El Sistema del Tratado Antártico, historia de la disputa por la Antártida

Cuatro acuerdos conforman el Sistema del Tratado Antártico para preservar el ecosistema antártico de las amenazas por los países que reclaman su soberanía.

23 de junio de 1961. Hace 60 años entró en vigor el Tratado Antártico, el primer acuerdo del Sistema del Tratado Antártico, con el fin de establecer un marco legislativo en el continente más austral de la Tierra. Los cuatro acuerdos que lo integran buscan proteger la fauna, flora e integridad del continente de las actividades humanas que puedan deteriorar la Antártida como reserva natural consagrada a la paz y la ciencia que es.

La Antártida es el cuarto continente más extenso, con una superficie de 14 millones de kilómetros cuadrados. El 98% de esa superficie está cubierta por hielo. El viento, las temperaturas y el hielo hacen de este continente un lugar inhóspito. Salvo las estaciones de investigaciones y la fauna y flora propias del lugar, la Antártida no tiene población indígena. Entonces, ¿quién gobierna la Antártida?

La conquista del Polo Sur por el explorador noruego Roald Amundsen el 14 de diciembre de 1911 dio la vuelta al mundo. Fue una carrera entre Amundsen y el capitán inglés Scott por ver quién llegaba primero al punto más austral de la Tierra. Resultó ser el duelo más frío hasta la fecha y con un final trágico para Scott, que no logró acabar la expedición. Desde entonces, el continente antártico ha suscitado el interés de numerosas naciones por su soberanía.

¿QUIÉN RECLAMA LA SOBERANÍA DE LA ANTÁRTIDA?

En 1908 Reino Unido ya había reclamado una décima parte de la superficie del Polo Sur. Si bien antes, en 1904, Argentina ya había instalado una estación científica como extensión a su provincia Tierra de Fuego.

Fuente: Lobo, Abel. (2017). Reclamaciones antárticas. 

Siguiendo los pasos pioneros británicos, Francia también reclamó en 1924 una porción que se encontraba cercana a sus dependencias del Atlántico Sur, Tierra Adelia.

Nueva Zelanda, en 1923, y Australia, en 1933, reclamaron el dominio de territorios situados cerca de sus países. El capitán James Clark Ross había izado la bandera del Imperio británico en territorios antárticos cuya administración fue cedida respectivamente a dichos países de la Corona británica.

En 1939 Noruega también reivindicó un sector del continente antártico justificando que había sido el primer país en alcanzar el Polo Sur. En 1940 Chile reclamó también la soberanía territorial de la Antártida. El conflicto principal se encontraba entre Chile, Argentina y Reino Unido.

Sin embargo, Estados Unidos y la Unión Soviética, las potencias mundiales del siglo XX, no reclamaron ni una sola porción del Polo Sur para no extender así el conflicto de la Segunda Guerra Mundial y la posterior Guerra Fría. Y, por supuesto, ni muchos menos iban a dejar que los demás países dispusieren la soberanía de la Antártida sin sendos permisos.

TRATADO ANTÁRTICO (WASHINGTON, 1959)

El afán de cada nación por conquistar y dominar la mayor superficie terrestre posible pensando así que su presencia internacional sería mayor les llevó a la necesidad de concretar un acuerdo para gobernar un continente que les pertenecía a todas y a ninguna a la vez. Tras varios intentos de acuerdos fallidos, por fin se firmó el 1 de diciembre de 1959 el Tratado Antártico. Hace 60 años, el 23 de junio de 1961, entró en vigor. Doce países firmaron originalmente el documento: Argentina, Australia, Bélgica, Chile, la República Francesa, Japón, Nueva Zelanda, Noruega, la Unión del África del Sur, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte y los Estados Unidos de América. A día de hoy lo han firmado 53 países. España firmó el Tratado en 1982 y desde 1988 es Parte Consultiva (tiene derecho a voz y voto).

Catorce artículos conforman el Tratado Antártico asegurando que este continente sea destinado única y exclusivamente a fines pacíficos. El objetivo del acuerdo es garantizar la protección y conservación de los recursos vivos del continente. No obstante, se permite la investigación científica desarrollada por los países firmantes en suelo antártico, además de facilitar la cooperación científica internacional mediante el intercambio de información y personal científico. En cuanto a la soberanía del continente, el documento congela indefinidamente las reclamaciones que pudieran darse con posterioridad a la entrada en vigor del mismo, aunque el Tratado no supone una renuncia al derecho de soberanía territorial en la Antártida por parte de los siete países que ya habían ejercido dicho derecho. Por último, teniendo en cuenta que este Tratado se firmó en el contexto de la Guerra Fría, fue de vital importancia la prohibición de toda actividad nuclear para asegurar la armonía internacional en la Antártida.

Pero, ¿cuál es el ámbito territorial de eficacia del Tratado? Atendiendo al artículo 6 del documento, la normativa se aplica “a la región situada al sur de los 60o de latitud Sur, incluidas todas las barreras de hielo; pero nada en el presente Tratado perjudicará o afectará en modo alguno los derechos o el ejercicio de los derechos de cualquier Estado conforme al Derecho Internacional en lo relativo a la alta mar dentro de esa región” (Tratado Antártico, 1959). Exacto, el Tratado no afecta al Océano Antártico. Si de verdad se quería preservar la totalidad de la Antártida, todavía quedaban acuerdos por firmar.

Es por ello que el Tratado Antártico de 1959 es el primero de los acuerdos que se han llevado a cabo para salvaguardar la Antártida de las relaciones internacionales que le afectan. Así, el Sistema del Tratado Antártico está formado por la Convención para la Conservación de las Focas Antárticas (Londres, 1972), la Convención para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos (Canberra, 1980) y el Protocolo al Tratado Antártico sobre Protección del Medio Ambiente (Madrid, 1991), además del ya mencionado Tratado Antártico (Washington, 1959).

CONVENCIÓN PARA LA CONSERVACIÓN DE LAS FOCAS ANTÁRTICAS (LONDRES, 1972)

El Tratado de 1959 pretendía preservar los recursos vivos del continente pero la realidad es que no había directrices concretas, directas y eficaces. Como solución a esta problemática, en febrero de 1972 se celebró en Londres la Conferencia sobre la Conservación de Focas Antárticas, dando pie a la Convención para la Conservación de las Focas Antárticas (CCFA). Entró en vigor en 1978. Firmaron y ratificaron este documento los 12 países que originalmente firmaron el Tratado Antártico de 1959, a excepción de Nueva Zelanda. Además, Alemania, Brasil, Canadá, Italia y Polonia se adhirieron a la Convención. El alcance de la Convención son diversas especies antárticas, todas ellas pinnípedos, como lo son el elefante y leopardo marinos, el lobo de dos pelos y las focas de Wedell, cangrejera y de Ross. Todas ellas están protegidas, según el artículo 1 del documento, en un ámbito de aplicación comprendido en el “mar al sur de los 60o de Latitud Sur” (CCFA, 1972). Se impide a las partes contratantes el sacrificio o captura de las especies mencionadas dentro del área mencionada. Sin embargo, se permiten excepciones a ciertas especies para su captura permitida, pero en el documento que detallan las especies protegidas que bajo ningún concepto se pueden capturar, la temporada de veda y caza de focas, las zonas accesibles para capturar a los animales y los métodos que deben ser empleados para dicha actividad.

CONVENCIÓN PARA LA CONSERVACIÓN DE LOS RECURSOS VIVOS MARINOS ANTÁRTICOS (CANBERRA, 1980)

Una vez regulada la actividad en el continente antártico y asegurada la protección de las especies autóctonas, todavía quedaba por establecer una regulación que protegiese todo el conjunto natural que alberga la vida en la Antártida. La Convención sobre la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos (CCRVMA) fue fruto de la Conferencia que tuvo lugar en Canberra (Australia) en mayo de 1980.

El temido aumento de la captura de kril en el Océano Austral puso en jaque la subsistencia de la demás fauna del continente. Este animal es el segundo eslabón (el primero es el fitoplancton) de la cadena trófica del ecosistema antártico.

La ausencia de kril significa que animales como pingüinos, focas, peces, ballenas y aves marinas se verán también amenazados porque la cadena alimenticia se habrá roto.

Para asegurar que las medidas de conservación establecidas por la CCRVMA son eficaces; y en caso de que no lo sean, tomar directrices nuevas, se creó la Comisión para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos. Esta Comisión se reúne una vez al año y establece el marco regulador de las pesquerías realizadas en el área acotada que establece la Convención. Dispone de un amplio poder, pues es la encargada de establecer los límites a la cantidad y variedad de especies a capturar y las áreas accesibles en las que se puede efectuar la actividad.

PROTOCOLO AL TRATADO ANTÁRTICO SOBRE PROTECCIÓN DEL MEDIO AMBIENTE (MADRID, 1991)

En 1988 los países del Tratado Antártico firmaron el Convenio de Minerales. Se había detectado que la Antártica era una gran fuente de petróleo. La organización no gubernamental Greenpeace desplegó ese mismo año una campaña internacional para evitar el fatídico desenlace que le esperaba a la Antártida. Era necesario un nuevo acuerdo que actualizase las directrices necesarias para mantener la preservación del medio ambiente del continente antártico. Para ello era fundamental que los países accedieran a firmarlo. María Luisa Toribio, actual voluntaria de Greenpeace, trabajó en la organización de la ONG en los años 80-90. Si hay una campaña que le marcó personalmente, sin duda alguna, esa es la Campaña internacional para la defensa de la Antártida, liderada por Greenpeace, de la cual fue responsable en España. “Fue una campaña fascinante, una campaña internacional en la que toda la organización se volcó y conseguimos un Tratado [el Protocolo de Madrid] para proteger la Antártida de cualquier tipo de explotación mineral o petrolífera. Además, tuvimos la inmensa suerte de que aquel Tratado se firmó en Madrid y pude estar con el equipo internacional de Greenpeace. Fue un día de esos que recuerdas como que con Greenpeace tocas el cielo algunas veces, y tuve aquella sensación de que podemos conseguir cambios en el mundo real. Fue fantástica”.

Comúnmente conocido como Protocolo de Madrid, el Protocolo al Tratado Antártico sobre Protección del Medio Ambiente se firmó el 4 de octubre de 1991 en Madrid. Es el documento más extenso del Sistema del Tratado Antártico.

El objetivo principal era poner freno a la explotación mineral y el artículo 7 del Protocolo, breve y concisamente, así lo determina: “Cualquier actividad con los minerales, investigación científica, estará prohibida” (Protocolo de Madrid, 1991).

Fuente: EFE/J.M. PASTOR. Reunión del Tratado Antártico firmado en El Escorial (Madrid)

A la pregunta de cómo sería un planeta en el que quisiese vivir, María Luisa Toribio, bióloga de profesión, lo tiene claro: “Un planeta en el que nos demos cuenta de que no somos algo ajeno a la vida, sino que somos parte de la vida. Un planeta en el que nos levantamos por la mañana y lo valoremos. Qué aire respiramos, de dónde viene el agua que bebemos, de dónde viene la comida, por dónde paseamos, miramos al cielo y vemos las estrellas. Somos parte de la vida”.

No somos conscientes de que estamos poniendo en peligro la Antártida. El Polo Sur, de todos y de nadie a la vez, no necesita una bandera clavada en su superficie como una señal de logro. Necesita que seamos conscientes de que la avaricia humana es una amenaza al porvenir del lugar en el convivimos.

La conservación de la Antártida es fundamental, pero no es la única. La campaña para proteger el océano Antártico, liderada por Greenpeace, logró en 2018 que las compañías de pesca de kril que ejercen su actividad en la Antártida dejen de pescar en las grandes áreas de alrededor del continente. Esto supuso un gran logro. Pero ahora hay otra disputa. El Ártico es la fuente de petróleo, el lugar de la pesca industrial por excelencia y el campo de batalla de los gobiernos de Dinamarca, Canadá, Rusia, Noruega y Estados Unidos. La historia ha vuelto a dar la vuelta al mundo.

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