como bien apuntó el politólogo y editor del Informe Juventud en España, Pablo Simón. Las razones materiales de dicha precariedad no son, ni pueden ser explicadas por un único motivo, sino que responden a una sinergia de puntos de falla sistémicos en el proceso de socialización de esta generación, que envuelve a las instituciones en las que han interactuado, interactúan y han de interactuar con el conjunto de la sociedad. La configuración del sistema educativo o las dificultades a la hora de entrar en el mercado laboral son ejemplos de cómo esos puntos de falla moldean no sólo sus expectativas, sino también sus actitudes políticas y sociales. Es en este punto donde considero que radica una parte fundamental del problema de la juventud en España. Las condiciones materiales son al mismo tiempo producto y origen de una ruptura intergeneracional que trasciende a los motivos económicos, enraizándose en las relaciones sociales entre cohortes. Las políticas públicas que puedan, y seguramente, deban aplicarse para revertir la situación de los jóvenes en España en términos de estabilidad laboral, abandono escolar o sistema de pensiones caminarán cojas si no se logra una solidaridad intergeneracional, mientras si tal cooperación tuviese éxito, lo institucional y lo social serían elementos que podrían retroalimentarse en una tendencia positiva.

Así pues, existe, y ha existido por norma, una asimetría diferencial en la forma de juzgar los aciertos y deméritos de esta generación. Como consecuencia, todos sus logros, que, por ende, lo eran también para el conjunto de la sociedad, se revisaron como el producto mínimo de la exigencia inherente a la preparación que recibieron; esto es, que no había nada de extraordinario en que la generación más preparada de la historia lograse aquello que la generación más preparada de la historia estaba llamada a lograr, en tanto que por su formación disfrutaba de una posición privilegiada con respecto a las generaciones que la precedieron. Sin embargo, sus problemas se indexaron en una suerte de escala histórica en el que se homogeneizaban circunstancias totalmente incompatibles. En el conjunto de sus preocupaciones, las de esta generación fueron siempre mucho menores que las de aquellas anteriores, olvidando que su propia naturaleza desvirtuaba toda analogía. Son incomparables, por mera cuestión logística, las circunstancias de una generación de la posguerra que las de una generación nacida y socializada en un proceso de transición a la democracia, con la consiguiente apertura económica y cultural que ello conllevó, como incompatibles son su escala de medida con los sacrificios de una generación que no siente tener ya un objetivo, sino haber sido engañada tras la consecución de sus éxitos. La simplificación de los problemas en una escala única ha tenido como consecuencia el pensamiento generalizado de que aquellos en comparación más pequeños eran, por lo tanto, también los menos importantes. Es una situación similar a destacar la inutilidad de un pez que no ha conseguido trepar como un leopardo.

Esta ruptura intergeneracional de los estándares impuestos ha llevado a un cisma descarnado entre generaciones. El hecho de que otras generaciones relativicen la gravedad de la situación de los jóvenes porque es ínfima en comparación con sus sacrificios previos solamente agranda esta distancia, de la que, evidentemente, ha de derivarse un resultado político. Allí donde no hay diálogo, ninguna de las partes siente el deber de estar bien agradecida o, en su defecto, en deuda con aquella que está del otro lado. No existe así una reciprocidad en la solidaridad, sino un revanchismo nocivo entre generaciones. Vivimos con una generación joven que se siente defraudada por aquellas más mayores por lo que consideran promesas incumplidas y a generaciones más mayores decepcionadas con aquellas más jóvenes por no ajustarse a las exigencias de sus criterios o quejarse allí donde las condiciones iniciales, que no necesariamente sus circunstancias, parecían mejores que en sus tiempos. Así, los jóvenes sienten que no deben nada a las generaciones que les exigieron aquello por lo que después les culparon, y las generaciones más mayores sienten que no deben nada a una cohorte que, tal vez por sus posibilidades de formación, se acomodó y exigió más de lo que debía. No hay pacto intergeneracional posible en ese campo de minas, y el hecho de que nos encontremos ante la primera generación que puede llegar a vivir peor que sus padres es, tal vez, el ejemplo más plausible de lo inédito de este cisma en la población española.

Como dijimos, las causas de la precaria situación de la juventud en España no responden a una única razón. No nos encontramos, por desgracia, ante un problema aislado de otras muchas variables que necesitan, de forma urgente, una respuesta política en materia educativa, laboral y también económica como grandes pilares. No obstante, juzgar sus problemas en una escala única desvirtúa el correcto entendimiento de sus preocupaciones. En la complejidad de la situación que nos acontece, simplificar su análisis concertando el contexto en el que se produce no solamente facilita su resolución, sino que también logra una mayor cooperación intergeneracional. Debemos entender como sociedad que los problemas de los jóvenes deben ser medidos en el contexto específico de los jóvenes, como igual habría de suceder con generaciones más mayores. No son escalas contrarias, sino complementarias. Los problemas de unos pueden no ser o haber sido tan grandes como los problemas de otros, pero bajo ningún concepto puede asumirse que son menos importantes. Quizás, si existe algo más triste que una subida en la factura de la luz es el sentimiento de que no deba preocuparte porque no tienes, ni probablemente tendrás, la posibilidad de independizarte. Así, es tan grave, por ejemplo, la situación de las pensiones de nuestros mayores como la desazón que es admitir que, muy probablemente, no podrás optar a ella cuando llegues a su edad. Hasta que todas las generaciones entiendan y apliquen este ejercicio de entendimiento, no será posible, en el plano social, un pacto intergeneracional sincero.

En resumen, la ruptura en las condiciones materiales entre las generaciones de nuestro país son al mismo tiempo producto y origen de un conflicto social en el proceso de diálogo y reciprocidad entre éstas. Un intento de mejora en un lado a través de medidas políticas sin sanar las heridas de la incomprensión efectiva en el otro podría desestabilizar aún más una balanza de por sí inclinada. Una reconstrucción de nuestro tejido social a través de la cooperación intergeneracional la equilibraría de una forma más eficiente y conduciría a resultados beneficiosos tanto en las circunstancias de los jóvenes como en el proceso de concordia entre generaciones.  

Un pueblo, así, que deja atrás a una parte de sí mismo por la incapacidad de escucharla es también un pueblo que corre en dirección contraria en el camino a la felicidad.

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